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Libertad religiosa, de conciencia y de culto

A medida que Occidente se aleja más y más de sus raíces cristianas, los conflictos entre las élites sociales y la minoría cristiana se vuelven algo inevitable. El pastelero que no quiere atender una boda gay, o el médico que se niega a practicar un aborto, son apenas la punta del iceberg. En ese escenario, la libertad religiosa deberá luchar por su espacio en la sociedad, a pesar de ser un derecho fundamental, a medida que nuevos “derechos” parecen exigir que se la límite y restrinja. Sin ir más lejos, los llamados derechos sexuales y reproductivos, o el derecho al aborto, jamás han sido consagrados como fundamentales en los tratados internacionales, pero ya reclaman precedencia sobre la libertad religiosa.

¿Qué es entonces la libertad religiosa? Para entender bien en qué consiste y cuando se aplica, conviene comenzar por aclarar lo que no es.

En primer lugar, libertad religiosa no es el derecho a tener una religión, o un conjunto de creencias espirituales, o a no tener ninguna. Para eso, bastaría la libertad de conciencia, que impide al Estado perseguir a los que tienen una idea o la expresan, sin importar si versa sobre un asunto espiritual, filosófico, político o científico. Si quiero pensar que el cielo es rosa, que Trump es el anticristo, o que un feto no es un humano, tengo la libertad de hacerlo, sin importar lo absurdas que sean esas ideas. Otros pueden pensar que es igual de absurdo creer que un pan es el cuerpo de Cristo o que viviremos para siempre en el cielo, pero ese no es el punto. El punto es que no necesitamos libertad religiosa para proteger el derecho a pensar que Dios existe, basta con la libertad de conciencia. Aunque la libertad religiosa abarca el derecho a creer en Dios y a cambiar de religión, en el fondo es otra cosa.

Se equivoca Google, entonces, cuando le preguntamos por el concepto de libertad religiosa y nos responde con “el derecho de una persona a poseer la fe que desee, ser ateo o agnóstico”. No es eso.

Los regímenes totalitarios (y algunos ateos) suelen decir que respetan la libertad religiosa, porque reconocen el derecho a realizar actos de culto privados y a tener símbolos religiosos en casa. En su concepto, la religión es algo totalmente libre mientras se mantenga en lo privado y nadie se entere. Sin embargo, esto tampoco tiene sentido. Los actos íntimos, sean religioso o no, están cubiertos por la protección de la vida privada. En mi hogar puedo tener un altar a Buda, rezarle a Maradona y clavarle alfileres a una figura de Bush, pero nada de eso requiere de una protección especial, más allá de la que es inherente al hogar. Los Estados que toleran las religiones mientras sean algo privado, que no afecte a nadie, pero prohíben que siquiera se mencione a Dios en público, vulneran la libertad religiosa de sus ciudadanos.

A veces se confunden la libertad religiosa y de culto, pero tampoco son lo mismo. El culto es un conjunto de actos litúrgicos o rituales dispuesto por una religión, y puede ser público o privado. Si el culto es privado, queda amparado por la protección a la intimidad, pero para actos públicos de culto se necesita una protección especial. Para eso existe la libertad de culto. Uno podría preguntarse si no basta con la libertad de expresión y de reunión para proteger las manifestaciones públicas de la fe. El problema es que esos derechos no son absolutos, y pueden ser legítimamente restringidos por la autoridad pública en ciertas circunstancias y condiciones. De hecho, gobiernos de diverso carácter han intentado prohibir el culto público a Dios, por necesidades del Estado o del bien común. Para evitar los abusos en un ámbito tan importante, resulta indispensable que la libertad de culto esté especialmente protegida. Sin embargo, la libertad de culto no se identifica con la libertad religiosa, porque solo protege los ritos de una religión.

