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Aborto en Éxodo 21 ¿una multa?

Recientemente el columnista de Radio Cooperativa, Juan Pablo Rivera quiso resucitar un viejo argumento para convencernos de que Dios no tiene problemas con el asesinato de niños:

Lo más cercano a una condena referente al aborto se encuentra en el capítulo 21 del Éxodo (una especie de declaración de la ley de los antiguos israelitas). Pero incluso allí, se consideraba los fetos como entes que aún no alcanzan la constitución de un ser humano completo […] Un creyente que base sus propias convicciones religiosas en la palabra sagrada de las Escrituras no podría considerar a un feto como un ser humano completo, puesto que no existe pasaje alguno que asimile a un feto al mismo nivel de un ser humano.

La Biblia es un libro maravilloso, que a la vez puede leer un niño y un teólogo, sin agotar jamás sus significados y relevancia. Lamentablemente, algunos se toman de eso para insistir en una lectura pueril y simplista cuando les conviene. El pasaje en cuestión es el siguiente:

Si unos hombres se pelean, y uno de ellos atropella a una mujer embarazada y le provoca un aborto, sin que sobrevenga ninguna otra desgracia, el culpable deberá pagar la indemnización que le imponga el marido de la mujer, y el pago se hará por arbitraje. Pero si sucede una desgracia, tendrás que dar vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, contusión por contusión. [Ex 21, 22-25]

¿Acaso Dios considera que la vida del feto no equivale más que a una multa?

No, claro que no.

En primer lugar tengamos presente que los preceptos del Antiguo Testamento en general, y el Éxodo en particular deben entenderse siempre a la luz de Cristo.  Ellos expresan la voluntad de Dios de un modo parcial, adaptada a la realidad de los antiguos israelitas. Las leyes de la Antigua Alianza no son directamente aplicables hoy en día, porque fueron superadas por una ley más plena y profunda en NSJC. El Antiguo Testamento contiene regulaciones de instituciones que no son aceptables hoy en día, como la esclavitud y el divorcio, que eran propias de un pueblo bárbaro y primitivo. Fue necesario que Dios regulara esas cosas y no las prohibiera como hubiera querido, por la dureza de los corazones de los hombres.

Por eso, nunca es tan fácil como apuntar a un pasaje y creer que eso basta para decir que sabemos todo lo que hay que saber al respecto. Es un error que suelen cometer los fundamentalistas, tanto de corte evangélico como ateo.

Por otro lado, el Éxodo tampoco está diciendo lo que cree leer Juan Pablo Rivera.

La clave es que el término “abortar” que los traductores ponen en Exodo 21,22 no implica la muerte del niño, simplemente se trata de provocar el nacimiento antes del tiempo en que naturalmente habría ocurrido. ¿Sabemos nosotros más de hebreo antiguo más que los traductores? Claro que no, pero los traductores no están de acuerdo en que aquí se trate de un aborto, en el sentido moderno. La Bibilia de Jerusalén, por ejemplo, pone “provocan el parto sin más daño”. La versión King James, por su parte, traduce “so that her fruit depart from her” (de modo que su fruto se aparte de ella) sin hablar de “abortion” o “miscarriage”.

Esta ambigüedad en el término empleado para un aborto subsiste hasta la época de San Pablo y el Nuevo Testamento. Así, en 1 Cor 15, 8 leemos que San Pablo se considera a sí mismo “un aborto”, por haber llegado a ser apóstol cuando Jesús ya había resucitado, a diferencia de los otros apóstoles. Obviamente san Pablo no se considera muerto, ni siquiera inferior en su misión a Pedro y los doce. Al compararse con un aborto, solo denota la idea de algo ocurrido fuera de su tiempo debido.

Con esa idea en mente volvemos a leer el texto del Éxodo 21 y todo tiene mucho más sentido. Si dos hombres riñendo provocan que una mujer entre en labores de parto antes de tiempo, se les impondrá una multa, si no sobreviene otra desgracia. En cambio, si se produce otra desgracia, como la muerte del feto o de la mujer, el castigo es la ley del talión, vida por vida, ojo por ojo, mano por mano.

Al final de cuentas, incluso en la antigua ley que Dios entrego a un pueblo rebelde y duro de corazón, encontramos lo mismo que ha sido evidente para toda la humanidad desde el origen de los tiempos: procurar la muerte de tus propios hijos es un crimen que clama al cielo.

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