La esencia del matrimonio

No puede ser que los prejuicios añejos sean más fuertes que el amor

Con esta explicación, la Presidenta de la República anunció que enviaría al Congreso un proyecto de ley para establecer el matrimonio homosexual en Chile.

A pesar de la constante campaña a favor de alterar la definición misma del matrimonio, en la televisión, en el Estado, en las élites culturales, sociales y políticas, esta iniciativa todavía enfrenta fuertes resistencias. Cuando la única opción aceptable en público es la completa sumisión del entendimiento y la voluntad a las pretensiones del lobby gay, y cualquier alternativa o escrúpulo al respecto es denunciada como el epítome de la intolerancia (y por lo mismo, intolerable), sorprende encontrar que un 60% todavía quiere mantener el matrimonio como la unión entre un hombre y una mujer.

Es que el matrimonio nunca será un detalle menor en la forma como la sociedad decide organizarse. En las leyes de matrimonio civil hay muchas normas de detalle, que se modifican todo el tiempo. Cambia al régimen de los bienes, a los requisitos para contraerlo, o sus efectos sucesorios, etc. Esto son aspectos periféricos, que se resuelven sin mayor controversia, como un asunto técnico donde la gente no tiene mayor interés. En cambio, decir que dos hombres podrían casarse provoca preocupación y debate. Existe en la población la intuición de que algo no anda bien, que es una mentira sobre la esencia misma del matrimonio, y que desprestigia a la ley que la acoja y la apruebe.

Sin embargo, convertir esa intuición en un argumento razonable requiere un esfuerzo. Lo habitual es intentar apaciguar los ánimos con soluciones de compromiso, como establecer uniones civiles que son matrimonio en todo menos en el nombre, o admitir que dos hombres se casen pero no que adopten niños.

Nuestro esfuerzo, entonces, será hacer explícito ese argumento

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¿La más profunda vulneración a los derechos humanos?

El Hogar de Cristo es una institución de caridad fundada en 1944 por san Alberto Hurtado, el primer santo chileno, para que los pobres recibieran, además de alimento y amparo, dignidad y cariño. Hoy en día sostiene numerosas obras de caridad a lo largo de todo el territorio nacional, y se sostiene gracias a las donaciones de miles de socios. Cada año realiza una campaña para atraer más socios, y la de 2017 se hace bajo el lema “la pobreza es la más profunda vulneración de los derechos humanos”.

¿Es eso cierto? ¿Puede una organización católica decir “la pobreza es la mayor vulneración a los derechos humanos”?

No puedo evitar cierta disonancia cuando un cristiano habla de la pobreza como un mal absoluto. No soy pobre, pero demasiadas horas escuchando sermones sobre la predilección de Jesús por los más humildes, y su propia vida y la de sus discípulos bastan para sentir que algo no anda bien si te dicen que la pobreza es intrínsecamente mala. Más bien al contrario, muchas veces se nos ha repetido que el amor al dinero, no la pobreza, es la raíz de muchos males (1 Tim 6,10).

El capellán del Hogar de Cristo, P. Pablo Walker explica: Leer más…

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Por qué no soy feminista

Algunas entradas atrás manifesté mi solidaridad con las metas y la dirección general de los feministas. Nadie podría estar en contra de terminar con las discriminaciones injustas, y a veces eso suede por el solo hecho de pertenecer a cierto sexo. Ciertamente que espero que mis hijas y mi esposa tengan las mismas oportunidades que un varón en análoga situación, si no mejores.

Al decir cosas como esta, me han dicho que soy feminista aunque yo no lo sepa, incluso aunque no quiera serlo. Yo lo niego rotundamente.

Tengo la sensación que el feminismo es expresión de una gran cantidad de “energía moral” que está mal dirigida. La mayoría de las personas sentimos la necesidad de hacer el bien, una energía que nos lleva a querer de colaborar por dejar el mundo un poco mejor de lo que lo encontramos. Esa urgencia por el bien está profundamente arraigada en la conciencia humana y, a no dudarlo, proviene directamente de Dios. Por eso respeto profundamente a los feministas.

