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Los evangelistas: los argumentos en contra

Siguiendo con nuestro examen de los evangelistas, a continuación, correspondería tratar la evidencia que descartaría que Mateo, Marcos, Lucas y Juan hayan escrito sus evangelios. El problema es que no hay ninguna. Lo único que los escépticos pueden mostrar contra los evangelistas son suposiciones y deducciones.

Se parte por sostener que originalmente los evangelios habrían circulado anónimamente entre los cristianos, y que el título se lo puso un copista o editor posterior. Sin embargo, los autógrafos originales se han perdido, así que nadie puede examinarlos para decir algo definitivo en uno u otro sentido. Tampoco existe algún libro o documento antiguo que hable de evangelios anónimos. En cambio, la evidencia histórica que sí tenemos, los manuscritos íntegros más antiguos de los evangelios, todos están titulados y con su título correctamente asignado. No existe una copia del evangelio de Marcos, por ejemplo, que esté titulado “según Lucas”, u otra combinación semejante. Es evidencia indirecta, pero que apunta en favor de la atribución tradicional.

A lo más se podría decir que no sabemos si los autógrafos originales de los evangelios estaban titulados. Tratándose del primer evangelio, esto parece razonable. Tal vez Mateo no consideró necesario poner “según san Mateo” si era el único evangelio que había, pero Lucas y Juan conocían las obras anteriores y seguramente tuvieran la necesidad de ponerles algún título. Si fue el mismo autor quien se lo puso o algún secretario o escriba al comenzar a copiarlo, no hace ninguna diferencia.

También se suele decir que los evangelios son anónimos, porque sus autores no se ubican en la narración, ni relatan en primera persona. Esta es una exigencia absurda. Insistir en ella, resultaría en que el 99% de las obras escritas en la historia de la humanidad se deberían calificar de “anónimas”. De hecho, lo habitual es que un autor no se identifique en el cuerpo de sus escritos. En El Quijote, Cervantes no es un personaje, porque es una obra de ficción; muchas veces no viene al cuento, como en el periodismo y la literatura científica; en otros casos el estilo de la obra no lo admite, por ejemplo, al escribir un libro sobre doctrina cristiana.

En los evangelios es normal que los hechos no se narren en primera persona (por ejemplo “cuando yo me encontré con Jesús en Nazaret…”), porque no son relatos testimoniales ni destinados a convencer a sus lectores de hacerse cristianos. Son documentos destinados a la catequesis de los ya bautizados, escritos para apoyar la evangelización en la Iglesia primitiva. Además, la humildad de sus autores, la virtud más importante de toda la vida espiritual, les impediría llamar demasiado la atención hacia sí mismos en cada evento que relatan.

La falta de una mención directa al autor en el texto no justifica decir que es anónimo, mucho menos en el caso de los evangelios, donde la tradición sobre los evangelistas es firme y unánime. Ese es un criterio de duda extrema e irracional que algunas personas solo pretenden aplicar a la Biblia, y a ningún otro ámbito, precisamente porque los resultados serían absurdos.

También se esgrimen razones en particular por las que los evangelios no habrían sido escritos por quien indica la tradición. Según la teoría de las dos fuentes, Marcos sería el evangelio más cercano a los hechos, y por lo mismo el único que podría haber sido escrito por un compañero de los apóstoles. Eso no impide que, de todas formas, se intente desconocer que su autor haya sido quien indica la tradición.

En primer lugar, se dice que su evangelio presenta errores enormes al describir las rutas seguidas por Jesús en Palestina. Para esto, se apunta al pasaje donde se dice que Jesús partió desde la región de Tiro y Sidón hacia Galilea, pasando por la Decápolis (Mc 7, 31). Tiro y Sidón se ubican junto al mar mediterráneo, directamente al norte de Galilea, mientras que la Decápolis está al este del río Jordán, de modo que el itinerario descrito parece adolecer de un rodeo innecesario.

¿Se equivocó Marcos al relatar el viaje de Jesús por no conocer Palestina? De ningún modo. El área que en tiempos de Jesús era de Tiro y Sidón, correspondía al antiguo territorio de la tribu israelita de Aser, en tanto que la Decápolis se asentaba en las tierras de Manasés. Dos mil años después puede parecernos absurdo el itinerario desde Tiro a Galilea por la Decápolis, pero Jesús sabía que debía llevar el mensaje de la salvación a todos los territorios del antiguo Israel. Además, al este del río Jordán, donde se ubica la Decápolis, era una zona desértica y en ese trayecto le presentaron a Jesús un sordomudo, a quien él curó diciendo “efattá”, es decir, ábrete (Mc 7, 31-34). Se cumplía así la profecía de Isaías 35, 6: “Entonces el cojo saltará como un ciervo, y cantará la lengua del mudo; porque aguas serán cavadas en el desierto, y torrentes en la soledad”. No se equivocó Marcos al describir el itinerario de Jesús, sino que Jesús, al realizar este viaje, estaba realizando una acción profética.

