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Gente que merece un puñetazo

Papa[10]A propósito del ataque terrorista a la revista satírica francesa Charlie Hebdó, el Papa Francisco nos ha regalado una de las frases por las que creo que será recordado:

Si el doctor Gasbarri dice una mala palabra de mi mamá, puede esperarse un puñetazo. ¡Es normal! […] no se puede insultar la fe de los demás. No puede uno burlarse de la fe. No se puede.

Si fuera por los periodistas, la libertad de expresión sería un derecho humano fundamental que no conocería ningún tipo de límites. Así les gustaría que fuera, y así lo dan a entender cada vez que alguien habla de censuras. Además suelen jugar la carta del temor, sosteniendo que cuestionar la libertad de expresión equivale a la peor táctica de los regímenes totalitarios.

Los abogados, en cambio, sabemos que esto es absurdo, que por regla general no hay derechos absolutos, y que la libertad de expresión es un derecho fundamental, pero cuyo ejercicio debe regularse y compatibilizarse con otros derechos igualmente fundamentales. Baste recordar un ejemplo clásico: nadie tiene derecho a gritar “fuego” en un teatro atiborrado de gente, so pretexto de ejercer su libertad de expresión, porque obviamente eso provocaría una estampida donde pueden resultar lesionadas y muertas muchas personas. La libertad de expresión debe desaparecer cuando está en juego la vida e integridad física de las personas.

 

Otro tanto ocurre con el honor, la propiedad (no hay un derecho a tomar el muro de otro para expresarse), la seguridad interior del Estado, la administración de justicia y un largo etcétera. En esa lista de ejemplos se enmarca la frase del Papa, que con tanta sencillez y tino expresa en términos sencillos y al alcance de todos que la libertad de expresión tiene límites ¿Quién no haría lo mismo si el doctor Gasbarri insultara a su madre, a su padre o a sus hermanos?

¿Quién podría dejar de estar de acuerdo con el Papa?

El profesor Carlos Peña (abogado, por más señas) no está de acuerdo. Teme que la cultura democrática enmudecería si no se reconoce a todos los individuos el derecho de agraviar y ofender la fe de los demás.

La genialidad del caso ejemplar que nos plantea el Papa Francisco, es que se conecta con todos, porque todos tenemos una madre, y más allá de los defectos personales de esta mujer, a ninguno nos gustaría verla mancillada u ofendida, con la única excepción de los bastardos, que no pueden empatizar con el resto de la humanidad, porque no conocieron a su padre o madre.

Con don Carlos Peña ocurre algo parecido: puesto que es ateo, no puede vincularse con el sentimiento religioso como la mayoría de sus congéneres, carece de la empatía para reconocer en el otro un legítimo derecho a no ver enlodada su religión, y que nace de la propias experiencias religiosas.

Como su particular opinión es que todas las religiones son falsas, se imagina que la libertad religiosa es una atribución completamente arbitraria de valor, que cada individuo puede hacer por sí y ante sí; el equivalente a Monstruo de Espagueti o el equipo de fútbol favorito. Alguien debería explicarle que la fe es algo que afecta toda nuestra vida a un nivel tan fundamental, al punto que es impensable cambiarla por algún beneficio menor, y por lo mismo nunca podría confundirse con una opinión, gusto, o preferencia deportiva.

No sería nada que opiniones como la del profesor Peña quedaran como eso, meras opinones, pero el problema surge cuando se pretende que esa interpretación de la libertad de expresión forma parte del “núcleo duro” de los derechos humanos, de modo que jamás podría restringirse o entrar al juego de ponderación gradual frente a otros derechos, y a los procesos de deliberación estatal (en el congreso o los tribunales), y que cualquier límite impuesto sería una violación de un derecho humano. Como muestran los pocos ejemplos que hemos mencionado, esto es un grave error, que no resiste el más mínimo análisis. Todos reconocen que la libertad de expresión debe ceder incluso ante bienes colectivos, como la seguridad del Estado, que son difusos y no se personalizan en un individuo determinado.

La libertad religiosa en particular, no es una mera concesión que el Estado hace a aquellos ciudadanos más píos o escrupulosos; el dar culto público a Dios es una obligación de todos los ciudadanos, y de ello se sigue que no ver la fe ridiculizada es un derecho fundamental que se encuentra a la base de principios tan esenciales como los mismos derechos humanos, la dignidad de las personas, y la exigencia de justicia en los actos del Estado.

Y si surge un conflicto entre la libertad de expresión y la religión, hay que hacer lo mismo que se hace cada vez que hay dos derechos fundamentales en oposición: no dar por ganador a uno de ellos por default, sino que buscar la mayor expresión posible de ambos, y cuando eso no es posible, jerarquizar y ponderar qué es lo mejor para el bien común, según las reglas del derecho.

No hay una regla automática del derecho para todos los casos que resuelvan estos conflictos, y ciertamente que, como dijo el Papa, no hay un derecho a insultar la fe de los demás.

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