Hay también otros derechos y libertades que pueden usarse para defender la religión de los ciudadanos contra los abusos del Estado, pero que no son lo mismo que la libertad religiosa. La libertad de escoger la educación de los hijos, por ejemplo, ampara a los padres que quieren que sus hijos sean católicos, y también a los que quieren que sean ateos. En uno u otro caso, es deber del Estado apoyarlos en esa decisión. La libertad de expresión también se puede usar para realizar propaganda religiosa, es decir, la evangelización y el proselitismo religioso, así como cualquier otro tipo de ideas.

Por lo visto hasta ahora, parece que todo lo que una religión necesita para existir y prosperar ya estaría protegido por otros derechos. En ese caso la libertad religiosa no sería necesaria. Sin embargo, eso sería un error.

La religión no es solo un conjunto de verdades que se creen, y de ritos que debemos ejecutar. La religión comprende además ciertas costumbres de la vida diaria, actos concretos que hacemos o dejamos de hacer por motivos religiosos, y que afectan la vida de los demás. Si mi religión me prohíbe comer carne, por ejemplo, el Estado no debe obligarme a participar en la cena anual de la industria carnicera, ni podría discriminarme por no hacerlo. Eso sería una violación de mi libertad religiosa propiamente tal. Lo mismo si mi religión me exige vestir de cierta forma y el Estado me impide acceder a ciertos cargos por ello.

Tratándose de la ética, hay un sutil límite entre libertad religiosa y de conciencia. Si el deber surge de un imperativo moral común (no matar, no mentir, no cometer adulterio) se debe apelar a la libertad de conciencia; en cambio, si proviene de una norma válida solo a sus miembros (ir a misa, bautizarse), entra en juego la libertad religiosa. Por ejemplo, cuando un médico se niega a practicar un aborto, el Estado no puede sancionarlo por ello porque violaría su conciencia, sin importar a qué religión pertenece. En cambio, un Testigo de Jehová que se niega a recibir una transfusión de sangre, debe invocar su libertad religiosa, porque solo los de su grupo están obligados a observar esa prohibición. No podría un médico Testigo de Jehová, por ejemplo, negar ese tratamiento a un paciente suyo que sea católico, apelando a que su religión se lo prohíbe.

Pueden parecer un montón de distinciones bizantinas, pero como católicos será cada vez más necesario tener los conceptos a mano, para defendernos con el arma más efectiva en cada situación. Por ejemplo:

  • El pastelero o fotógrafo que se niega a participar en una boda gay, apela a su libertad de conciencia, porque considera que no existe verdadero matrimonio ahí, y que su participación apoyaría a un acto inmoral, específicamente una mentira.
  • El párroco que no autoriza el uso de un templo católico para un concierto de Maluma debe ampararse en su libertad religiosa porque, si bien el concierto puede ser muy bueno, las regulaciones internas de la Iglesia impiden que se use ese espacio en particular para actividades seculares.
  • Si un ejército ordena a sus soldados que no hablen de religión durante ciertas operaciones, ellos pueden alegar una violación de su libertad de expresión, pero seguramente no producirá buenos efectos, porque esa libertad se encuentra severamente reducida en ámbitos militares.
  • En cambio, si se exige lo mismo a un capellán, estamos ante una violación de la libertad religiosa, pues los sacerdotes están especialmente obligados a dar testimonio de Cristo, por mandato expreso del evangelio y la Iglesia que los ordena.
  • Cuando el Estado exige a una congregación religiosa pagar por los abortos de sus empleados, bajo el mote de servicio de salud, las religiosas tendrá más éxito apelando a su libertad de conciencia, porque el aborto es un acto evidentemente inmoral.
  • Si lo que se exige es pagar por anticonceptivos no abortivos, sería mejor hablar de una violación de la libertad religiosa, porque el vínculo con la inmoralidad de su uso no es tan evidente para la mayoría de la sociedad.

Las libertades de las que venimos hablando, de conciencia, de culto, de religión y de expresión, tienen límites. En general los abogados desconfían de los derechos absolutos. Algunos de ellos son legítimos, otros no, según trataremos más adelante.

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