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A propósito de Miley Cyrus

DisneyInfoCatólica nos cuenta que la cantante pop juvenil Miley Cyrus visitó privadamente la Basílica de la Sagrada Familia, situación que naturalmente me produjo rechazo en primera instancia, por tratarse de un lugar dedicado a Dios, y atendida la carrera por la que ha optado esta señorita en los años recientes. Los comentarios de la nota, sin embargo, en su mayoría le han deseado que la visita le sirva para reflexionar y dejarse de provocaciones, y en eso creo que tienen toda la razón. Desde luego, por su popularidad, sería imposible que fuera a un lugar público como un turista más, y si una visita privada es la forma en que ella puede acercarse a ese lugar, con la adecuada catequesis, ojalá que lo aproveche.

Pero no es específicamente de Miley Cyrus que quiero contarles, sino aprovechar la ocasión para reflexionar acerca de de los recurrentes casos como el de ella.

La historia es conocida: Disney anuncia una nueva sitcom con un joven y muchacha de encantadora sonrisa y diversos talentos que ellos han “descubierto” y se los presenta a las familias como la nueva estrella juvenil; luego de 3 ó 4 años de la serie en TV, la ahora “estrella Disney” cumple los 18 años y se encuentra con que la burbuja de fama tiende a desaparecer, sus abogados ha demandado a sus padres por problemas de dinero, no tiene amigos y la reconocen en todos lados, así que volver a una vida de escuela y trabajos anónimos no es una posibilidad ¿Qué hacer?

Si nuestra artista juvenil (llámese Miley Cyrus, Britney Spears, Selena Gómez, Miranda Cosgrove, etc.) quiere quedarse en el negocio, y su talento no es mucho, su única opción es cambiar de público, dejar de ser vista como una estrella Disney y pasar a la calidad de estrella adulta. Y para eso, cuentan con el apoyo de productores que se especializan en esa lograr esa transición. No es que hayan descubierto repentinamente su sexualidad y quieran pervertir a la juventud, ni que la fama las haya vuelto locas, ni que sean víctimas de la explotación de una industria que no puede tolerar la inocencia. Simplemente son actores y actrices interpretando el papel que les entregan sus productores, en una decisión que ellas entienden como la mejor para su carrera artística.

Desde luego, esto en nada las excusa por las decisiones que toman y por los escándalos a que dan lugar. Mi punto es que, a estas alturas del juego, las actitudes de estos personajillos no debería sorprendernos. Somos los católicos los que habitualmente soportamos en nuestras familias este tipo de transiciones, que confiamos en productoras como Disney y luego nos escandalizamos con las noticias a que dan lugar. En este mundo que nos tocó vivir ya no podemos ser pasivos sino que tenemos que ser espectadores inteligente, y por eso nuestra reacción a estos episodios no debería ser de escándalo, sino de desprecio hacia la hipocresía de la falsa libertad que dicen representar, pues todos sus movimientos y actitudes están fríamente calculados.

Por otro lado, estas operaciones mediáticas también las usó Mel Gibson para promover La Pasión, cuando su productora inventó que su película no podía encontrar un distribuidor en Francia. Todo una manipulación de la información, para vender más.

Como alguien dijo hace tiempo:

Nada te turbe, nada te espante todo se pasa.

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