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Notas sobre la relación entre judaísmo y cristianismo

A comienzos de diciembre, la Comisión para las Relaciones Religiosas con el Judaísmo (en adelante, la Comisión) publicó “Los dones y la llamada de Dios son irrevocables” (Rm 11:29) Una reflexión sobre cuestiones teológicas en torno a las relaciones entre católicos y judíos en el 50º aniversario de Nostra Aetate (N°. 4)… (en adelante, la declaración). El tema me interesa vivamente, pero otros asuntos habían pospuesto su lectura. Un artículo muy interesante de Néstor Martínez, estimado amigo de este blog, me ha decidido a ponerme al día con este asunto.

En general, la declaración en cuestión se lee con razonable facilidad y rapidez, suponiendo un mínimo conocimiento e interés en el tema. Esto es digno de alabar en un documento emanado del Vaticano, donde la mayoría necesita urgentemente una traducción del “alto eclesiástico” al idioma de los hobbits. La mayor parte de su contenido se enmarca dentro de lo que uno esperaría para este tipo de declaraciones, sobre todo considerando los recientes pronunciamientos del Concilios y de los papas al respecto. Naturalmente, lo interesante es detenerse a considerar la otra parte, aquellas que no son tan claras, o que podría interpretarse como una innovación.

Entrando en materia de relaciones entre judaísmo y cristianismo, hay dos puntos fundamentales:

  1. Fuera de Jesús, “no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, en el cual podamos ser salvos.” (Hechos 4, 12)
  2. El vínculo de Dios con el Pueblo de Israel no ha terminado, porque “los dones y la llamada de dios son irrevocables” (Rm 11:29)

La pregunta, entonces, es cómo entender ambas afirmaciones, de forma que sean compatibles.

En su recapitulación histórica, la Comisión aborda la teoría del reemplazo o sustitucionismo, que era común entre los Padres de la Iglesia y durante el medioevo. Según esta idea, el Pueblo de Israel habría perdido su posición especial ante Dios a causa de haber rechazado al Mesías, la que se habría transferido a la Iglesia como verdadero y nuevo Israel. A veces incluso se llegó a hablar de una reproche o reprobación colectiva hacia los judíos, que se usó como excusa para el antisemitismo.

Esta idea fue rechazada por el Concilio Vaticano II, al enseñar que “los judíos son todavía muy amados de Dios a causa de sus padres, porque Dios no se arrepiente de sus dones y de su vocación.” (Nostra Aetate 4). La Comisión profundiza en esa dirección, al señalar que “La Iglesia no reemplaza al Pueblo de Dios de Israel, aunque como comunidad fundada sobre Cristo representa en él el cumplimiento de las promesas hechas a Israel” (23). También nos recuerda que Marción sostuvo que Antiguo Testamento debía desvanecerse ante la luz del Nuevo, tesis rechazada en el año 144 por la Iglesia (28).

Dado que ambas alianzas existen actualmente ¿Cómo se relacionan entre sí?

En este punto, conviene precisar algunos conceptos:

Pueblo de Israel son los descendientes de Abraham. Habitualmente se abrevia como Israel, pero no se debe confundir con el Estado moderno del mismo nombre, que es irrelevante para esta conversación.

Judaísmo es una religión que existe actualmente. Sus miembros son llamados judíos, denominación que puede ser equívoca, pues también se llama así a los miembros de la tribu de Judá. Por ejemplo, un judío que se convierte al catolicismo abandona el judaísmo como religión, pero no deja de ser judío en el sentido cultural.

Pueblo de Dios, o pueblo elegido, según el contexto se puede referir al Pueblo de Israel, a la Iglesia, o a ambos en conjunto.

Esto nos ayuda a entender la respuesta de la Comisión sobre la relación entre ambas alianzas:

El Judaísmo y la fe Cristiana, como aparecen en el Nuevo Testamento, son dos caminos por los que el Pueblo de Dios puede apropiarse las Sagradas Escrituras de Israel. Consecuentemente, la Escritura, que los Cristianos llaman el Antiguo Testamento, se abre a ambos caminos.

Con esto, la comisión parece afirmar que cristianismo y judaísmo son dos ramas que surgen de un mismo tronco: la religión de Israel. Imagino que un judío objetará a la idea de que su religión es diferente a la religión de Israel, aunque sea una adaptación de ella. En base a esta declaración, podemos decir que el judaísmo tiene 2000 años, al igual que el cristianismo.

