Explicación de la 2ª Vía de Santo Tomás

Al introducir nuestra Explicación de la 1ª Vía, recordábamos que las famosas 5 vías o demostraciones de la existencia de Dios de Santo Tomás no son argumentos completos. Más bien son meros esbozos o esqueletos de argumentos, que los alumnos medievales de teología ya conocían y podían explicar en más en detalle. Bajo esa premisa, nos queda a nosotros volver a “vestir” este esqueleto, para darle una forma más comprensible.

Revisemos, entonces, en esta entrada la 2ª Vía, llamada Vía de la Causa Eficiente.

La segunda [vía para demostrar la existencia de Dios] es la que se deduce de la causa eficiente.

Al igual como ocurría en la 1ª Vía con el “movimiento”, cuando Santo Tomás habla aquí de la “causa eficiente” lo hace en un sentido técnico filosófico. De una pasada y como si fuera poca cosa, la Suma Teológica trae a colación la famosa teoría de las cuatro causas de Aristóteles.

Según el Filósofo los seres sustanciales, aquellos que existen en si mismos (también hay seres accidentales, que existen en otros, como el color, las relaciones, etc.), se explican mediante cuatro aspectos del ser o causas:

  • Causa material: el material de que una cosa está hecha.
  • Causa formal: la forma de una cosa, que define qué es.
  • Causa eficiente: Lo que provocó que una cosa llegara a suceder o existir.
  • Causa final: El efecto que una cosa tiende a producir en circunstancias normales.

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¡Horror! La Biblia se copió… (Parte 2)

En la entrada anterior comenzamos a explicar por qué no debemos ponernos nerviosos cuando se dice que los relatos de la Biblia fueron copiados de otras fuentes de la antigüedad. Por mucho tiempo fue muy fácil hacer este tipo de acusaciones, pero hoy, cuando las fuentes originales están disponibles en línea, la gran mayoría de los supuestos plagios se desvanecer al leer el texto original y encontrar que el relato mismo es diferente.

Superado esa simple prueba, todavía hay casos donde surge cierta correlación entre el relato bíblico y el mito.

Paso 3: Coincidencias no implica copia

Los mitos son relatos que, de cierta forma, definen una cultura. De algún modo resuenan con su audiencia, porque reflejan y explican una parte de su vida diaria. El dios más importante será de un pueblo guerrero será el de la guerra, y sus sagas serán las que se repitan una y otra vez. Si otra cultura se desarrolla en torno al comercio y la navegación, esos relatos tendrán más importancia en sus mitos. A nadie debería sorprender, entonces, que los relatos de la Biblia reflejen aspectos la vida que eran comunes en la época en que se escribieron.

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¡Horror! La Biblia se copió…

  • De la epopeya de Gilgamesh en el relato del diluvio.
  • De la vida de Sargón de Acad en el Éxodo.
  • De los pactos hititas en los 10 mandamientos.
  • De los himnos cananeos en los salmos.
  • De la leyenda de Buda en el nacimiento virginal de Jesús.
  • De los mitos universales en la fecha de la navidad.
  • De las religiones mistéricas en el bautismo.
  • Del dios pagano Mitras en la crucifixión.
  • Del dios pagano Horus en la resurrección.
  • Etc. etc. etc.

Muchos creen que, si la Biblia es de origen divino, su contenido debería ser tan sublime y elevado, que jamás podría parecerse a nada escrito por un ser un humano. Si el libro sagrado no fue entregado por un ángel, piensan algunos, al menos debió haber sido dictado íntegramente por una voz de ultratumba. Ojalá el original estuviera impreso en láminas de oro y en un lenguaje totalmente ilegible, imposible de comprender aparte de una revelación especial, o al menos en un idioma sagrado. Bajo ese paradigma, encontrar que el supuesto “libro de Dios” no es totalmente original, que su contenido fue copiado o adaptado de otro lugar, sería una prueba irrefutable de que no bajó del cielo entre trompetas y cantos de ángeles.

Los cristianos sabemos que la Biblia nos es esa clase de libro. Conocemos su historia y cómo llegó a nosotros. En especial sabemos que tiene dos autores: Dios y los hombres inspirados por él, que escribieron en lenguas y modos humanos solo lo que Dios quería. Con todo, algunos intentan desacreditarla, descubriendo que tal o cual relato o personaje fue plagiado de otras fuentes, como si eso fuera a “estremecer al cristianismo hasta sus cimientos”.

En tal caso conviene guardar la calma, y seguir ciertos pasos sencillos. Leer más…

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Matar en nombre de Dios, y el cambio de paradigma

Estos últimos meses he estado participando en grupos en Facebook, de debate entre ateos y creyentes. El nivel no es demasiado alto, por la naturaleza misma del medio, pero sirve para tomar la temperatura a las ideas y preguntas comunes con que los ateos de bar creen haber refutado el cristianismo. Que Jesús nunca existió, que todos los cristianos son literalistas de la Biblia, o que Dios no puede crear una roca que el mismo no pueda levantar. Ya se imaginan.

