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Archive for the ‘Historia’ Category

La Biblia, la Iglesia y el razonamiento circular

Conversando acerca de la Biblia, y de la autoridad de la Iglesia para interpretarla, un visitante nos acusaba de incurrir en la falacia lógica conocida como razonamiento circular.

¿Como sabemos que Dios dio a la Iglesia la autorización para interpretar en exclusiva los textos bíblicos?

Porque lo recoge la Biblia.

¿Y como sabemos que la Biblia es palabra De Dios?

Porque lo dice la Iglesia.

Eso, en mi pueblo, se llama ARGUMENTO CIRCULAR.

Parece bastante simple ¿no? Y si eso fuera lo que hubiéramos dicho, tendría razón, pero no es así.

La Iglesia interpreta auténticamente (no en exclusiva) la Biblia porque recibió ese poder de Jesús, que es Dios. Esto no está explícitamente dicho en la Biblia, pero se concluye a partir de los datos históricos que aparecen en ella. En efecto, la Biblia no tiene valor solo como texto religioso, sino además como documento histórico, es decir, contiene
información confiable acerca de Jesús y sus seguidores, incluso para quien no la considera como Palabra de Dios.

Recordemos que el conocimiento histórico de la antigüedad nos llega a través de documentos escasos y parciales. Parciales en el sentido de incompletos y a la vez de poco objetivos. La Anábasis de Jenofonte, por ejemplo, relata la expedición de 10.000 soldados griegos en medio del Imperio Persa, y fue escrita por el comandante de esa misma expedición. Sus manuscritos más antiguos que se conservan son copias datadas hacia el año mil de nuestra era. A pesar de estas características, nadie dudaría en que la Anábasis es un documento histórico confiable. Los historiadores debaten diversos puntos (Si fueron realmente 10.000 griegos, o más o menos) y se espera cierto grado de parcialidad retórica (exaltando el valor de sus soldados o la vileza de sus enemigos), pero su estructura general no está sujeta a dudas. Nadie duda acerca de lo que hicieron en general sus personajes, Ciro, Artajerjes o el mismo Jenofonte, o de que existían los lugares que se mencionan en ella. Tampoco mina su credibilidad el que la Anábasis esté escrita en tercera persona, ni en que esté dedicada a la diosa Artemisa.

Con los evangelios canónicos y el libro de los Hechos de los Apóstoles ocurre lo mismo, pero mucho más intensamente.

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La búsqueda del Jesús histórico

Desde el siglo XVIII muchos se han propuesto encontrar al Jesús histórico, aquel personaje de extracción popular que vivió y murió en Judea del siglo I, y que estaría tras el origen del cristianismo. Su gemelo malvado el “Cristo de la fe”, una figura divina, perfecta, milagrosa, eterna y a-histórica, que ilumina directamente la conciencia de cada uno de sus seguidores. Puesto que las menciones de Jesús fuera de los evangelios son escasas, todo vuelve a centrarse en los mismos textos que los cristianos han leído y escudriñados durante siglos.

Luego de varios siglos de esta búsqueda, los resultados han sido decepcionantes. Los ateos suponen que Jesús renegaba de la religión; los socialistas, que fue el primer socialista; los nazis, que fue un precursor de la raza aria; los vegetarianos, que no comía carne; las feministas, que fue el primer feminista y así suma y sigue. Desde un comienzo se notó el Jesús histórico tenía una alarmante tendencia a acabar sosteniendo los mismos ideales y principios que el investigador. Cada uno lee los episodios del evangelio conforme a sus prejuicios, y llega a una respuesta diferente.

A inicios del siglo XX la investigación sobre Jesús histórico parecía agotada, los expertos en intentaron superar esas críticas, usando un acercamiento más objetivo. Para eso, definieron ciertos patrones o criterios que permitirían saber si es más probable que un episodio o enseñanza de Jesús en los evangelios haya ocurrido realmente.

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El censo de Quirino

En su afán por el rigor histórico, san Lucas menciona un hecho público y notorio que permitía a sus lectores originales precisar la época del nacimiento de Jesús. Este evangelio indica:

En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria. Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen. José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada. (Lc 2, 1-5)

Esta referencia al censo “cuando Quirino gobernaba la Siria”, que Lucas utiliza para situar el nacimiento de Jesús y explicar el traslado de José y su familia a Belén, ha dado lugar a diversas objeciones

En su libro Antigüedades de los Judíos, Josefo relata que hacia el año 6 d.C. Quirino fue nombrado gobernador de Siria y Judea en reemplazo de Arquelao (mencionado en el evangelio de san Mateo), y que mandó censar a la población. El problema es que, si este es el mismo censo al que se refiere Lucas, Jesús habría nacido más de cinco años después de la muerte de Herodes. Eso implicaría una contradicción con lo dicho por Mateo y por él mismo, en cuanto a que Jesús nació en tiempos que Herodes gobernaba Judea (Lc 1, 5). Además, se nota que el censo de Quirino al que se refiere Josefo fue local, solo en Siria y Judea, y no universal como indica Lucas. Además, el censo de Quirino se habría ordenado realizar en Siria y Judea, de modo que no había razón para que José, que en ese tiempo vivía en Galilea, viajara a Belén.

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Evidencia histórica a favor de los evangelistas

Al hablar sobre la confiabilidad histórica de los evangelios, se ha vuelto un lugar común decir que los evangelios son textos seudónimos. Se indica al pasar, como una verdad incuestionable, que no sabemos quién los escribió, pero que al menos estamos seguros que no fueron Mateo, Marcos, Lucas ni Juan. La Iglesia por su parte, afirmar el origen apostólico de los evangelios, pero deja la cuestión acerca de su composición a los expertos.

