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Esclavitud y cristianismo II

OnésimoAlgún tiempo atrás abordábamos el argumento de que el cristianismo había favorecido la esclavitud, la justificó, o al menos no la denunció como inmoral desde sus inicios, sino que habría adoptado una actitud que en término modernos podría calificarse como “colaboracionista”.

Nuestra tesis en esa oportunidad fue que los primeros cristianos solo asumieron la esclavitud como una característica inevitable en el mundo en cual vivían, pero llamaron a humanizar las relaciones a que daba lugar (   como lo vemos en la carta a Filemón v.10), al tiempo que sentaban las bases para, a su debido tiempo, librar a la humanidad de esa lacra que la había acompañado desde los inicios de los tiempos. Así, a poco andar la edad media, nos encontramos con que la esclavitud casi había desaparecido de los nacientes estados cristianos.

Ese artículo dio lugar a una conversación muy interesante, donde abordamos temas como la situación de los esclavos en la antigüedad y si era moralmente exigible en esa época tener o no esclavos. No puedo dejar de mencionar aquí un artículo remitido por un visitante anónimo que reseña las diferentes actitudes de los cristianos hacia la esclavitud a lo largo de la historia, y admitimos también que la respuesta de los cristianos a la realidad dolorosa de la esclavitud ha estado lejos de ser la óptima.

Revisando por segunda vez el tema, quiero proponer un argumento que tal vez explique por qué no se encuentran una condena más enérgica a esta práctica, en los textos canónicos cristianos, y que se refiere, en definitiva, a que tal vez en esa época no existía el concepto de esclavitud como tal, que permitiera identificarla como una realidad inmoral y condenarla en consecuencia.

Consideremos en primer lugar que la idea moderna de esclavo, como un hombre-mercancía, no encuentra una traducción directa a la realidad de la antigüedad, y en su lugar encontramos una multitud de estado serviles con estatutos jurídicos diferentes para cada región. Por su parte, para entender la esclavitud resulta esencial contar con un concepto de “hombre libre” al cual contraponerla, pero tampoco es fácil establecerlo en esa realidad. Por ejemplo, el poder que tenía un rey en esa época se extendía sin mayores cuestionamientos a la vida y propiedades de los súbditos, en una relación que se parece mucho a la que existía entre un amo y su esclavo. Por lo mismo cabe preguntarse hasta qué punto un ciudadano común y corriente de aquellos tiempos era “libre”.

Esta observación puede resultarnos poco habitual, ya que al hablar de “hombre libre” en la antigüedad acude a nuestra mente la imagen del ciudadano en la democracia ateniense, pero recordemos que esa era la realidad de una de las cientos de ciudades-estado, en uno de los pueblos que surgieron en torno al mediterráneo, y no una situación común, o siquiera vista como la más deseable. Incluso entre los propios atenienses la situación del hombre libre era extraordinariamente excepcional, como lo atestigua un censo realizado en la península ática en el S. IV, que arrojó el resultado de 21.000 hombre libres versus 400.000 esclavos.

Así, en las fuentes históricas acerca de Grecia, encontramos menciones a los hilotas de Esparta, los penestes en Tesalia, los metecos, los esclavos libertos y los esclavos por deudas, todos los cuales tenían un estatus jurídico y social diferente, pero ninguno era considerado un hombre libre. Incluso dentro de los mismos grupos que nosotros reconoceríamos como esclavos había condiciones de vida y libertad completamente diferentes, desde los que trabajaban en las minas en las condiciones más terribles, hasta los que servían en las casas y compartían el trabajo codo a codo con sus amos.

Por otro lado, la etimología de nuestra palabra “esclavo” solo se remonta a la edad media tardía, según detalla la Real Academia Española, de modo que no es de sorprender que no se encuentre como tal en las fuentes neo testamentarias.

En su lugar, encontramos en los evangelios múltiples referencias a diferentes “servidores”, la más famosa de ellas en las palabras con que Nuestra Señora respondió al anuncio del ángel, de que sería la madre de NSJC (Lc 1,38)

Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho

Lo que en esta versión se traduce como “servidora” corresponde al latín “ancilla” que significa “criada o esclava” y al griego δούλη (dule) que es la versión femenina de sirviente o esclavo. Considerando que la Virgen María desde un inicio fue vista como el modelo del discípulo cristiano, y que ella misma se puso en la posición de esclava o servidora del Señor, exigirle a los primeros cristianos que condenaran la servidumbre (que hoy llamaríamos esclavitud) como ellos la conocieron en el mundo antiguo, implicaría que de alguna forma la relación entre Dios y María era incorrecta.

Nuevamente encontramos una descripción del vínculo entre Dios y sus siervos en la parábola del trigo y la cizaña usando términos similares, cuando dice en Mateo 13,27:

Fueron entonces los siervos del padre de familia y le dijeron: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo, pues, tiene cizaña?”

En esta parábola, el padre de familia claramente Dios toma el papel del padre de familia, y “los siervos” que somos nosotros, en el griego original son llamados δουλοι (duloi), es decir “esclavos”. De similar forma, cada vez que en una parábola se hace referencia a los servidores, la palabra que está detrás es el equivalente de “esclavo”.

Siendo que una de las características del cristianismo fue inaugurar una nueva ética del servicio, donde los últimos serán los primeros, donde el hijo del hombre ha venido a servir, y el primero debe ser servidor de los otros, sería al menos confuso hacer una condena total de la servidumbre como una condición esencialmente injusta y dolorosa, que debe ser evitada a toda costa

¿Significa esto que el cristiano podría justificar la esclavitud, porque Dios la usa a veces como imagen?

Ciertamente que no. La esclavitud en el sentido moderno, que priva al ser humano de su individualidad y lo reduce al nivel de un animal o cosa, que se usa y desecha, se compra y se vende, es absolutamente contraria a la dignidad que todo ser humano tiene como hijo de Dios y a la imagen y semejanza de Dios con que fue creado.

Puede llamarnos la atención que esta enseñanza, que es tan connatural al cristianismo y encuentra ampliamente respaldada tanto en la Escritura como en la Tradición, no se encuentre expresamente en los evangelios o en las epístolas. Ello, sin embargo, no significa que sea menos cierto, sino que se explica porque en la época en que se escribieron los evangelios no existía el concepto de “esclavitud”, para designar una condición de servidumbre esencialmente abusiva.

Esto debería llevarnos a reflexionar que no basta con decir “no tenemos esclavos”, y quedarnos tranquilos tolerando situaciones que, siendo tanto o más abusivas, técnicamente no caben dentro del concepto de esclavitud. Es parte de nuestra labor como cristianos, no quedarnos en las etiquetas y denunciar los abusos que niegan la dignidad del ser humano, sea que se llamen esclavitud o no.

En la imagen: San Onésimo, esclavo y obispo.

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