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Edward Feser, ateo converso al catolicismo

Hubo un tiempo en que, para los católicos la conversión se presentaba como una calle de un solo sentido: era común saber de personas que habían crecido en familias católicas (con sacramentos hasta la confirmación y todo), y luego habían abandonado la fe de sus padres, ya sea por una religión protestante o directamente por el ateísmo, sea formalmente o llevando un estilo de vida que totalmente ignoraba el aspecto espiritual.

Internet puso fin a esa época oscura, pues nos puso al corriente de cientos de historias de personas que, partiendo desde los más diversos orígenes, encontraron la riqueza y verdad que se encuentran en la Iglesia que fundó NSJC, entre ellas muchos ateos.

Hoy quiero llamar vuestra atención hacia la historia de Edward Feser, escritor y filósofo que cuenta cómo, luego de abandonar su catolicismo de infancia y permanecer firmemente en el campo ateísta, recobró su vínculo con la Iglesia. El largo camino que tuvo que recorrer está relatado en un post de su blog titulado Camino desde el ateísmo (en inglés), pero me interesa compartir con Uds. los párrafos que dedica a la forma como re descubrió a Santo Tomás de Aquino y las pruebas de las existencia de Dios

Dejo con Uds a Edward Feser:

A fines de los 90, siendo todavía un estudiante, me dieron la oportunidad de enseñar un curso de filosofía de la religión, seguido de varias oportunidades de enseñar cursos de “Introducción a la Filosofía”. En este último, quería enfocarme en tópicos que fueran de interés para los que no tuvieran un interés general en la filosofía. Puesto que todos tienen algún interés en la religión (incluso si, en algunos casos, sólo tienen un interés hostil), los argumentos sobre la existencia de Dios parecían un buen tópico al menos para una parte del curso. Naturalmente, ese fue un tópico para el curso de filosofía de la religión. Así, tenía una razón para revisar esa materia luego de haberle dedicado poco tiempo por muchos años.

Al principio, enseñé el material de la forma en que lo hacen muchos profesores: Aquí están los argumentos; aquí las obvias falacias que cometen; sigamos adelante. Nunca llegué a sonar como Richard Dawkins, pero no tengo dudas que sonaba como Negel Warburton (es decir): gentilmente despectivo. Y, como gradualmente comencé a ver, totalmente desinformado. El enfoque de “ponlos en fila y dispárales” era aburrido, y los argumentos parecían obviamente estúpidos. Sin embargo, las personas que históricamente los habían presentado obviamente no eran estúpidas. Entonces, me pareció que sería interesante intentar dar a los argumentos una buena pasada, y permitir que los estudiantes entendieran por qué alguien podría haberlos aceptado.

Así comencé a leer y pensar más acerca de ellos. Llegue a encontrar que el acercamiento de William Rowe a los argumentos cosmológicos de Leibniz era interesante y pedagógicamente útil. Él no parecía aceptar el argumento, pero dejaba claro que preguntar “¿Qué causó a Dios?”, “¿Cómo sabemos que el universo tuvo un inicio?” etc. no eran realmente objeciones serias. También dejó claro que la fuerza del argumento se vinculaba con preguntas filosóficas innegablemente serias e importantes: ¿Debemos considerar al mundo como explicable o no? Si no es así, entonces, el argumento falla. Pero si la respuesta es positiva, entonces parece plausible que algo como Dios, o al menos el dios de los filósofos, debe existir. Y no parecía infantil preguntarse si acaso podía haber tal explicación. El claro y fuerte capítulo de Richard Taylor sobre la teología natural en su librito Metafísica hacía el mismo razonamiento, junto con una útil selección que los estudiantes podían leer.

Naturalmente, hace mucho tiempo que yo estaba consciente de este tipo de argumentos. La diferencia era que cuando había pensado por primera vez acerca de ellos años atrás, los había enfocado como alguien que tuvo un trasfondo religioso y quería ver si acaso había algún argumento de la existencia de Dios que fuera realmente persuasivo. La réplica de Russell a Copleston, en el sentido de que siempre podemos insistir en que el universo sólo está ahí y eso es todo, me había parecido suficiente para mostrar que el argumento simplemente no era convincente. No estamos forzados racionalmente a aceptarlo. Por decirlo de otro modo, yo había puesto al argumento en el banquillo de los acusados, y él había sido incapaz de establecer su inocencia a mi entera satisfacción. Pero ahora, me acercaba como un naturalista [en el sentido filosófico] que intentaba dar a mis alumnos una razón para ver los argumentos como algo en lo que al menos valía la pena pensar por el tiempo de una o dos clases. Ahora estaba en el rol de abogado defensor, en vez de acusador, pero un abogado defensor con la confianza de alguien que no tiene interés directo en la absolución de su cliente. Siendo ya un confirmado naturalista, podía ser desapasionado más que defensivo y podía tratar todo el asunto como un ejercicio filosófico.

Y desde ese punto de vista, comencé a parecer que la réplica de Russell, aunque tenía poder retórico, tal vez no era filosóficamente suficiente. Seguro, siempre podías decir que no había una explicación final. Y tal vez no hay forma de probar lo contrario. Pero ¿es realmente verdadero? ¿Es incluso más plausible pensar eso que pensar que hay una explicación? Tipos como Rowe o Taylor, de ningún modo fanáticos religiosos o apologistas sino sólo filósofos que examinaban un cuestión profunda, parecían tomarse el asunto bastante seriamente. Interesante, pensé. Pero en ese momento, “interesante” -en vez de correcto o convincente- era todo lo que había.