Sin embargo, hay uno de esos “desafíos” que me gustaría tratar en este espacio.

“Si tu Dios te ordena matar a una persona ¿lo harías?”

La pregunta es relevante, porque hay varios lugares del Antiguo Testamento donde Dios ordena matar. A Abraham se le ordenó matar a su hijo Isaac, y se le considera como un gran mérito el haber estado dispuesto a hacerlo. Además, esta pregunta pone en tensión principios fundamentales del cristianismo: por un lado la absoluta soberanía de Dios, que conlleva nuestra total dependencia y obediencia a su voluntad, y por otro el valor inviolable de la vida humana inocente. También es una pregunta con tintes políticos y contingentes. Es inevitable pensar en los atentados terroristas cometidos por islámicos, que se justifican en estar cumpliendo una voluntad divina.

Si la pregunta es seria y aparentemente simple, conviene dar una respuesta directa y clara, para que no se nos acuse de evadir el tema, y luego entrar en explicaciones. Y esa respuesta es:

“No, no lo haría”.

Entonces ¿cualquiera puede desobedecer a Dios cuando sus mandatos no se ajustan a su propio juicio moral? Claro que no.

Dios es absoluto, libérrimo en sus mandatos, y sus criaturas no podemos sino obedecerle, confiando en su bondad. Por eso Abraham se levantó sin chistar cuando Dios le pidió el sacrificio de su hijo, a través del cual debía cumplirse la promesa de salvación a la humanidad. Sabía que su lugar como criatura no le dejaba otra alternativa, pero también sabía que Dios no está sujeto a las misma limitaciones del ser humanos. Además, san Pablo nos cuenta que él confiaba en que Dios podía resucitarlo (Heb 11, 19).

Abraham respondió así ante la orden de Dios, porque lo conocía parcialmente. Para él y luego para los israelitas, Dios no tenía pares, era capaz de hacer milagros de poder incomparables con los dioses de otros pueblos, y había salvado al Pueblo demostrando su poder supremo. En esa relación, Dios podía pedir a Abraham el sacrificio de su hijo, y no quedaba más que obedecer. Otro tanto podría decirse acerca de las ocasiones en que Dios ordena a Israel hacer la guerra a sus enemigos.

Sin embargo, la manifestación de Jesús a la humanidad representa un cambio de paradigma. La relación entre Dios y los hombres ya no es la misma, ha mutado radicalmente. “Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos” (Jn 15, 15). Hoy sabemos más acerca de Dios de lo que se sabía en tiempos del Antiguo Testamento, y sabemos que Dios no desea la muerte del inocente.

Si un cristiano pensara que Dios le ha ordenado matar, debería responder que no, pues ese mandato no puede provenir de Dios. Dios no puede contradecirse, y su revelación pública en la persona de Jesús, incluyendo el respeto por la vida inocente, jamás podría verse anulada por una revelación privada. Por eso, a la pregunta de qué haríamos si Dios nos ordena matar, la pregunta debe ser un claro “No”.

Todo este asunto podría parecer pueril, de no ser porque el “cambio del paradigma” está de moda hoy en la Iglesia.

En días recientes algunos personajes han hablado de Amoris Laetitia como un punto de inflexión, una nueva luz bajo la cual interpretar toda la enseñanza moral cristiana. Eso es absurdo. En la historia de la religión, un cambio de paradigma no es un evento que pase desapercibido, ni el producto de un nuevo enfoque que se le ocurrió a algún grupo de avanzada.

Para que un judío pudiera comer animales que Moisés declaró impuros no basta con que algún rabino de prestigio o incluso el Sumo Sacerdote del Templo lo ordenara. Tuvo que venir el hijo de Dios a declarar que habían sido purificados (Mt 15, 11), y luego una visión y una voz que le ordenara a Pedro matar y comer (Hch 10, 9-20). Del mismo modo, la enseñanza cristiana acerca del matrimonio y el divorcio que Jesús entrego no sufrirá ningún cambio de paradigma, ni aunque el Papa lo diga.

Puesto que la revelación pública se cerró al morir el último de los apóstoles y no habrá nueva revelación pública hasta la segunda venida, no me hablen a mí de cambios de paradigma. A mí, denme el paradigma de los apóstoles, muchas gracias.

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¿Qué ofrece la Iglesia al mundo?

En el año 42 del imperio de Octaviano Augusto, en una lejana provincia del imperio, nació el Salvador.

