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¡Marcionitas al ataque!

MarciónyJuanMarción de Sinope fue un rico comerciante romano, que por el año 120 se convirtió al cristianismo, e intentó usar su dinero para propagar una versión bastante específica del evangelio. En su opinión el dios revelado al pueblo hebreo era sangriento y vengativo, la antítesis del Padre de Jesús; en consecuencia, rechazó el Antiguo Testamento y todo vínculo con el judaísmo de su época; y llegó a editar su propio canon bíblico que incluía solamente el evangelio de San Lucas severamente editado por él mismo y algunas cartas de San Pablo (por ejemplo, dejó fuera la carta a los Hebreos).

El marcionismo tiene el dudoso honor de ser la primera de una larga lista de herejías rechazadas formalmente por la Iglesia.

Con todo, el fantasma de Marción sigue penando, y alimentándose de ciertas ideas comunes tanto en la Roma de la antigüedad y como en la actualidad. Así, hoy es habitual escuchar de teólogos, polemistas anti cristianos y fieles de a pie acerca del profundo y radical contraste entre la revelación de Moisés y la de Jesús.

Pepe Rodríguez lo resume estupendamente:

El dios del Antiguo Testamento es caprichoso, vengador, iracundo, justiciero y obliga al creyente a mantenerse bajo “el temor de Dios”; el del Nuevo , por el contrario, es amor, es un padre afectuoso que invita al creyente a estar en comunión con él.

La respuesta católica a esta común observación no puede ser otra que un categórico “puede ser, pero ni tanto tampoco”.

En primer lugar, nadie podría sorprenderse de apreciar un cambio importante entre los libros que componen el Nuevo y el Antiguo Testamento, pues de otro modo, no tendría sentido hacer la diferencia. Pero al mismo tiempo, tampoco se puede afirmar que la diferencia sea tan grande como para estar ante algo totalmente diferente, y en concreto no hay ningún aspecto del dios del Antiguo Testamento que no esté también presente en el Nuevo y viceversa.

Así, se dice que Yavé es vengador, pero al Padre de Jesús le basta que Ananías mienta al apóstol Pedro para que hacerlo caer muerto en el acto; o se habla de Yavé como un dios iracundo, pero cuando Zacarías expresa incredulidad ante el anuncio del nacimiento del Bautista, la réplica del ángel es bastante airada (Lc 1,19 El Angel le respondió: «Yo soy Gabriel, el que está delante de Dios, y he sido enviado para hablarte y anunciarte esta buena noticia.Te quedarás mudo, sin poder hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, por no haber creído en mis palabras, que se cumplirán a su debido tiempo».). Incluso algunos han creído ver un comportamiento caprichoso de Jesús en el episodio evangélico de la maldición de la higuera.

Respecto del temor de Dios, es un concepto que no solemos asociar con el mensaje cristiano, pero no aparece mencionado tantas veces en el Antiguo Testamento (una búsqueda por palabras en un software bíblico arroja que esa expresión aparece 10 veces en el AT y 4 en el NT), y de hecho el Nuevo Testamento se refiere a él en versos como “Someteos unos a otros en el temor de Dios” (Ef 5,21) y “Entonces Pablo se levantó y, pidiéndoles con la mano que guardaran silencio, dijo: —Escuchen ustedes, israelitas, y también ustedes, los extranjeros que tienen temor de Dios” (Hech 13,16).

Por otro lado, también podemos ver en Antiguo Testamento, que el dios de Israel tiene las características amorosas que encontramos en el nuevo testamento. De hecho, cuando a Jesús le preguntan por mandamiento más importante, él responde citando el Antiguo Testamento para establecer la centralidad del amor en la relación con Dios, y en el libro de los salmos encontramos el 135, que una y otra vez canta la eterna misericordia de Dios.

Es cierto que pocas veces el Antiguo Testamento se refiere a Dios como padre, y cuando lo hace, es a modo de analogía, pero precisamente esa es la novedad del mensaje de Cristo, que nos invita a decir “Abba”.

Todavía alguien podría preguntarse qué sentido puede tener que existan dos alianzas (en su opinión) tan diferentes. Los seguidores de Marción supusieron que esto apuntaba a que había de dos dioses diferentes, uno el de los judíos y otro el Padre de Jesús. Los polemistas anti cristianos, por su parte, suelen usar apelativos como “esquizofrénico”  (literalmente, de mente partida), absurdo, infumable o hablar de un giro radical y un salto al vacío.

Para responder a estos planteamientos, el primer paso es reconocer que la Biblia es una sola historia de salvación y que en su infinita libertad Dios tiene el poder y la autoridad de ordenar la salvación de la forma que a Él mismo le hubiera parecido mejor. Pudo hacerlo de otro modo, pero si quiso escoger primero a un pueblo de entre todos, sacarlo de la barbarie, dotarlo de una identidad nacional y luego llevarlos de la mano a través de sucesivos profetas ¡Hey, ese es Su derecho! ¿Acaso nosotros estamos en mejor posición para decirle cómo se debe salvar a la humanidad?

En segundo término, no es que sea difícil darnos cuenta las razones que pudo haber tenido Dios para obrar de esta forma. El pueblo de Israel debía estar preparado para recibir al Mesías, y eso supone poder afirmar un absoluto monoteísmo, algo que en toda la historia de la humanidad apenas intuyeron algunos filósofos, pero que solo los hebreos llegaron a convertir en una religión. Luego, para evitar que esa idea se diluyera en medio del rampante politeísmo de las naciones vecinas, era útil establecer con ciertos ritos que solo ellos estuvieran dispuestos a cumplir. También ese pueblo debía recibir las profecías que le permitieran reconocer al Mesías cuando llegara, y practicar la liturgia que habría de servir de base y antecedente para los sacramentos de la nueva alianza.

Desde luego, Dios en su omnipotencia, podría haber hecho esto de una sola vez, pero si decidió servirse de la historia y de un proceso lento a lo largo de los siglos, usando los instrumentos imperfectos que le entregaba la humanidad ¡Hey, ese es Su derecho!

Pero la pregunta de Marción persiste: Si ya nos encontramos bajo la Nueva Alianza ¿Qué sentido puede tener conservar el Antiguo Testamento?

Una y otra vez la Iglesia ha rechazado la posibilidad de prescindir del Antiguo Testamento. La mentalidad moderna (al igual que la romana de la antigüedad)  tiende a centrarse en el mínimo necesario, lo que me ponga en el cielo, todo lo demás es superfluo. “Si el Nuevo Testamento es la versión definitiva” decimos “ahórrame el Antiguo Testamento y dame solo lo que me sirve”.

El problema es que esta actitud acaba en una relación retorcida con Dios, como un genio en el cielo que nos concede ciertos deseos y premios si es que nosotros realizamos ciertas acciones. En cambio, Dios busca que lo conozcamos, y entrar en una relación con nosotros. En el Antiguo Testamento, Él nos cuenta una historia, Su historia de amor por nosotros y quiere no solo que aprendamos de ella, sino que la conozcamos tanto como para hacerla nuestra. Porque cuando uno ama, no quiere saber cuáles son los requisitos mínimos que exige su pareja para seguir casados, sino que anhela a saberlo todo de ella.

Ese es el valor permanente del Antiguo Testamento, aun cuando se trate de una revelación parcial y progresiva: iluminado por la revelación definitiva de NSJC en el Nuevo Testamento, se convierte en parte esencial de nuestra historia.

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