Sin embargo, no puedo soslayar que el feminismo está profunda y peligrosamente equivocado.

Gustan los feministas de decir que solo buscan igualdad, pero eso se demuestra falso con extrema facilidad. Yo mismo, por ejemplo, estoy a favor de la igualdad de hombres y mujeres, de la misma forma como estoy a favor de la igualdad de chilenos y argentinos, de rubias y morenas, de feos y bonitos. Buscar la adecuada igualdad entre todas las personas no me hace más feminista, ni internacionalista, ni morenista, ni feísta. Si algo, buscar la igualdad me hace más pro-vida, y más católico, pues aparte del cristianismo no hay otra doctrina que tan radicalmente haya defendido la igualdad de todos los miembros de la especie humana.

El feminismo no es solo luchar contra la desigualdad. Es luchar contra la desigualdad y algo más, una causa específica de esa desigualdad. El feminismo identifica la desigualdad como algo malo, pero además sostiene que el origen de la desigualdad es el machismo, o el patriarcado. No sé si todavía habrá feministas tan radicales que todavía crean que la causa de la desigualdad son los hombres, pero si los hay, si importancia es nula. En general el movimiento feminista se enfoca en denunciar el machismo o el patriarcado.

Mi problema con el feminismo es que no es más que marxismo actualizado.

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Manifiesto sobre la transexualidad

Quiero decir que en la especie humana solo existen dos sexos, y no porque lo diga yo, o porque me guste particularmente ese número. La mayoría de las especies biológicas presenta una reproducción sexuada, y esa forma de reproducción solo utiliza dos sexos. Existen excepciones, desde luego, como la bipartición en organismos microscópicos o el hermafroditismo en algunos insectos y peces. En la especie humana, sin embargo, es un hecho biológico que los sexos son dos. Habitualmente se les llama varón y mujer.

Se habla de hermafroditismo en humanos, pero no es un tercer sexo sino una condición patológica que afecta al proceso de gestación. El hermafroditismo en humanos es una enfermedad, porque la reproducción en nuestra especie es sexuada. Es por lo mismo que en nuestra especie los niños tienen pene y la niñas vagina.

También quiero decir que el cambio de sexo en los humanos es imposible. El sexo viene determinado por el código genético repetido en cada célula de nuestro cuerpo, y no por características visibles a simple vista. Si un varón se afeita la barba cada día, no deja por eso de ser varón. Tampoco si se somete a una vasectomía, aunque en adelante no podrá realizar una de las funciones propias de su sexualidad masculina. No es menos hombre un varón que sufre una castración ni la mutilación de su pene. Un varón sigue siéndolo aunque le falte vello facial, testículos o pene, porque el sexo viene determinado por el material genético y no depende de características exteriores, que pueden estar presentes o no. Otro tanto se puede decir de una mujer, que no deja de serlo por sufrir una mastectomía, ni esterilidad, ni hirsutismo, ni ninguna otra condición médica.

Cualquier mutilación del cuerpo, voluntaria o no, no modifica el sexo de una persona, pues el sexo es una realidad biológica, donde la psicología no juega ningún papel.

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Límites a la libertad de conciencia (II)

En el post anterior decíamos que, a pesar de ser un derecho fundamental, la libertad de conciencia no es un derecho absoluto, y que la sinceridad de la conciencia es una exigencia básica para cualquiera que quiera invocarla. Sin embargo, ese no es su único límite. La libertad de conciencia también debe ceder y limitarse cuando su ejercicio afecta los derechos de los demás, o el bien común.

En un mundo simple e ideal todos los derechos se ejercerían sin límites ni problemas. Todos opinaríamos, nos desplazaríamos y viviríamos sin afectar jamás los derechos de otros. Sin embargo, eso solo será posible cuando vivamos completamente aislados. Nuestro mundo, en cambio, está lleno de conflictos entre derechos, y de interacciones sociales cada vez más complejas. En nuestro mundo, los derechos, incluso aquellos que todos reconocemos como fundamentales, deben limitarse cuando afectan los derechos de los demás.