El mundo donde ocurrieron estos hechos, a ojos del hombre moderno, solo podría calificarse de brutal. El aborto y el infanticidio eran tan comunes que los cuerpos de bebés tapaban las cloacas de las ciudades, y los niños juzgados como defectuosos eran pasto para las fieras. Las hijas de familias poderosas eran prometidas en matrimonio a los 7 u 8 años, como monedas de cambio sexual para alianzas políticas, habitualmente a sus tíos o primos; en tanto que a las de familias pobres podían esperar poco más que la prostitución. La poligamia era una práctica aceptada como la cúspide de la decencia, y sin embargo nadie esperaba que el hombre fuera fiel, pues podía además tener las concubinas o esclavas sexuales que pudiera mantener. Al mismo tiempo, el adulterio de la mujer se castigaba con la muerte. Por cierto, la muerte era el castigo común para toda clase de crímenes, desde la falsificación de moneda hasta la sedición contra el emperador. La única diferencia con relación a la gravedad del hecho radicaba en el método con el cual se aplicaba, más o menos lento y doloroso. Los acusados de un delito menor podían languidecer por años y morir en calabozos infectos, sin que nadie prestara mayor atención a su situación, hasta que alguien necesitara la celda.

En este mundo nació Jesús de Nazaret.

Tampoco era el peor de los mundos. NSJC nació “estando todo el mundo en paz”, durante la Pax Romana, la cúspide de la civilización conocida por el hombre hasta ese entonces. La vida entre las tribus de los “bárbaros” era todavía peor a la que existía dentro de las fronteras del imperio. Ahí la ley del más fuerte era apenas suavizada por la superstición y la brujería.

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Objeciones a la primera vía de Santo Tomás

Decíamos que las 5 Vías de Santo Tomás son argumentos válidos para demostrar la existencia de Dios, pero no están completamente desarrollados. Más bien son un resumen o esbozo, que nos exige “rellenar” los conceptos filosóficos que su autor tenía en mente, si queremos al menos saber qué nos quería decir. En el post anterior, esperamos haber mostrado que la Primera Vía de Santo Tomás es algo muy diferente de lo que puede entender un lector casual puede entender.

Incluso si hemos tenido éxito en corregir los errores de una primera lectura, puede que todavía subsistan algunas objeciones que nos proponemos responder a continuación.

“La ciencia moderna ha alterado radicalmente nuestra comprensión del movimiento”

Si el estudio del movimiento de los cuerpos pertenece a la física, y esa ciencia ha hechos enormes avances en los últimos 200 años, parece lógico pensar que sería obsoleto e inútil lo que un simple profesor medieval pudiera decirnos al respecto. Después de todo, ellos pensaban que la Tierra era el centro del universo, y que los ángeles movían los planetas.

Es cierto que Santo Tomás revitalizó la filosofía aristotélica en el medioevo europeo, y que muchas ideas de Aristóteles acerca de la naturaleza se han demostrado como falsas. Conceptos como el éter o el lugar natural de los cuerpos han sido superados y refutados. Sin embargo, el análisis del movimiento que utiliza la Primera vía no depende de la filosofía natural aristotélica. El problema del cambio al que se refiere Santo Tomás, no es asunto físico sino metafísico, más preocupado con la comprensión fundamental de la realidad. La física moderna puede hablarnos de las partículas subatómicas, pero ella misma tiene cimientos más profundos que jamás podría contradecir. En efecto, las ciencias están construidas sobre la idea de que podemos conocer la realidad porque es esencialmente racional, incluyendo los principios de no contradicción y de razón suficiente. Eso nos basta para decir que de la nada nada deviene, y que solo llega a existir en acto lo que antes se encuentra en potencia.

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La pregunta que todo pro-aborto debe responder

“¿Es justo castigar al que provoca un aborto sin la voluntad de la mujer?”

En medio de todo el ruido del debate sobre el aborto, hay un asunto sobre el cual todo el mundo está de acuerdo: es justo castigar a quien causa un aborto contra la voluntad de la mujer. Existe un bien jurídico que proteger en el embarazo, y que justifica que el aborto se castigue con una privación de libertad apenas inferior a la del homicidio. Esto solo tiene sentido si el niño que está por nacer es un ser humano con derecho a la vida.

En su afán por permitir que las mujeres maten a sus hijos no nacidos, el lobby abortista no se percatan que sus argumentos provocan una profunda incoherencia en las leyes penales, y con ello una injusticia enorme.

En efecto, para justificar el aborto, se insiste con gran vehemencia que el feto no es un ser humano, que no es nada más que un grupo de células sin ningún valor ni derecho. El problema es que, si esto es cierto, no solo la madre podría destruirlas impunemente y sin enfrentar consecuencia alguna, cualquier persona podría hacerlo. Si el feto no es más que un montón de materia biológica mientras no abandone el cuerpo de su madre, no hay razón para castigar el aborto contra la voluntad de la madre. Después de todo, nadie puede ser castigado por destruir algo que no tiene ningún valor.

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