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Sobre la Búsqueda del Jesús Histórico (parte I)

HistoricoHace más de dos siglos que se inauguró la “Búsqueda del Jesús Histórico” y a pesar que esta empresa ha construido carreras académicas y la publicación de muchísimos libros, sus resultados han sido francamente decepcionantes, por no decir completamente negativos. Todos conocemos los sesudos tomos que se han escrito, intentando separar “el Jesús de la historia del Cristo de la fe” como si este último no fuera más que el producto de un gran engaño religioso multisecular, pero no muchos se dan cuenta de lo débiles que son los fundamentos de toda esta investigación.

La principal fuente de información con que contamos acerca de Jesús son los evangelios canónicos –tan conocidos por todos y respetados por los cristianos como Palabra de Dios–, y en ellos, la figura de Jesús es claramente divina, tal como lo observó el rabino Jacob Neusner. Por eso es natural que, quien busca reducir el cristianismo a una obra meramente humana, comience por minar la confianza en lo que ellos nos cuentan. No nos engañemos: ese, y no otro, es el motor tras los numerosos libros y publicaciones realizados bajo el emblema de la “Búsqueda del Jesús Histórico”.

Por lo tanto, el punto de partida para desacreditar los evangelios es afirmar:

  1. Que ni Jesús ni sus apóstoles escribieron nada,
  2. Que, por lo mismo, los evangelios fueron escritos por testigos secundarios, y
  3. Que fueron severamente alterados con posterioridad a los hechos, según intereses particulares.

A continuación nos haremos cargo de la primera de estas afirmaciones, dejando las restantes para las entradas siguientes.

En primer lugar, es cierto que no contamos con nada escrito por Jesús, ni se le han atribuido textos que hayamos perdido, y puede parecer razonable pensar que, si Jesús era Dios y conocía que iba a morir y la importancia que tendría luego la Biblia para sus seguidores, se hubiera molestado en poner por escrito él mismo su mensaje. En el mismo sentido, sería esperable que al menos sus colaboradores más cercanos y testigos de sus obras, los apóstoles, dedicaran parte importante de su tiempo a esa labor.

Por el contrario, cuando revisamos el Nuevo Testamento, vemos que la mayoría de los libros aparecen escritos por sujetos que no conocieron a Jesús en vida, como Pablo, Lucas y Marcos; y que en cambio las cartas de los apóstoles, Pedro, Santiago, Judas y Juan, tienen una importancia más bien marginal.

Tal expectativa –de contar con libros de testigos más cercanos a los hechos– resulta  más comprensible cuando entendemos la mentalidad protestante, que otorga una importancia sin contrapeso a la Palabra Escrita, a la Biblia, como piedra de tope de la vida cristiana. En ese contexto, y si pensamos que el principal legado de Jesús a sus discípulos sería un libro o una colección de libros, naturalmente que resulta incomprensible y hasta absurdo que los protagonistas y testigos directos de hechos tan importantes callaran, y dejaran la tarea de transmitirnos el Nuevo Testamento a actores secundarios.

La perspectiva católica, sin embargo, es que la Biblia, con toda su importancia litúrgica y doctrina, simplemente no puede entenderse separada de la Iglesia, y que los libros del Nuevto Testamento se escribieron, en un principio, para ayudar en la tarea más importante que Jesús dejó a sus seguidores, la evangelización. Por eso, las últimas palabras de NSJC antes de subir al cielo no fueron “pongan por escrito todo lo que les enseñé, imprímanlo y déjenlo en cada velador de hotel que encuentren”, sino:

Mt28, 19 Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,20 y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo».

Con esto en mente, a nadie debe sorprender que los apóstoles, una vez que recibieron el Espíritu Santo, se dedicaran precisamente a eso: impartir los sacramentos y predicar el mensaje de su maestro.

Por otro lado, tampoco debemos olvidar que el registro de la palabra escrita no siempre fue lo que conocemos hoy. Hasta que el uso del papel se popularizo en Europa, en el S. XIV, las posibilidades de utilizar la escritura como medio de evangelización eran bastante escasas. En efecto, en el S. I. las opciones eran dos: o se escribía en carísimos rollos de pergamino, y por lo mismo reservados para funciones oficiales o litúrgicas; o se utilizaba el papiro, que era más accesible, pero tenía el grave inconveniente que se deterioraba rápidamente, de modo que la principal ventaja de la escritura, la fijación de lo escrito, resultaba más bien ilusoria.

Ante tales inconvenientes, es más natural que Jesús hiciera lo mismo que hacían los maestros de la antigüedad, confiando su enseñanza a una comunidad comprometida en conservarla. Esta comunidad, que hasta hoy subsiste en la Iglesia Católica, resultaba más confiable que un escrito, porque en la antigüedad se adiestraba la memoria de una forma que hoy nos resultaría sorprendente, y además tenía la ventaja que podía huir en caso de calamidad, y no simplemente quemarse como un libro.

Por eso, no debe llamarnos la atención que Jesús no haya escrito nada, ni que sus apóstoles hayan considerado esa tarea como parte esencial de su misión. Jesús nos dejó la Iglesia, y ella cumple fielmente la labor de llevar su mensaje al mundo.

Espero continuar con los dos puntos restantes en las entradas siguientes.

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