Para resolver los conflictos entre derechos fundamentales no hay reglas directas y fáciles, porque las particularidades de cada caso son muchas. En principio, podemos hablar de dos grandes reglas. La primera es que debe darse prioridad a un derecho fundamental por sobre otros derechos (de un colectivo, o del Estado). Por ejemplo, si un médico se niega a hacer un aborto por motivos de conciencia, debe respetarse su derecho por sobre el de la mujer, porque no existe un derecho fundamental a practicarse un aborto.

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Límites a la libertad de conciencia (I)

Luego de aclarar en algo las aguas sobre la libertad de conciencia, religión, culto y otras más, habíamos quedado de hablar sobre los límites de esos derechos. Nuestros visitantes, sin embargo, se abalanzaron a discutir sobre el tema. Que no puede tolerarse que le digan degenerado a un homosexual, o que va a ir al infierno; ni que la florista se niegue a atender una boda gay; y que no hablen de libertad religiosa los que no cumplen todos los preceptos de una religión. En otras partes incluso se pide que se prohíba a las Iglesias enseñar sobre la homosexualidad.

Lo que piden, en definitiva, es que haya límites a la libertad de conciencia y religiosa… y tienen razón. Al menos en parte.

Las disciplinas jurídicas desconfían de los derechos absolutos. Summum ius summa iniuria reza un aforismo, uno de los primeros que se enseñan en la escuela de derecho. Establecer un derecho como absoluto e intocable, habitualmente provoca mucho más daño que bien. Hacer justicia, en cambio, casi siempre parte por fijar una regla general y luego rodearla de excepciones y distinciones. Las libertades de religión y de conciencia, no son la excepción.

Al mundo moderno no le gustan las distinciones ni excepciones, prefiere las cosas simples. Le gustan los memes y los titulares, y también los derechos absolutos expresados en términos sencillos. La libertad de expresión, por ejemplo, se presenta como un derecho sacrosanto a expresar lo que yo quiera y de la forma que quiera. Si va al lado de una foto de Voltaire y en letras blancas, mejor que mejor. Parece que cualquier forma de límite a su ejercicio, es una carga intolerable para cualquier sociedad democrática, y pensar siquiera en censurar un periódico o un sitio web es la obra del demonio y de las dictaduras.

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Libertad religiosa, de conciencia y de culto

A medida que Occidente se aleja más y más de sus raíces cristianas, los conflictos entre las élites sociales y la minoría cristiana se vuelven algo inevitable. El pastelero que no quiere atender una boda gay, o el médico que se niega a practicar un aborto, son apenas la punta del iceberg. En ese escenario, la libertad religiosa deberá luchar por su espacio en la sociedad, a pesar de ser un derecho fundamental, a medida que nuevos “derechos” parecen exigir que se la límite y restrinja. Sin ir más lejos, los llamados derechos sexuales y reproductivos, o el derecho al aborto, jamás han sido consagrados como fundamentales en los tratados internacionales, pero ya reclaman precedencia sobre la libertad religiosa.

¿Qué es entonces la libertad religiosa? Para entender bien en qué consiste y cuando se aplica, conviene comenzar por aclarar lo que no es.

En primer lugar, libertad religiosa no es el derecho a tener una religión, o un conjunto de creencias espirituales, o a no tener ninguna. Para eso, bastaría la libertad de conciencia, que impide al Estado perseguir a los que tienen una idea o la expresan, sin importar si versa sobre un asunto espiritual, filosófico, político o científico. Si quiero pensar que el cielo es rosa, que Trump es el anticristo, o que un feto no es un humano, tengo la libertad de hacerlo, sin importar lo absurdas que sean esas ideas. Otros pueden pensar que es igual de absurdo creer que un pan es el cuerpo de Cristo o que viviremos para siempre en el cielo, pero ese no es el punto. El punto es que no necesitamos libertad religiosa para proteger el derecho a pensar que Dios existe, basta con la libertad de conciencia. Aunque la libertad religiosa abarca el derecho a creer en Dios y a cambiar de religión, en el fondo es otra cosa.

Se equivoca Google, entonces, cuando le preguntamos por el concepto de libertad religiosa y nos responde con “el derecho de una persona a poseer la fe que desee, ser ateo o agnóstico”. No es eso.

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