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El argumento ontológico

Ha dicho el necio en su corazón: ¡No existe Dios!

SanAnselmoCuando se trata de debatir acerca de la existencia de Dios, el argumento ontológico es uno de los primeros que suelen mencionar, remontándose a su formulación a San Anselmo de Canterbury, pero sin pasar de una referencia o curiosidad histórica, pues se lo descarta rápidamente, como veremos.

El argumento parte de una base perfectamente razonable: antes de preguntar si una cosa existe, debemos tener muy claro de qué cosa estamos hablando. Por ejemplo, si alguien nos consulta si existen los unicornios, antes debemos estar de acuerdo en que hablamos de un animal similar a un caballo con un largo cuerno en la frente, y no de un rinoceronte.

(Usamos el ejemplo del unicornio y el rinoceronte, precisamente porque hay fuerte evidencia que el unicornio apareció en los catálogos medievales, a causa de una errada lectura de una descripción de un rinoceronte)

Si alguien pregunta “¿Existen los unicornios?” la respuesta será muy diferente dependiendo de la imagen que hayamos asociado al concepto de “unicornio”.

En el caso de Dios, antes de preguntarnos si existe, debemos establecer con claridad de qué estamos hablando. Y la respuesta de san Anselmo es que Dios es “algo más grande que lo que podemos concebir”. Ahora bien, si podemos definir a Dios de este modo, podemos decir que al menos existe en nuestro intelecto, y desde luego, los ateos no tienen inconveniente en decir que Dios existe de esta forma, pues los unicornios, por ejemplo, también existen en nuestro intelecto, y sin embargo todavía podemos decir “no existen”, porque no existen fuera de nuestra mente, en la realidad.

La verdadera pregunta, entonces, es “si algo más grande que lo que podemos concebir”, además de existir en nuestro intelecto, existe en la realidad. El argumento ontológico responde que hay cosas que existen solo como ideas (por ejemplo, el unicornio) y otras que además existen en la realidad (como el rinoceronte), y estas últimas  siempre son más “grandes” (desde un punto de vista del ser u ontológico) que las primeras.

Si ponemos a Dios en la primera categoría (seres exclusivamente mentales), es decir, si Dios solo existiera en nuestro intelecto, no estaríamos hablando realmente Dios, porque ya hemos dicho que Dios, por definición, es incluso más grande que cosas que sí existen en la realidad, además de en nuestra mente, como el rinoceronte. Luego, si Dios no está en la primera clase de seres, necesariamente debe existir en la segunda, de los seres que existen fuera de nuestra mente, en la realidad.

Por eso, solo el necio puede decir “¡No existe Dios!”, porque en realidad no sabe que esa expresión es absurda.

Claro que esto nos parece raro, un pueril juego de definiciones, pero eso no significa que el argumento sea inválido. Considérese, por ejemplo, qué diríamos si alguien nos preguntara si existe un triángulos de cuatro lados ¿Cómo le explicaríamos que tal cosa es absurda? seguramente recordándole que la definición misma de triángulo es incompatible con tener cuatro lados. Nadie diría que esto no nos dice nada acerca de la realidad de los triángulos.

La respuesta tradicional al argumento ontológico, de la que hablábamos al comienzo, la aportó un contemporáneo de San Anselmo, el monje benedictino Gaunilo de Marmoutiers, mediante una reductio ad absurdum, al decir que con el mismo razonamiento se podían demostrar cosas que sabemos que no existen. Así, propuso imaginar “la isla mayor y más perfecta que pudiera existir”, y a pesar de que pudiéramos imaginar sus playas, montes y vegetación, eso nada nos dice acerca de si tal lugar existe o no.

La réplica a esta objeción es igualmente simple: el concepto de “isla”, por muy grande y perfecta que se quiera concebir, nada nos dice acerca de su existencia; Dios, en cambio, precisamente se define por su perfección y existencia. Dicho de otro modo, una isla (un unicornio o un rinoceronte) puede ser más o menos grande o perfecta, sin dejar de ser un isla; Dios, por su parte, si dejamos de pensarlo como algo perfecto y existente, deja de ser Dios y se convierte en otra cosa, un ser muy poderoso seguramente, pero no Dios mismo. Por eso la respuesta de Gaunilo no es válida.

Si quisiéramos “acordar” un concepto de Dios con los escépticos, lo primero que nos exigirían es que quitáramos de la definición cualquier idea de “existir”, y eso parece razonable, porque es precisamente lo que está en duda. Sin embargo, cuando lo pensamos por un momento, nos damos cuenta que eso poner en duda la existencia implica quitarle también otros atributos, como la eternidad y la omnipotencia, y este dios que puede o no existir, que es poderoso pero no omnipotente ni eterno, al final  más bien se parece a los viejos dioses paganos, a Zeus y Thor. Llegado ese punto un cristiano puede decir “¡claro que ese dios no existe!”, y volvemos a la situación en que nos encontrábamos antes, al preguntarnos por la existencia del rinoceronte y el unicornio.

En cierto modo, este argumento presupone un contexto cultural más sofisticado que el que encontramos en nuestro tiempo, uno donde el dominio de los conceptos de la religión es más refinado que en la antigüedad y que en esta nuestra era neo pagana. Donde falla ese contexto, es esperable que al decir “Dios existe”, nuestros oponentes entiendan que estamos afirmando la existencia de un dios más entre los de la los viejos paganos, y naturalmente descrean de nuestra afirmación.

Con todo, no hay que descartar el argumento ontológico como un mero artefacto de la filosofía medieval. El propio fundador de la filosofía moderna, René Descartes (1511-1650), luego de su famoso “cogito ergo sum”, se dedica a explorar el concepto de Dios, para concluir que necesariamente debe existir tal ser. Otro tanto han dicho filósofos como Baruch Spinoza (1632-1677) o Gottfried Leibniz (1646-1716) o el matemático Kurt Gödel (1906-1978).

Los que se hayan pasado antes por acá, saben que soy un hincha de Santo Tomas,y se preguntarán qué tiene que decir el Doctor Angélico al respecto. En la Suma Teológica, justo antes de tratar acerca de las pruebas de la existencia de Dios, Santo Tomás plantea el argumento ontológico, y lo rechaza señalando que, debido a los límites de nuestro intelecto limitaciones, para nosotros nunca puede ser evidente en qué consiste Dios, con lo que falla la premisa del argumento ontológico y por eso se hace necesario demostrar su existencia a través de sus efectos. (Ia c2 a1)

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