Era callejero por derecho propio,
su filosofía de la libertad
fue ganar la suya sin atar a otros
y sobre los otros no pasar jamás.
Todos escuchamos cuando chicos esta canción, y de una u otra forma aprendimos que la regla de oro de la moral era no hacer daño a los demás. Sin duda que, así planteado, esa es una gran regla; el problema, como lo veo hoy, es que la gran mayoría no van más allá, y se quedan con esta moral de niños para toda la vida.
Puedo agregar aquí que el segundo tema que me marcó fue la lucha por los derechos humanos de mi madre. A pesar de ser de familia DC, ella defendía a los de izquierda, bajo el alero de la Iglesia y así ella me enseñó que los derechos humanos son para todo los seres humanos, no sólo para aquellos que nos parecen tolerables.
Estas cosas te dejan una marca indeleble, porque si bien puedo imaginarme siendo deísta (del tipo “Jesús fue un maestro sabio”) o incluso agnóstico (toda la historia es una gran conspiración), simplemente no puedo imaginarme negando los derechos humanos. Si se me demostrara que los DDHH son la idea más irracional del mundo, renunciaría a la razón.
Pero volvamos a nuestro relato: Primer año de la carrera de derecho, en el ramo de introducción al derecho, todos aprendemos sobre los diferentes sistemas normativos: moral, social y jurídico. Todos repetimos que la diferencia fundamental entre la moral y los otros dos ordenamientos es que ella mira además del acto interno, a la intención del sujeto que actúa. Dicho lo anterior, bastan dos segundos para darnos cuenta que esa regla de “no dañar a otro” no es una norma moral, sino jurídica.
Nota: Luego, quien diga “mi moral es no dañar a nadie” simplemente afirma que no tiene moral. Admitir lo contrario implica que moral y derecho se confunden, lo cual es absurdo.
Pero claro, estas cosas se escuchan, memorizan, repiten para la prueba y luego se olvidan… sobre todo en primer año de universidad. Creo que estaba en segundo año cuando fui a una conferencia para jóvenes líderes, en una fundación cuyo nombre no recuerdo. Después supe que solían hacer estas reuniones para “reclutar” (por decirlo de algún modo)pero conmigo no les resultó. Sí recuerdo que la charla que me interesaba era sobre el tema de la ética y la política.
En ella un profesor exponía acerca del estudio de la ética como si fuera un tema conocido por todos, así que yo quedé bastante colgado. Lo que luego logré rescatar de la charla fue un ejemplo de dilema ético que él mencionó. El caso era más o menos así.
Un grupo de prisioneros se encuentra en un campo de concentración. Como suele suceder en las relaciones humanas, uno de ellos establece una relación más cercana con uno de los oficiales del campo y se hacen amigos. Cambia el sentido de la guerra, y se les ordena a los celadores retirarse del campo de concentración, llevando consigo sólo a una parte de los prisioneros. El oficial ve una oportunidad de probar la lealtad y amistad de su amigo prisionero, y le ofrece una opción terrible: “Designa a uno de tus compañeros para matarlo, o de lo contrario yo dispondré que te maten antes de retirarnos”
¿Qué debe hacer el prisionero? Desde luego, matar a otro es malo, pero tampoco es que algo que el prisionero quiera o busque. Cierto, está presionado por la situación, y la recompensa no es sólo su vida ahora, sino ganarse la confianza del oficial y tal vez salvar otras vidas en el futuro.
Ya se pueden imaginar que la respuesta ética es “el prisionero no debe designar a nadie, aunque eso signifique su muerte”. Lo interesante, para mí al menos lo fue, era la lógica detrás de esta respuesta: la regla básica de la ética es “existe el deber de hacer el bien y evitar (o no hacer) el mal” y, por el contrario, no existe una exigencia ética de evitar sufrir un mal. En consecuencia, puesto en la disyuntiva de hacer un mal y recibir un mal, la ética debe inclinarse por recibir el mal, y no actuar inmoralmente.
La lógica es incuestionable, pero el resultado terrible. Creo que nadie reprocharía a ese pobre hombre por haber designado a uno de sus compañeros para la muerte, pero al mismo tiempo la razón exige afirmar la inmoralidad de su acto.
Para mí, este ejemplo fue la bala de plata para la moral utilitarista, porque su respuesta era claramente inferior. Un utilitarista diría que el resultado neto de vidas perdidas, sea la propia o la agena es el mismo, y por lo tanto el prisionero es libre para elegir cualquiera de las dos opciones, aún reconociendo que ninguna es óptima. En definitiva, la regla básica del utilitarismo es “debes buscar el mayor bien posible”, lo que deja sin contenido propio a la ética, porque nunca habría nada prohibido en tanto el resultado fuera bueno.
La verdadera respuesta ética, y lo inevitable que parecía me dejó confundido por un tiempo. Todos consideramos a la ética parte de la felicidad: nadie podría ser feliz si no se quiere a sí mismo, y nadie puede quererse si no estima que al menos la mayor parte del tiempo actúa correctamente. Es por eso que hasta los delincuentes intentan justificar su actuar.
Pero he aquí que la ética no ofrecía felicidad alguna, sólo exigía un deber, y por otro lado se me ofrecía una ética de cartón piedra, que sólo servía para justificar lo que yo ya había decidido
Entonces ¿eso era todo? ¿Nada más que un viaje hacia Escila y Caribdis?
En este punto algo debió haber hecho “¡Clac!” en mi cabeza, porque, claro, Dios era la solución, si no el dios cristiano, al menos uno que pudiera recompensar los buenos actos y castigar los malos. Hay ciertas cosas que nunca serán aceptables. Todo el bien que haga un dictador no justifican la desaparación de una sola persona; todo lo que sufra en mi matrimonio no excusan el adulterio; ni las vidas que pueda salvar, la tortura de un terrorista. Cada vez que tomamos una decisión moral de este tipo, sabemos con total y absoluta certeza que sufriremos por ello, pero ¿Cuál es la opción? ¿Vivir sin moral? Desde entonces las ideas de derechos humanos, moral y religión han estado estrechamente unidas en mi cabeza.
A veces me pregunto cómo pueden vivir algunas personas con tan altos ideales éticos como “debemos conservar la tierra para nuestros nietos” o “ningún niño debe morir de hambre”, y al mismo tiempo no ver que todo eso, sin Dios, no es más que una moda. Supongo que es por mi temperamento, y a la mayoría de la gente le basta “saber” que es verdad.