Para negar que Marcos fuera el autor de su evangelio, también se apunta a que en él Pedro sale mal parado, sobre todo en comparación con la importancia que parece tener en Mateo y Lucas. Eso descartaría que el autor hubiera sido un compañero de san Pedro. Todo esto no es más que una interpretación, basada en lo que algunos esperarían encontrar en un texto escrito por un compañero de un apóstol. La imagen de Pedro que nos entrega Marcos es muy humana, íntima, de un sujeto con muchos defectos, propia de una persona que conoce muy bien sus limitaciones. Él sabe que negó a Cristo tres veces, y que otras tantas veces fue perdonado. Luego de esa experiencia no iba a andar por todas partes presumiendo de la misión especial que le entregó Jesús. Su humildad no le permitiría hacerlo. Así, en el evangelio de Marcos no encontramos ninguna de las referencias al primado petrino que son tan directas en los otros tres evangelios. En definitiva, que Pedro sea más cercano en este evangelio que en los otros no descarta que Marcos haya sido su auto, al contrario, lo comprueba.

Respecto al evangelio según san Mateo, los escépticos se basan en la teoría de las dos fuentes para descartar que haya sido escrito por un apóstol. No es lógico, dicen, que un testigo directo como Mateo, se basara en el trabajo de uno que no era apóstol, Marcos, para escribir su evangelio. Luego, se concluye, este evangelio fue escrito por un cristiano anónimo, tal vez griego o de origen judío y que está escrito para cristianos judíos, pero que no fue el apóstol Mateo.

En primer lugar, debemos recordar que cualquier conclusión que se funda en la teoría de las dos fuentes es tan débil y especulativa como esa teoría, es decir, bastante débil. En segundo término, incluso si dijéramos que Mateo se basó en lo escrito por Marcos, no podemos olvidar que la tradición enseña que tras ese evangelio estaba la autoridad de san Pedro. Ciertamente que Mateo no habría tenido problemas en enraizar su trabajo en la labor de evangelización llevada a cabo por el líder de los apóstoles.

En relación al evangelio de san Lucas, se dice que su temática no se apegaría a la predicación de san Pablo, como para admitir que haya sido escrito por un compañero suyo. Así, se hace notar que este evangelio no insiste en la salvación solo por la fe, como aparece en las epístolas paulinas; que el evangelio y el libro de los Hechos parece ignorar esas epístolas; y que el autor de estos libros no llama “apóstol” a Pablo.

Todo esto no son más que especulaciones, que solo dependen de lo que cada uno interprete como propio de la predicación de san Pablo. Él es conocido por ser el apóstol de los gentiles, y a nadie le podría caber dudas de que esa preocupación por el mensaje universal de Jesús se refleja en el evangelio de Lucas. Tanto o más claro es que san Pablo no enseñó la salvación “solo” por la fe, de modo que sería absurdo buscar indicios por ese lado en este evangelio. Además, por muy compañero de san Pablo que haya sido Lucas, no tenía ninguna obligación de limitarse a lo que escuchara del apóstol. Él mismo nos dice que, antes de escribir, se ocupó de investigar con testigo oculares de los hechos y otras personas, de modo que san Pablo no fue su única fuente de información, puede que ni siquiera haya sido la principal.

Finalmente, sobre el autor del evangelio de san Juan, se tejen las más disparatadas especulaciones. Su teología elevadísima, su narración sofisticada, los múltiples niveles en que se desarrolla, la profundidad de su discurso de logos y la marcada diferencia con los evangelios sinópticos son factores que bastarían para dejar a la imaginación volar, especulando sobre quién pudo haber escrito este libro.

Con gran entusiasmo, algunos quieren atribuir el evangelio al “Presbítero Juan” que menciona Papías, y a quien luego san Jerónimo atribuyó las epístolas de Juan que aparecen en la Biblia. Nada, sin embargo, autoriza para extender esa atribución al evangelio, precisamente porque no existe un documento antiguo que permita dudar que fue escrito por el apóstol.

Otros han buscado adscribir evangelio a una hipotética “comunidad joánica”, supuestamente formada en torno a un maestro de nombre Juan (sea el apóstol o el presbítero). Esta especie de sagrada comisión editorial serían los autores del evangelio, las cartas y el Apocalipsis. Como idea, es original, pero cualquiera que haya participado de un comité, y tratado de producir un texto más o menos coordinado en él, verá lo absurdo que resulta. Proponer que una hipotética comunidad podría escribir un evangelio, mucho menos uno tan profundo y complejo como el de san Juan.

Un poco más razonables resultan las críticas que miran a la descripción de Juan y Pedro como personas poco instruidas y sin cultura (Hch 4, 13), y concluyen que este apóstol no podría haber escrito un evangelio tan elevado. Sin embargo, esta descripción corresponde a Juan cuando tenía 20 o 25 años, y no a 50 ó 60 años más tarde, cuando escribió su evangelio.

En un juicio, los argumentos propuestos para negar que Mateo, Marcos, Lucas y Juan serían mera evidencia circunstancial, es decir, basada solo en inferencias y suposiciones. La prueba histórica directa, respaldada por las pruebas internas que aparecen en los propios evangelios, siempre prevalecerá por sobre la evidencia circunstancial.

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