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Crisis moral: el carisma profético del Cardenal Oviedo

OviedoCorría el año 1991 y Chile acababa de comenzar el camino pacífico de la transición a la democracia, cuando el Arzobispo de Santiago publicó la carta pastoral “Moral, juventud y sociedad permisiva”. En ella monseñor Calos Oviedo Cavada advertía de los primeros signos de “destape” que percibía en la sociedad chilena, y advirtió con fuerza acerca de una incipiente crisis moral.

El arzobispo habló de “un clima de creciente inmoralidad, en el que destaca: el erotismo malsano, la deshonestidad en la administración de los negocios, la práctica de la usura, el comercio de droga, el consumismo exagerado y ostentoso, la creciente desigualdad económica y social, el aumento de la delincuencia y el uso de la violencia”. También era la época en que el Estado comenzaba las campañas masivas sobre el SIDA, y educación sexual, que en opinión de monseñor Oviedo eran “apenas un pretexto para dar respetabilidad al fomento de la promiscuidad”.

En esa época, la Iglesia chilena gozaba de un inusual prestigio en la sociedad chilena que probablemente nunca vuelva a tener, ganado con el mérito de una defensa heroica de los derechos humanos durante la dictadura. Producto de ello, la carta fue recibida con cierto grado de respeto, pero en general fue rechazada su tesis central y se dijo que era exagerada y retrógrada, que no había crisis moral, sino una moral (la cristiana) en crisis.

(Compárese esa reacción con el cálido aplauso de las élites cada vez que habla el P. Felipe Berríos, y díganme quién es un verdadero profeta)

El tiempo, sin embargo, le ha dado la razón a monseñor Oviedo. Casi 25 años después de la carta “moral, juventud y sociedad permisiva”, Chile se encuentra en una crisis política y de credibilidad sin precedentes: Todos los partidos envueltos escándalos de financiamiento, el hijo de la Presidenta acusado de tráfico de influencias, y los órganos de la república no parecen tener la capacidad de entregar una salida. La diputada Alejandra Sepúlveda titula una entrevista con “no tengo recuerdo de una crisis política de esta envergadura”. La Presidenta Bachelet, en su discurso en cadena nacional ha reconocido que para superar esta crisis no basta con las leyes, es indispensable recuperar mínimos éticos, y para eso se impulsaría la formación cívica y en valores.

En este contexto, es estremecedor leer las palabras del Cardenal. Tal como los profetas del Antiguo Testamento, cada uno de los temas en los que levantó la voz y por los que fue ridiculizado, se ha convertido en un tema de preocupación nacional. A 25 años de la carta, la delincuencia, la deshonestidad en los negocios, los abusos financieros y la desigualdad social forman parte de los grandes temas del país. Un verdadero ejemplo del carisma profético que Cristo otorgó a su Iglesia, y una advertencia para los que no creen las advertencias de la Iglesia.

Tampoco es coincidencia, creo yo, que estos escándalos hayan estallado ahora y no antes. Son precisamente los jóvenes que en el año 91 se aprestaban a comenzar sus carreras, y a los que el Cardenal Oviedo vio inmersos en esa dinámica de consumismo exagerado y ostentoso, quienes hoy han alcanzado puestos de relevancia e influencia en los negocios y la política.

Ahora bien, de los ocho síntomas del “clima de creciente inmoralidad” que identificó don Carlos Oviedo, solo uno no parte del debate cotidiano, y es precisamente aquel al cual el Cardenal dedica la mayor parte su atención: el erotismo malsano. ¿Qué podría significar tan notable omisión? ¿Acaso se equivocó el profeta en lo que más le importaba?

Claro que no. Don Carlos vio más allá incluso de lo que podemos ver nosotros hoy en día, y se dio cuenta que a la raíz de todo este frondoso árbol de corrupción se encuentra la degradación de la moral sexual, como su principal y más fuerte manifestación, y a pesar de que, como ocurre con todas las raíces, está oculta a la vista.

¿Cómo es eso posible? Partamos por reconocer que a todos nos gustaría que la moral pudiera dividirse en cómodos compartimientos estancos. Hablamos de ética pública y privada, de moral sexual y moral económica, y de bioética y ética de los negocios, como si fueran cosas diferentes, con sus propios principios y dinámicas. El problema es que la cosa no funciona así. Cuando el ser humano encuentra una herramienta que cree que le sirve para resolver un problema, intentará utilizarla para todos los demás. Dicho de otro modo, para un hombre con un martillo, todos los problemas se convierten en clavos.

En este caso, nuestro “martillo” fue la idea de que el consentimiento es el único juicio moral necesario. Pensar que todo está bien mientras los directamente involucrados en el acto participen voluntariamente se nos presentó como una gran solución, pues servía para acallar nuestra conciencia y a la vez tener más y mejor sexo. Era una mentira, desde luego, pero ese es otro tema. Por ahora, el punto es que parecía una solución perfecta.

Con esta herramienta en mano, justificamos primero la infidelidad, y dijimos que era una cuestión privada, entre un hombre y mujer libres y donde nadie podía meterse, y así dejamos de considerar delito el adulterio. Luego, ante el desastre que eso provocó en el matrimonio, dijimos que ahora el divorcio era una cuestión privada, donde los únicos que tenían la palabra eran los directamente afectados, los esposos.

Bajo esta misma idea nadie pudo objetar a que los homosexuales hicieran lo suyo si “ellos no hacen daño a nadie”, y se derogó el delito de sodomía. Ahora nos han forzado a ser coherentes y aprobar el matrimonio homosexual, pues si el matrimonio es una cuestión privada, a nadie le podría importar menos si se casan o no. Para qué hablar de otras conductas desviadas en el ámbito de la sexualidad, que pronto nos exigirán lo mismo.

Dado que nos sirvió para tener más y mejor sexo, sin ninguno de los viejos prejuicios morales, tarde o temprano terminaríamos aplicando esta herramienta del consentimiento a otros ámbitos de la vida. Así, las farmacias que se coludieron para fijar los precios de los medicamentos, porque los ejecutivos estaban de acuerdo, sin importar si con ello dañaban a los consumidores; y los políticos no tuvieron problemas en recibir dinero de Soquimich, pues era la propia empresa la que se los ofrecía voluntariamente. Es la misma corrupción que se presenta día día, cuando el inspector de vialidad no ve inconveniente en aceptar un soborno, pues él y la empresa resultan beneficiados.

No digo que tal o cual persona divorciada sea la misma que vaya a caer en un escándalo de corrupción, ni siquiera que tenga una mayor tendencia a hacerlo. Digo que la sociedad en su conjunto ha perdido la capacidad de acusar a uno u otro por su comportamiento inmoral.

Y tiene razón la Presidenta, cuando dice que no bastan las leyes para combatir esta corrupción, porque ni las mejores leyes pueden hacer nada cuando las aplican los corruptos. Para salir de esta crisis se necesita denunciar no solo lo que se ha hecho, sino sobre todo la herramienta, el concepto moral que nos ha permitido cometerlo. Se necesita, en definitiva, recuperar una conciencia sana, que sea capaz de ver más allá del consentimiento de los participantes, y vuelva a mirar a la naturaleza del acto.

Si eso significa tener menos sexo, es un precio que estamos dispuestos a pagar (??).

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