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Profundizando en la segunda vía de Santo Tomás

AquinoEn los debates sobre religión, es habitual traer a colación las cinco vías o demostraciones de la existencia de Dios, que Santo Tomás de Aquino expone en la Suma Teológica, suponiendo que son pruebas exhaustivas y auto suficientes, para luego ser rápidamente refutadas y desechadas, generalmente suponiendo que han sido superadas por la ciencia moderna.

Esto, sin embargo, es un grave error, porque en realidad cada una de las cinco vías no es más que el esqueleto de un argumento, que el santo suponía que sus lectores ya conocían en su contexto y eran capaces de explicar en detalle por sí mismos. La Suma, después de todo, no es más que lo que dice su nombre: un resumen para estudiantes de teología.

Dada nuestra distancia temporal y cultural con el ambiente en que se formularon estas demostraciones, es necesario explicar ese contexto, para que las 5 vías sean entendidas en su verdadero valor.

Eso es lo que intentaremos hacer a continuación, en relación a la segunda vía. Ya antes habíamos hecho un artículo similar respecto a la primera vía, que pueden revisar en este enlace.

Santo Tomás sostiene:

La existencia de Dios puede ser probada de cinco maneras distintas.[…] La segunda es la que se deduce de la causa eficiente. Pues nos encontramos que en el mundo sensible hay un orden de causas eficientes. (Suma Teológica Ia c.2 A.3)

“Causa eficiente”. Con la sola mención de estas palabras, el Aquinate nos introduce toda la teoría metafísica de Aristóteles, acerca de las cuatro causas, que es ampliamente ignorada hoy en día. Y ni siquiera nos habíamos dado cuenta.

A grandes rasgos (enormes rasgos, en verdad) esta doctrina señala que para conocer las cosas como realmente son, es indispensable distinguir cuatro causas o principios: causa formal, causa material, causa eficiente y causa final.

Los problemas de comunicación entre el lector moderno y Aristóteles comienzan desde el uso de la palabra “causa”, porque al escuchar hablar de la causa de algo, nuestra atención se enfoca en lo que dio origen de esa cosa y la precedió en el tiempo. Aristóteles, en cambio, usa “causa” en un sentido más amplio, para referirse a cuatro aspectos o principios básicos de las cosas, y cuya combinación nos permitirían conocer esa cosa completamente. Para escándalo de mis lectores tomistas, permítanme usar “aspecto” en vez de “causa”.

El primer aspecto es el formal, qué forma o esencia tiene una cosa; el segundo es el material, de qué está hecha; el tercero es el eficiente, qué la hizo; y el cuarto es el aspecto final, para qué sirve o qué efectos suele producir. Por ejemplo, si aplicamos este análisis a la venus de milo diríamos que:

  • Su aspecto formal, o su forma, es la de la diosa venus
  • Su aspecto material, o su materia, es el mármol
  • Su aspecto eficiente, lo que la hizo existir, es el escultor; y
  • Su aspecto final, para que la hizo, es adornar un lugar.

O a una silla:

  • Causa formal, tener un asiento, cuatro patas y un respaldo, de modo que si le quito el respaldo estamos ante un taburete.
  • Causa material, la madera, metal o lo que sea de que esté hecha.
  • Causa eficiente, el carpintero o herrero que la hizo.
  • Causa final, servir de asiento para una persona.

De una u otra forma, estas cuatro causas o aspectos de las cosas abarcan o engloban todo lo que es posible saber de esa cosa.

Cabe mencionar aquí que el crudo materialismo que domina las conversaciones acerca de la existencia de Dios se suele centrar en el segundo de estos cuatro principios, el aspecto material de una cosa, suponiendo que el avance científico nos llevará a reducir los otros tres a la interacción de la materia. Sin embargo, esa es una mera esperanza, fundada en los impresionantes desarrollos de la ciencia, pero de ningún modo una conclusión demostrada. Quien haya tenido que ensamblar un mueble tipo Ikea, tiene muy claro que la forma es tanto o más importante que la mera suma de los componentes materiales.

Mucho puede decirse a partir de las cuatro causas (nótese como las primeras dos causas corresponden con la teoría hilemórfica), pero dado que el tiempo es limitado, hablemos solamente de la causa o aspecto eficiente de los seres, que es el relevante para demostrar la existencia de Dios.

Dice el santo que en el mundo sensible hay un orden de causas eficientes, y cuando se dice esto, lo habitual es entender que ese orden se refiere a una sucesión de causas y efectos en el tiempo, de modo que si eliminamos un evento en el pasado, desaparecen sus efectos posteriores. Esta errada comprensión se refuerza porque la causa eficiente es lo más cercano que hay en la teoría aristotélica al concepto moderno o científico de causa.

Sin embargo, sabemos positivamente que al hablar de un orden en las causaseficientes, el Santo Tomás no se refería a esto. En efecto, siguiendo un razonamiento de este tipo llegaríamos a decir que la razón demuestra que el universo tuvo un inicio en el tiempo, pero el mismo Aquinate descarta esa posibilidad en un artículo posterior de la Suma Teológica (Suma Teológica Ia c.46 A.2), para concluir que el inicio del mundo es un artículo de fe y no una conclusión demostrable por la filosofía.

Personalmente, encuentro convincente el llamado “argumento cosmológico” (todo lo que comienza a existir tiene una causa fuera de sí; el universo comenzó a existir; luego, la causa del universo es Dios), pero no es eso a lo que apunta Santo Tomás aquí, porque él mismo duda que sea posible demostrar que el universo comenzó a existir.

Pero si no estamos pensando en un orden temporal de causas eficientes ¿a qué se podría estar refiriendo el santo?

Edward Feser explica que, aparte de un orden de causas eficientes en el tiempo, es posible observar que las causas eficientes operan en un orden ontológico. Cuando Abraham engendra a (o dicho en términos filosóficos, es causa eficiente de) Isaac, Isaac en un tiempo posterior engendra a Jacob, y no depende de Abraham para hacerlo; esta es una serie de causas eficientes extendida en el tiempo. Pero también las causas eficientes operan simultáneamente, como cuando la mano empuja un bastón y el bastón empuja la piedra; esta es una cadena de causas eficientes ordenadas ontológicamente, porque el bastón no tiene ninguna capacidad de empujar nada, que no haya recibido de la mano.

La característica de estas series de causas eficientes es que en ellas, todo depende de forma simultánea de las causas anteriores, y si alguna de ellas falta, toda la serie posterior deja de existir, porque las causas segundas carecen por sí mismas de todo poder eficiente. Con esto en mente, es fácil ver que la conclusión de que ha de existir una causa eficiente primera es inevitable y evidente.

Al igual que en la primera vía, aquí también debemos descartar que algo pueda ser causa eficiente de sí mismo, pues afirmarlo implicaría que una misma cosa es a la vez causa y efecto de sí misma; y que sea posible extender dicha secuencia infinitamente, porque si todos los eslabones de la cadena recibe de otro la capacidad de ser causa eficiente, eso significaría que el efecto tampoco existiría.

Ciertamente que la primera y segunda vía tienen una estructura similar, y ello naturalmente nos lleva a pensar en que son básicamente el mismo argumento, visto desde perspectivas diferentes. A pesar de ello, cuando profundizamos en cada una de las cinco vías, nos damos cuenta que cada una de ellas son realmente argumentos diferentes, ligados sí, como partes de una filosofía completa y coherente, pero que apuntan a aspectos diferentes de la realidad. de modo que criticar o refutar una de ellas, nada dice respecto de las otras.

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