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Por qué no soy feminista

Algunas entradas atrás manifesté mi solidaridad con las metas y la dirección general de los feministas. Nadie podría estar en contra de terminar con las discriminaciones injustas, y a veces eso suede por el solo hecho de pertenecer a cierto sexo. Ciertamente que espero que mis hijas y mi esposa tengan las mismas oportunidades que un varón en análoga situación, si no mejores.

Al decir cosas como esta, me han dicho que soy feminista aunque yo no lo sepa, incluso aunque no quiera serlo. Yo lo niego rotundamente.

Tengo la sensación que el feminismo es expresión de una gran cantidad de “energía moral” que está mal dirigida. La mayoría de las personas sentimos la necesidad de hacer el bien, una energía que nos lleva a querer de colaborar por dejar el mundo un poco mejor de lo que lo encontramos. Esa urgencia por el bien está profundamente arraigada en la conciencia humana y, a no dudarlo, proviene directamente de Dios. Por eso respeto profundamente a los feministas.

Sin embargo, no puedo soslayar que el feminismo está profunda y peligrosamente equivocado.

Gustan los feministas de decir que solo buscan igualdad, pero eso se demuestra falso con extrema facilidad. Yo mismo, por ejemplo, estoy a favor de la igualdad de hombres y mujeres, de la misma forma como estoy a favor de la igualdad de chilenos y argentinos, de rubias y morenas, de feos y bonitos. Buscar la adecuada igualdad entre todas las personas no me hace más feminista, ni internacionalista, ni morenista, ni feísta. Si algo, buscar la igualdad me hace más pro-vida, y más católico, pues aparte del cristianismo no hay otra doctrina que tan radicalmente haya defendido la igualdad de todos los miembros de la especie humana.

El feminismo no es solo luchar contra la desigualdad. Es luchar contra la desigualdad y algo más, una causa específica de esa desigualdad. El feminismo identifica la desigualdad como algo malo, pero además sostiene que el origen de la desigualdad es el machismo, o el patriarcado. No sé si todavía habrá feministas tan radicales que todavía crean que la causa de la desigualdad son los hombres, pero si los hay, si importancia es nula. En general el movimiento feminista se enfoca en denunciar el machismo o el patriarcado.

Mi problema con el feminismo es que no es más que marxismo actualizado.

El marxismo es una doctrina que ofrece soluciones simples a los grandes problemas de la sociedad, soluciones que hasta el más estúpido de los periodistas es capaz de entender en pocas líneas. En un comienzo el problema era la desigualdad social, y la causa de esa desigualdad era la propiedad privada de los medios de producción. La solución, prístina como la aurora, era la dictadura del proletariado, que anularía la propiedad privada y al cabo de unos pocos años llevaría a la utopía comunista donde el Estado acabaría pos disolverse porque el hombre nuevo tendría satisfechas todas sus necesidades.

Ya sabemos todos cómo terminó eso.

A pesar del desastroso choque del marxismo con la realidad, comúnmente llamado regímenes comunistas, muchos siguen tratando de salvar su método de análisis. Siempre la realidad está dividida en dos bloques, ni más ni menos, que son visualmente distinguibles: ricos y pobres, blancos y negros, hetero y homo, varones y mujeres. Siempre uno de esos dos bloques ha logrado someter y abusar del otro, acumulando vicio y desechando virtudes. El grupo sometido, por su parte, reúne en sí todas bondades del trabajo, el esfuerzo y la generosidad. Finalmente, siempre la marcha de la historia se define por la lucha entre los bandos y se dirige hacia una inevitable utopía a favor del grupo oprimido.

El feminismo sigue cada uno de estos pasos, como buen alumno de sus profesores marxistas. En la pesadilla feminista, el patriarcado se ha construido sobre el abuso y la explotación de las mujeres. Los machistas, todos ellos varones, son violentos, opresores, discriminadores y violadores, en tanto que las mujeres son todas cálidas, tolerantes y comprensivas. El curso de la historia es implacable: el machismo es una reliquia del pasado, propia de sociedades primitivas y poco evolucionadas, e inevitablemente desaparecerá.

¿Por qué es tan popular el marxismo? Primero, porque es simple. Es muy cómodo acotar la realidad a dos bandos bien definidos en conflicto, donde está claro quién es bueno y quién es malo. Esa es la base nuestras novelas y películas más populares. En segundo lugar, satisface la necesidad de superioridad moral de sus adeptos, del que hablábamos arriba, sin necesidad de toda esa cháchara espiritual. Si a eso le sumamos la visión de una victoria histórica inminente e inevitable todo adquiere un aire religioso evidente para cualquiera que esté dispuesto a admitirlo.

No menos relevantepara el éxito de este análisis es que ser marxista resulta tremendamente halagador. En efecto, ni Marx ni Engels eran obreros, ni Lenin provenía de las clases agrícolas que decía representar su revolución. Los feministas de cierto renombre, como Ema Watson, jamás han tenido que coser un calcetín o esperar a su pareja con la cena servida. En uno y otro caso, el marxista siente haberse revelado contra el privilegio en donde le tocó nacer, por su propio esfuerzo, su gran integridad moral. Sentirse así, superior y moralmente justo, es muy atractivo para el ego.

Con lo que venimos conversando es evidente que, a pesar de sus buenas intenciones, el feminismo es una ideología profundamente errada y dañina. Se equivoca al suponer que solo hay dos grupos en conflicto en la historia. La realidad es muchísimo más compleja que eso. Nadie en su sano juicio pensaría que un obrero agrícola, con todo lo machista y vulgar que pueda ser, pertenece a una clase dominante por el solo hecho de ser varón, mientras que Angelina Jolie es parte de un grupo de mujeres oprimidas.

Se equivoca también al culpar al machismo de todas las diferencias entre hombres y mujeres. Si existen diferencias de sueldos, roles en el hogar o ámbitos de trabajo, entre varones y mujeres, cada uno es un problema único.  No existe una única y sencilla respuesta que explique toda la realidad. Tampoco hay una solución simple a los problemas de las mujeres, ni un único responsable. No hay una organización de varones ni un grupo de varones dedicados a mantener a las mujeres en constante inferioridad. Las mujeres, al igual que los hombres, son un grupo de personas extremadamente diverso, con diferentes problemas, identidades y opiniones. Cada individuo, cada mujer y varón, es diferente y no existe una respuesta única a todas sus necesidades y dificultades en la vida.

Por último, provoca mucho daño a la sociedad el suponer que el conflicto constante se encuentra a la base de todas nuestras relaciones.

Por eso no soy feminista.

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