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Sobre la Búsqueda del Jesús Histórico (Parte II)

FuenteQDecíamos ayer, que en los últimos siglos se ha llevado a cabo una empresa de revisión histórica bajo el lema de la “Búsqueda del Jesús histórico”, y uno de los presupuestos de esa tarea ha sido afirmar los evangelios fueron escritos por testigos secundarios de los hechos, y desconocidos para nosotros.

Con esto se nos da a entender, si bien nunca explícitamente, que debemos desconfiar de los evangelios , y que si existió o no Jesús, es en definitiva irrelevante, porque su persona y su mensaje están enterrados bajo montañas de interpretaciones teológicas. Básicamente lo mismo que veíamos hace un par de semanas, al conversar acerca de la teoría de Jesús como un mito pagano más.

Como si fuera un la novedad del siglo, se nos dice que no sabemos quién escribió los evangelios, porque ninguno de ellos está firmado (en la forma “yo, Mateo, escribí esto”). Esto puede tener cierto peso en la tradición protestante, que rechaza toda tradición que no se encuentre en la Biblia, pero no para los católicos, porque para decir que no sabemos quién escribió los evangelios es necesario ignorar conscientemente toda la enorme evidencia, externa e interna, con que contamos acerca de su origen.

Así en los manuscritos más antiguos de  los evangelios, no hay ninguno que no estén encabezados “Según Mateo” o “Según Lucas” o lo que corresponda. A eso se suma el testimonio de los primeros escritores cristianos, como San Ireneo de Lyon, que defendió la autoridad de estos y no de otros evangelios, y de Teófilo de Antioquía, que a mediados del S. II hizo la primera armonización de los cuatro evangelios, y escribió contra la herejía de Marción.

Obviamente, los que dudan de los evangelios, deben explicar la existencia de los evangelios, y la explicación más popular entre los académicos es la hipótesis de las dos fuentes, o hipótesis Q.

A grandes rasgos, esta teoría parte por observar que entre los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas hay mucho material que en común, incluso al punto de usar las mismas expresiones (por eso se los llama “evangelios sinópticos), y lo explica diciendo que los evangelistas se copiaron entre sí. Luego, ante la preguntan de quién copió a quién, responden que Marcos es la fuente más antigua, por ser más breve, y que el material restante (235 versos que aparecen en Mateo y Lucas pero no en Marcos), fue tomado de un documento hipotético llamado Q.

Luego se nos dice que el apóstol Mateo no pudo haber escrito el evangelio que se le atribuye, porque un apóstol, que fue testigo directo, no copiaría de un testigo indirecto como Marcos, y por lo tanto ese evangelio solo pudo haber sido escrito por un cristiano anónimo. A su turno, Lucas sería menos confiable aún, porque tomaría su información de dos fuentes secundarias: Marcos, que no fue apóstol, y Mateo, que era un cristiano anónimo.

Ahora bien ¿Notaron la cantidad de supuestos que en apenas el primer párrafo nos exige esta teoría?

Yo detecto 3 principales:

  1. Que si hay material en común entre los evangelios, estos provienen de una copia entre ellos.
  2. Que un texto más breve es anterior a otro más extenso.
  3. Que la mejor explicación es un documento hipotético.

Sin embargo, a cada una de estas especulaciones, se pueden oponer otras tantas posibilidades, tanto o más plausibles.

En cuanto al primer punto, puede ser que el material común sea producto de una copia, pero también es posible que haya sido recogido paralelamente por dos evangelistas, a partir de una misma fuente.

Por ejemplo, si encontramos en Lucas un texto similar al de Marcos puede ser cierto que él conociera el evangelios de San Marcos, pues Lucas es bastante franco en decir que antes de escribir su evangelio, se informó “cuidadosamente de todo desde los orígenes”; pero también es posible que ambos hayan recogido la predicación de un mismo apóstol (seguramente San Pedro) en diferentes instancias. Se insiste en que al usar los mismos términos en los dos evangelios, apunta a que Lucas copió de Marcos, pero cualquiera que haya tenido que repetir una clase sabe que los profesores tienden a usar las mismas palabras y ejemplos para explicar sus conceptos, incluso de un año a otro, de modo que Lucas puede haber recogido la predicación del apóstol Pedro en diferentes instancias.

El segundo presupuesto, que permitiría afirmar sin dudas que Marcos es el primer evangelio y anterior a Mateo, simplemente es una alternativa, pero existen otras, como que un texto más breve puede ser un resumen posterior de otro más extenso, adaptado a las necesidades de otros destinatarios. De hecho, esta posibilidad es precisamente la que propuso San Agustín en el S. V, cuando los hechos eran mucho más recientes.

Finalmente, respecto a que la mejor explicación de los paralelos es un documento hipotético, hay cuestionamientos tanto desde un punto de vista metodológico, como arqueológico y religioso.

Primero, uno debería desconfiar de las hipótesis que existen exclusivamente para sustentar una teoría. La historia conoce de famosos documentos que eran ampliamente conocidos en la antigüedad, por las referencias que otros textos han hecho de ellos, y a estos se les llama “documentos perdidos”. El documento Q, en cambio, no pertenece a esta categoría, sino que es meramente hipotético, pues no hay ningún autor que haya reconocido la existencia de un evangelio con una autoridad similar a la de los evangelios canónicos y que haya sido anterior a ellos.

Segundo, la evidencia arqueológica en favor de este documento es totalm ente inexistente. Cuando esta teoría fue propuesta hace allá por 1800, la disciplina arqueológica se encontraba en pañales, el cercano oriente era una tierra de misterio y la mayoría de las excavaciones eran llevadas a cabo por aristócratas aficionados. Más de doscientos años después, y a pesar de hallazgos arqueológicos tan importantes como Nagg Hammadi y Qumram, no solo no hay ni una copia que pueda identificarse como el documento Q, ni siquiera se ha encontrado un texto antiguo que haga referencia a su existencia.

En tercer lugar, desde un punto de vista religioso, simplemente no tiene sentido que se hayan conservado hasta nuestro tiempo fragmentos y referencias a evangelios claramente secundarios y heréticos, y al mismo tiempo ningún cristiano haya sentido la necesidad de copiar o mencionar un documento tan importante para conocer a Jesús, como sería el hipotético documento Q.

En la próxima entrada revisaremos los intentos por ampliar la distancia temporal entre la redacción de los evangelios y los eventos que ellos relatan.

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