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¿Sobrevivirá la religión a la internet?

GraficoSoy un convencido de que el principal factor que permite entender y explica los cambios sociales es el desarrollo tecnológico.

Mis ejemplos favoritos para demostrarlo son la aparición de las armas de fuego que suscitaron el surgimiento del Estado moderno, al concentrar en manos de unos pocos el poder de controlar a las grandes masas; y la píldora anticonceptiva, que cambió el rol de sexo en la sociedad, y dio carta de ciudadanía a una serie de conductas que hasta ese momento no eran dignas sino de la prostitución.

Naturalmente, el gran desarrollo tecnológico de nuestra era es la internet, y naturalmente muchos han notado, con mayor o menor alegría, que las características de este nuevo medio puede poner en peligro los viejos dogmas de las sociedades cerradas, entre ellos las religiones tradicionales (no se engañen, acá “religiones tradicionales” equivale a cristianismo). Pero ¿es esta una expectativa razonable?

En religion may not survive the internet publicado a comienzos del año 2013, y que recibió bastante difusión en webs ateas, se propone que el libro flujo de información que está a la base de internet anuncia el fin de las religiones tradicionales, y que la mezcla de avance científico y relaciones virtuales pondrían fin a los espacios que todavía ocupa la religión.

Esta forma de razonar tiene cierto fundamento. En las sociedades medievales, cuando los clérigos eran los únicos que podían recibir cierto grado de instrucción, la religión, a través de sus fiestas y tiempos litúrgicos, marcaba también la vida civil, regulando los tiempos de trabajo y de diversión. Incluso el día estaba marcado por las campanadas de las iglesias, llamando a los fieles a recordar la liturgia de las horas. Luego, cuando la cultura se extendió por la sociedad, cada uno fue capaz de observar los fenómenos naturales para determinar las fechas en que se debía sembrar o cosechar los frutos, y la Iglesia perdió una parte importante función social, y con ello un grado importante de influencia en la sociedad en su conjunto.

El artículo que mencionábamos, sostiene que la religión evoca sentimientos de alegría, trascendencia y maravilla, los que también pueden ser experimentados a la luz de los descubrimientos científicos; y que los aspectos más dogmáticos, ridículos, opresivos o violentos de la religión, no pueden persistir una vez que son abiertamente cuestionados en las comunidades virtuales. A su vez, según este autor, las comunidades virtuales son capaces de proporcionar apoyo a los que consideran abandonar la religión en que fueron criados, y así suavizar el trauma que supone un paso tan importante como ese, demostrando que no hay nada que temer en la vida sin religión.

Dicho de otro modo, y en una opinión muy extendida entre ateos e incluso creyentes, las funciones principales de la religión se vinculan con un sentido de trascendencia y pertenencia, y desde ese punto de vista los “feligreses” de hoy en día cuentan con muchas más opciones que las antiguas parroquias o congregaciones locales.

Otro artículo, titulado ¿Está internet matando la religión? y subido a CNN unos pocos días atrás, recuerda el aumento de los que se declaran sin afiliación religiosa en recientes encuestas y, sin establecer una correlación directa, destaca que Internet “abre nuevas formas de pensar a las personas que viven en entornos homogéneos. También permite a las personas con dudas encontrar a personas con ideas afines en todo el mundo”; y concluye que “la gente se aleja de la afiliación formal y hacia lo que ella llama “exploración religiosa de base”, donde “la naturaleza del medio permite esas conversaciones para crecer orgánicamente”.

En el mismo sentido, otro artículo: How the Internet Is Taking Away America’s Religion.

Entonces ¿sobrevivirá la religión a Internet?

Antes que apareciera NSJC en la historia, la forma más común de conservar la palabra escrita era el rollo, de pergamino o de papiro, que era fácil de leer y transportar, pero donde era muy difícil encontrar rápidamente un pasaje determinado. Cuando los primeros cristianos comenzaron la enorme labor de evangelizar el mundo antiguo, rápidamente adoptaron una nueva tecnología conocida como codex (latín para “codo”), consistente en cortar el papiro o pergamino en hojas y unirlas por uno de sus costados formando un libro, lo que hacía posible ir de un lado a otro del texto con relativa facilidad. Eso les era útil, porque permitía mostrar “lado a lado” las profecías sobre NSJC que existían en el Antiguo Testamento y su cumplimiento en el nuevo. Así nació el libro, como lo conocemos nosotros.

Con esto quiero decir que el cristianismo, al menos en su forma original, nunca ha sido extraño a las nuevas tecnologías y a la libre propagación de las ideas.

Si la religión solo fuera una sensación de asombro ante el mundo o se limitara a formar un vínculo comunitario, como lo proponen los artículos que he citado, ciertamente que estaríamos en un problema. Pero la religión, o al menos el cristianismo, es mucho más que eso.

En él experimentamos a veces el asombro ante la inmensidad de Dios, pero además va acompañado de una sensación distintiva de amor, un vínculo que la contemplación del universo no puede replicar. También encontramos en el cristianismo una vida de comunidad, pero que a diferencia de lo que se encuentra en línea, no se limita a mirarnos la cara y a aceptarnos a nosotros mismos, sino que nos invita a mirar juntos hacia un otro, diferentes de nosotros mismos: a la eucaristía por un lado, y al hermano desvalido, por otro.

Además de asombro y comunidad, el catolicismo es filosofía, ética, historia, arte, acción política y familia, todos elementos que se entierran en la Palabra de Dios, y que la internet ni la ciencia pueden reemplazar.

Eso no significa que la internet nos sea indiferente. Hay muchos bautizados que permanecen en la Iglesia por mera costumbre o tradición, que en otra época habrían permanecido en el seno de la Iglesia, sin tener mayores cuestionamientos en toda su vida; pero hoy se verán tentados de caer en el indiferentismo o de apostatar. A su vez, esto puede provocar que el número neto de los que se declaran católicos disminuya. Creo que es lo que tenía en mente el Cardenal Ratzinger cuando decía que en el futuro los cristianos debían ser una “minoría creativa”.

Por eso, podemos admitir que la interne es una tecnología maravillosa y un cambio sustancial en la forma como se expresan y existen las religiones, y que provoque una disminución en el número neto de creyentes. Por otro lado, el cambio puede ser positivo, porque el acceso a distintas opciones religiosas a través de internet asegura que quien se declara cristiano lo hace conscientemente, y la red también amplía enormemente la forma de llegar con un mensaje cristiano no adulterado a todo el que tenga la inquietud.

Por otro lado, la internet tampoco es la panacea en lo que se refiere al asombre ante la ciencia y libre tráfico de ideas. Por cada sitio web de la NASA, que entrega ciencia legítima y de una forma interesante, hay miles de páginas dedicadas a las más extrañas teorías de la conspiración; y por cada comunidad que apoya una visión equilibrada de la experiencia religiosa, existen innumerables sitios que dan soporte a las más variadas perversiones (pienso tanto en las sexuales como en las filosóficas). Distinguir el trigo de la paja es el talón de Aquiles de la red, donde todo su poder para buscar la verdad puede queda en nada.

En definitiva, no hay razones para pensar que el catolicismo tenga problemas para sobrevivir a la internet. Tal vez no de la misma manera como hasta ahora, seguramente como una minoría creativa mucho más comprometida y, ojalá, efectiva en su forma de influir en la sociedad.

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