Y luego estaba Tomás de Aquino. En la cúspide de mi etapa de joven e imprudente ateo, había tomado una clase sobre filosofía medieval con el difunto John Cronquist, un profesor ateo en Cal State Fullerton que era absolutamente despectivo del cristianismo. Los apologistas del campus de tradición protestante era frecuente blanco de sus iras, aunque también dedicaba uno o dos dardos contra el catolicismo. Él era una de las personas más inteligentes y cultas que he conocido nunca -el tipo de sujeto que encuentras intelectualmente intimidante y esperas no cruzártelo en un debate- y me gustaba mucho. Una de las cosas extrañas e interesantes de ese curso, sin embargo, era el respeto con que Cronquist trataba algunos de los medievales, especialmente a Aquino. Él decía que comparados con ellos, los apologistas pop eran como un “sarpullido en el trasero de un atleta” (Lo recuerdo dramáticamente apuntando a su propia posterioridad al decir esto, para darle énfasis). Obviamente él no compraba el sistema escolástico ni por un momento, pero trataba el material como algo en lo que valía la pena tomar un semestre para intentar comprenderlo. Y dijo un par de cosas que se destacaron. Primero, por razones que no recuerdo él elaborara mucho, parecía pensar que la Tercera Vía en particular tenía algo que decir. Segundo, dijo que el problema mente-cuerpo, que él parecía considerar terriblemente molesto, en el fondo se reducía al problema de los universales. Por años me preguntaría qué quería decir con eso. (Ahora pienso que debió tener que ver con la forma en que nuestra comprensión de los conceptos abstractos aparece en los argumentos aristotélicos para la inmaterialidad del intelecto.)

En ese tiempo, archive estas ideas como meras curiosidades (tal como consideré el material que cubrimos en la clase). Pero pienso que su ejemplo me permitió, años más tarde, dar un segundo vistazo a Tomás de Aquino mientras preparaba materiales para el curso. Reviso mis primeras lecciones sobre las Cinco Vías, con extrema vergüenza. Si las hubieran oído, pensarían que había accedido a una versión preliminar de El Espejismo de Dios [Obra cúlmine de Richard Dawkins], si no en el tono, al menos en la sustancia de mis críticas. Pero eso comenzó a cambiar lentamente a medida que leía más acerca de los argumentos y a incluir esos materiales en mis lecciones. Un buen amigo, que también había ido del catolicismo al ateísmo y era mi compañero de grado, estaba familiarizado con el libro de William Lane Craig El Argumento Cosmológico de Platón a Leibniz, y parecía encontrarlo útil para preparar sus propias lecciones sobre el tema. Nuestras discusiones acerca de los argumentos fueron muy útiles. Además, recientemente había aparecido Ateísmo y Teísmo de J.J.C. Smart y John Haldane, con Haldane defendiendo, y Smart tratando respetuosamente, algunos argumentos tomistas sobre la existencia de Dios. Estos materiales abrieron un nuevo mundo. La forma en que yo y muchos otros filósofos tendíamos a leer las Cinco Vías era, como gradualmente me di cuenta, ridículamente distorsionada.

El efecto inmediato fue que encontré una forma de enseñar las Cinco Vías sin parecer que ponía patos en una bañera para que los estudiantes les dispararan. Todavía no estaba de acuerdo con los argumentos, pero al menos enseñarlos era interesante. Recuerdo una clase cuando, habiendo hecho mi mejor esfuerzo para defender alguno de los argumentos (la Primera Vía, creo) contra diversas objeciones, y finalmente manifesté lo que sea que en ese momento creía que era una dificultad que no había sido respondida satisfactoriamente. Una de mis estudiantes más inteligentes expreso su alivio: Ella se había preocupado por un momento ¡tal vez podía haber un buen argumento de la existencia de Dios, después de todo! (Se engaña quien piense que el pensamiento ilusorio funciona sólo en el lado de la gente religiosa)

[…]

No sé exactamente cuándo todo hizo “clic”. No hubo un evento único, sino una transformación gradual. A medida que enseñaba y pensaba sobre los argumentos de la existencia de Dios, y en particular el argumento cosmológico, pasé de pensar “Estos argumentos no sirven”, a “Estos argumentos son un poco mejores que el crédito que reciben” y luego a “Estos argumentos son de hecho un poco interesantes”. Eventualmente me sorprendió: “¡Oh vaya, después de todo estos argumentos son correctos!” Hacia el verano de 2001, me encontré intentando convencer al cuñado de mi esposa, un físico escéptico de los méritos del teísmo filosófico en el tren que los cuatro habíamos tomado por Europa oriental.

Nuevamente, vuestro anfitrión.

Hay muchos que piensan que las pruebas de la existencia de Dios son un artefacto superado de épocas pasadas, tal como la física newtoniana superó a la aristotélica, y que han sido respondidas y descartadas, de modo que las únicas opciones razonables son el total escepticismo o creer sólo por fe.

Pero la filosofía no funciona así, sus herramientas son la razón y la realidad, y ellas permanecen invariables a lo largo del tiempo. A su turno, el hombre que las emplea no es más inteligente hoy que hace 700, 2000 ó 10.000 años, así que nadie debe descartar las pruebas de la existencia de Dios sólo porque se enunciaron hace mucho tiempo.

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Categorías:Escépticos
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