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¿Una explicación científica de la fe?

Un lector nos consulta cuál es nuestra opinión acerca de este video:

Michael Shermer, sobre los patrones y la religión

Se trata de una conferencia de Michael Shermer, fundador de la Skeptics Society y editor de la revista Skeptic, donde propone que los seres humanos “básicamente somos primates buscadores de patrones”, que esa capacidad ayudó a nuestros antepasados a sobrevivir en etapas previas de nuestra evolución, que esa ventaja evolutiva resultó en la aparición de un “motor de creencias” en nuestro cerebro, y que sería eso lo que se manifiesta en las supersticiones y lo que explica la persistencia de las religiones.

Curiosamente, para demostrar que los primates son especialmente buenos para encontrar patrones, recurre a ejemplos como los perros de Pavlov, la rata de Skinner o una paloma. Hasta donde yo sé, ni los perros, ni las ratas, ni las palomas son primates, y lo único que demuestran estos ejemplos es que todos los animales tienen la capacidad de encontrar patrones en la naturaleza, y ninguno de ellos es, sin embargo, especialmente religioso.

Shermer señala que, en razón de este “motor” instalado en nuestro cerebro, creer es nuestros estado natural, mientras que el escepticismo y la ciencia es un estado anti natural, es más difícil e incómodo. El siguiente paso en su tesis es notar que además tenemos la tendencia a atribuir intencionalidad a los patrones que encontramos, y estos dos factores explicarían la tendencia a creer en conspiraciones, espíritus, fantasmas, demonios, ángeles, dioses, diseñadores inteligentes y Dios.

¿Qué opino de todo esto?

Que es una teoría interesante, pero claramente insuficiente para explicar el fenómeno religioso como una mera ilusión. Tal como admite Shermer, nuestra capacidad para reconocer patrones no es infalible y a veces nos entrega falsos positivos, pero tampoco significa que siempre los patrones que encontramos sean falsos. Por un lado tenemos verdaderos patrones, como las leyes de la naturaleza y ciertas conspiraciones que realmente ocurrieron, por un lado; y por otro también existen las supersticiones y los sujetos paranoicos. Pero ninguno de estos hechos nos permite saber en qué campo se debe ubicar a la religión, si dentro de los falsos positivos o en los patrones reales.

Más cuestionable es la conclusión que este “motor de creencias” hace que los humanos seamos naturalmente creyentes, y el escepticismo sea la excepción.

De partida, recomendaría a los escépticos desconfiar de aquellas ideas que resultan auto gratificantes. Pensar que de alguna forma se han liberado de las cadenas impuestas por la evolución, que son una especie de mutantes con poderes especiales, primicias de una nueva raza, está bien para las películas, pero no deberíamos contar con ello.

Hay personas naturalmente más confiadas que otras, pero no creo que una opción sea más natural que la otra. Al contrario, si creemos algo no es por algún motor instalado en nuestro cerebro, lo más común es que creemos a ciertas personas por nuestras experiencias previas con ellas. Le creemos a nuestros padres porque los conocemos, y sabemos que nos aman; y a los médicos, porque nuestros padres nos han llevado a ellos cuándo estábamos enfermos y nos sanaron; y a los científicos, porque sus teorías nos permiten contar con aparatos que funcionan; y a los sacerdotes, porque uno de ellos nos acompañó en algún momento difícil, etc.

A veces nos encontramos con personas que no creen en la medicina, en la ciencia o en la religión, pero la explicación para este escepticismo no se encuentra en alguna mutación genética, o una falla en nuestro supuesto “motor de creencias”, sino que en una mala experiencia. Un médico que no supo hacer un buen diagnóstico y nos obligó a una serie de exámenes inútiles; o un sacerdote que no estuvo a la altura de nuestras expectativas.

Es cierto que a veces hacemos cosas “para la suerte”, particularmente cuando sentimos que las posibilidades de éxito se acumulan en contra, pero solo una visión muy parcializada del fenómeno religioso podría reducir toda la liturgia y las oraciones, la caridad y la filosofía a eso.

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