Ahora bien, decir que ambos caminos surgen de las Escrituras de Israel no implica que ambas sean igualmente válidas, mucho menos que ambas sean igualmente salvíficas. De hecho, la mera mención de “dos caminos” en dos frases seguidas del documento, nos recuerda a la parábola de la puerta estrecha y la puerta ancha, y los dos caminos que llevan uno a la salvación y otro a la perdición. La declaración sí dice:

Una respuesta a la palabra de Dios expresada soteriológicamente, que vaya de acuerdo con una u otra tradición, puede por lo mismo franquear el acceso a Dios, quedando siempre en el poder de su consejo salvífico determinar, para cada caso, en qué manera piensa salvar a la humanidad. Las Escrituras testimonian la universalidad de su voluntad salvífica

Este es uno de esos párrafos que demandan una traducción desde el “alto eclesiático”. En el lenguaje común, dice que la respuesta tanto del cristiano como del judío son agradables a Dios, que quiere salvarlos a ambos. Sin embargo, que una respuesta sea agradable a Dios, y que él quiera salvar a todos los hombres, no permite concluir que los dos caminos sean equivalentes. Por eso, la declaración puede continuar diciendo que “no existen dos caminos de salvación”.

En este punto es donde difiero con Néstor. Mi amigo entiende que al hablar de que la respuesta del hombre conforme al judaísmo puede “franquear el acceso a Dios”, la Comisión se refiere a una salvación aparte de Jesús. Por mi parte, creo que la salvación es algo más que el mero “acceso a Dios”. Puede haber una alianza real, pero que no sea salvífica en sí misma, que no perdone los pecados. De hecho, ese es precisamente el punto principal de la carta a los Hebreos: todo el sistema levítico de sacrificios, a pesar de haber sido entregado por Dios, es imperfecto e inferior al sacrificio cristiano.

Luego, la declaración habla del parentesco entre el camino cristiano y judío, de un patrimonio común, de cómo, a través de la Nueva Alianza, la alianza de Abrahám cumple su promesa de universalidad. Sin embargo, no responde a su propia pregunta acerca de cómo subsiste la Antigua Alianza, en la época en que ella ya se cumplió. Para eso, se recurre a las palabras de san Pablo acerca del misterio de la Providencia Divina. La respuesta de la declaración es:

Que los Judíos son participes de la salvación de Dios es teológicamente incuestionable; pero cómo pueda ser esto posible sin confesar a Cristo explícitamente, es y seguirá siendo un misterio divino insondable (36).

No está mal recordar que el propio san Pablo se manifestó en términos de misterio y designios insondables al hablar de estos asuntos (cf. Rm 11). Sin embargo, uno espera que una declaración como esta diga algo más al respecto. Hay muchísimo paño que cortar en este ámbito, sobre todo considerando las ricas imágenes que nos dejó san Pablo sobre el punto en la carta a los Romanos, pero la Comisión no se animó a hacerlo.

Otro párrafo de la declaración que ha molestado a algunos dice:

La Iglesia se ve así obligada a considerar la evangelización en relación a los Judíos, que creen en un sólo Dios, con unos parámetros diferentes a los que adopta para el trato con las gentes de otras religiones y concepciones del mundo. (40)

Esto es consecuencia de lo desarrollado anteriormente por la Comisión, en cuanto a que el judaísmo no es propiamente otra religión. El documento va creando la imagen de que un judío estaría a la misma distancia de un católico como lo estaría un protestante, otra clase de hermano separado. Es un punto muy defendible y que justifica hablar de evangelización en términos especiales.

El problema en particular surge con la frase que sigue inmediatamente:

En la práctica esto significa que la Iglesia Católica no actúa ni sostiene ninguna misión institucional específica dirigida a los Judíos.

Muchos han leído aquí “la Iglesia no debe evangelizar a los judíos”. Eso, obviamente, es absurdo y herético. Sería absurdo que la Iglesia negara a los judíos el acceso a su propio Mesías, y que renegara de la práctica apostólica de ir primero a la sinagoga y luego a los gentiles. Sin embargo, el documento no dice eso. El texto está redactado en términos indicativos, descriptivos de lo que la Iglesia hace actualmente. Es cierto que la Iglesia actualmente no apoya ni mantiene una misión a los judíos, pero no hay aquí un juicio de valor acerca de si eso es bueno o malo.

Luego la Comisión agrega:

Pero, aunque se rechace en principio una misión institucional hacia los Judíos, los Cristianos están llamados a dar testimonio de su fe en Jesucristo también a los Judíos, aunque deben hacerlo de un modo humilde y cuidadoso.

La Comisión no dice “aunque rechazamos una misión”. Esto es importante, porque no hace suya la posición de que no debe haber una misión institucional, dejando abierto ese debate. Lo que hace es ponerse en el caso de que alguien la rechace, para decir que, incluso en esa posición, al menos los cristianos siempre deben dar testimonio de Jesús a los judíos.

Así las cosas, no me parece que la declaración sea herética ni desastroza ¿Pudo ser mejor? Sin dudas, pero este tipo de ambigüedades son esperables cuando se trata de documentos emitidos por un comité.

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