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Evidencia histórica a favor de los evangelistas

Al hablar sobre la confiabilidad histórica de los evangelios, se ha vuelto un lugar común decir que los evangelios son textos seudónimos. Se indica al pasar, como una verdad incuestionable, que no sabemos quién los escribió, pero que al menos estamos seguros que no fueron Mateo, Marcos, Lucas ni Juan. La Iglesia por su parte, afirmar el origen apostólico de los evangelios, pero deja la cuestión acerca de su composición a los expertos.

La pregunta, entonces, es ¿A qué viene dudar tanto de esa tradición?. Después de todo no hay nada extraordinario o milagroso en ella. Los evangelistas son mencionados en otros libros del Nuevo Testamento, dos de ellos apóstoles y dos compañeros de los apóstoles, que perfectamente podrían haber escrito lo que se les atribuye. Por otro lado, tampoco deja la impresión de una atribución “demasiado conveniente”. Los evangelistas son reconocibles, pero tampoco son los más importantes líderes del cristianismo. De hecho, más bien son figuras oscuras, si los comparamos con san Pedro y san Pablo, Santiago, Bernabé apóstol o san Clemente, el segundo Papa.

En definitiva, no hay razón para desconfiar de la atribución tradicional… a menos que a alguien le moleste que los evangelistas transmitieran fielmente el mensaje puro y simple de los evangelios. Además, al indagar más a fondo en la cuestión, encontramos que el respaldo histórico en favor de estos autores es sólido y bien conocido.

En primer lugar, tenemos que hacia el año 130, Papías escribió un libro, hoy perdido, pero que conocemos a través del historiador eclesiástico Eusebio de Cesarea, donde señala:

Marcos, que fue intérprete de Pedro, escribió con exactitud todo lo que recordaba, pero no en orden de lo que el Señor dijo e hizo. Porque él no oyó ni siguió personalmente al Señor, sino, como dije, después a Pedro. Éste llevaba a cabo sus enseñanzas de acuerdo con las necesidades, pero no como quien va ordenando las palabras del Señor, más de modo que Marcos no se equivocó en absoluto cuando escribía ciertas cosas como las tenía en su memoria. Porque todo su empeño lo puso en no olvidar nada de lo que escuchó y en no escribir nada falso.

Más adelante, Papías dice que Mateo “compuso su discurso en hebreo y cada cual lo fue traduciendo como pudo”.

Luego Ireneo de Lyon, en el año 170, escribió:

Mateo, (que predicó) a los Hebreos en su propia lengua, también puso por escrito el Evangelio, cuando Pedro y Pablo evangelizaban y fundaban la Iglesia. Una vez que éstos murieron, Marcos, discípulo e intérprete de Pedro, también nos transmitió por escrito la predicación de Pedro. Igualmente Lucas, seguidor de Pablo, consignó en un libro «el Evangelio que éste predicaba». Por fin Juan, el discípulo del Señor «que se había recostado sobre su pecho» redactó el Evangelio cuando residía en Efeso.

Así, los cuatro autores de los evangelios están plenamente identificados y son los mismos que encontramos en nuestras Biblias. Poco tiempo después, Clemente de Alejandría (150-215) también atestigua esta tradición, según nos cuenta Eusebio de Cesarea:

Mateo, que en primer lugar predicó a los hebreos cuando ya estaba por dedicarse también a otros, expuso por escrito su Evangelio en su lengua materna, sustituyendo de este modo por escrito la falta de su presencia en medio de aquellos de los que se alejaba. Y, a su vez, Marcos y Lucas ya habían procedido a la entrega de sus respectivos Evangelios cuando se dice que Juan seguía haciendo uso de la predicación oral, y que finalmente se dedicó a escribirlo.

A estos testimonios se agrega el de los prólogos anti marcionitas, breves textos anónimos, que se incluyeron en antiguas ediciones de la Biblia, a modo de introducción de los evangelios. El de Mateo se ha perdido, se supone que por corresponder a las primeras páginas del libro. El prólogo de Marcos indica que fue un intérprete de Pedro y que escribió en Italia. El de Lucas nos informa que era un médico, colaborador de Pablo, y que escribió para los creyentes griegos. El de Juan, finalmente habría sido dictado a Papías de Hierópolis, para oponerse a las doctrinas de Marción.
Los académicos investigan la datación y autenticidad estos documentos, pero lo relevante es que la tradición sobre los autores de los evangelios no es arbitraria ni escasa en evidencia. No es que alguien hay recibido la Biblia con los evangelios en ese orden y se conformara con decir “siempre se ha hecho así”. Al contrario, se trata de una tradición bien documentada, que se remonta a los orígenes del cristianismo.

También es digno de destacar que la misma tradición proviene de diferentes extremos del mundo antiguo. Hierápolis se ubica en la actual Turquía, el primer territorio en recibir favorablemente la predicación cristiana. Ahí escribió Papías. Lyon se encuentra en el otro extremo del Imperio Romano, y desde allá nos llega la misma tradición por enseñanza de su obispo Ireneo. Clemente, por su parte se asocia con la ciudad egipcia de Alejandría, en el extremo sud oriental del mediterráneo. Finalmente, los prólogos anti marcionitas parecen haber sido escritos en Roma.

Observar todos estos testimonios, todos en el siglo II y de lugares tan alejados, demuestra que estamos ante una tradición firme y consolidada, no sujeta a vacilaciones ni dudas.

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