La pregunta, entonces, es ¿A qué viene dudar tanto de esa tradición?. Después de todo no hay nada extraordinario o milagroso en ella. Los evangelistas son mencionados en otros libros del Nuevo Testamento, dos de ellos apóstoles y dos compañeros de los apóstoles, que perfectamente podrían haber escrito lo que se les atribuye. Por otro lado, tampoco deja la impresión de una atribución “demasiado conveniente”. Los evangelistas son reconocibles, pero tampoco son los más importantes líderes del cristianismo. De hecho, más bien son figuras oscuras, si los comparamos con san Pedro y san Pablo, Santiago, Bernabé apóstol o san Clemente, el segundo Papa.

En definitiva, no hay razón para desconfiar de la atribución tradicional… a menos que a alguien le moleste que los evangelistas transmitieran fielmente el mensaje puro y simple de los evangelios. Además, al indagar más a fondo en la cuestión, encontramos que el respaldo histórico en favor de estos autores es sólido y bien conocido.

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Los católicos y la Biblia

San JerónimoUna de las querellas clásicas del protestantismo es que, mientras pudo hacerlo, el clero católico ocultó la Biblia a los fieles cristianos porque, se dice, si la hubieran leído por sí mismos se habrían dado cuenta que las doctrinas de la Iglesia contradecían la Palabra de Dios. Se supone que con esto controlaba a las masas y acumulaba más poder. Así, se afirma que la Iglesia habría impuesto penas de excomunión y prisión a quien tradujera la Biblia, que solo se permitían versiones en griego y latín para que la masa de los creyentes permaneciese ajena a los textos bíblicos, y que Lutero habría arriesgado su libertad al traducir el Nuevo Testamento al alemán.

Lo que subyace a este tipo de afirmaciones infundadas, pues no se puede hablar de argumentos, es una forma de pensar notablemente anacrónica. Se superponen dos datos correctos pero que provienen de dos épocas diferentes, por ejemplo que en esa época la Biblia circulaba escrita en latín y que hoy en día muy poca gente conoce esa lengua, para llegar a conclusiones groseramente erradas e injustas.

Revisemos algunos de estos errores:

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Sobre la datación de los evangelios (parte 2)

LucasDecíamos ayer que, a pesar del consenso académico sobre la fecha de composición de los evangelios (hacia el año 75 para Marcos, 80 y  90 para Mateos y Lucas, y 120 para Juan), la forma de llegar a esa conclusión está fuertemente teñida por un prejuicio naturalista. Es decir, las premisas con las cuales se trabaja para arribar a esa datación parten por rechazar la posibilidad de eventos sobrenaturales, y por lo tanto todo el razonamiento es inválido. Al no contar con buenas razones para poner el límite inferior alrededor del año 70, están completamente abiertas las posibilidades de una datación más temprana de los evangelios.

Sin embargo esto no es más que una negación, que nos deja en la misma ignorancia original ¿Podemos decir algo positivo que nos permita conocer la fecha de composición de los evangelios?

Sí, podemos.

Ya que hablamos de profecías, cabe notar que los evangelistas no suelen guardar silencio cuando se trata de destacar que las profecías de Jesús se cumplieron. Al contrario, frecuentemente encontramos que los evangelistas nos hablan de las profecías que hacía Jesús y de la forma cómo se cumplen. Jesús predice la traición de Judas (Jn 13,26), y más adelante Judas lo traiciona; predice la negación de Pedro (Mt 26,34) y Pedro lo niega; anuncia su pasión y muerte (Mt 16,21), y el evangelio nos cuenta que esto ocurrió como había sido predicho (Mt 28,6); realiza un oscuro vaticinio sobre Pedro(Jn 21,18), y a renglón seguido se nos explica que se refería a la forma en que moriría (Jn 21,19). Es un verdadero patrón de profecía y cumplimiento en el mismo texto.

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Sobre la datación de los evangelios (parte I)

EvangelistasEn ámbitos académicos, se da por sentado que los evangelios canónicos se escribieron entre 40 y 60 años después de la muerte de Jesús. Establecer esta datación tan tardía resulta particularmente útil para las teorías que predomina en los estudios bíblicos, pues permite decir que los evangelios no dan cuenta de relatos de testigos oculares o contemporáneos a los hechos.

A su vez eso habría dejado abierta la puerta para convertir al Jesús histórico en un verdadero árbol de navidad ideológico, donde cualquiera podía colgar sus ideas favoritas. Desde ese punto de vista, es claro que quienes viven de publicar libros sobre teorías novedosas en torno a la persona de Jesús tiene un interés en retrasar lo más posible la fecha en que se escribieron los evangelios, y así arrojar un manto de duda sobre todo lo que se relata en ellos.

Las teorías a este respecto comenzaron proponiendo todavía fechas más tardías. En el siglo XIX, cuando eran popular decir que Jesús era in mito, se decía que los evangelios se habrían escrito alrededor del año 150 d.C. e incluso más tarde. Sin embargo, los descubrimientos arqueológicos recientes les han obligados a reducir ese lapso de tiempo, y hoy se admite que los evangelios sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) fueron escritos a fines del siglo primero, a partir del año 75, dejando a San Juan para las primeras décadas del segundo. Junto con ello, las teorías del Jesús mítico han perdido peso en la academia, y hoy se admite que hubo un predicador judío llamado Jesús y que murió crucificado por los romanos.

Pero ¿por qué poner el límite inferior en el año 75? ¿No podrían haber sido escritos antes?

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