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Profundizando en la primera vía de Santo Tomás

Las famosas cinco vías de Santo Tomás para demostrar la existencia de Dios son habitualmente objeto de conversación en internet, pero rara vez son entendidas en su verdadero contexto y valor. En su libro de introducción a la obra de Santo Tomas, Aquinas (Beginner’s Guide), el conocido filósofo aristotélico tomista Edward Feser advierte:

AquinasLa Suma, debe recordarse, pretendía ser un manual para principiantes en teología que ya eran creyentes cristianos, no un trabajo avanzado de apologética, destinado a convencer escépticos. Las mismas “Cinco Vías”, son apenas breves formulaciones de argumentos que ya eran serían bien conocidos por los lectores de la época de Santo Tomás, y presentados con mayor extensión y precisión en otros lugares.[…]

Arrancadas de su rico contexto, como frecuentemente las encontramos, no es de sorprender que las Cinco Vías hayan sido consideradas por algunos lectores como anticlimáticas o algo peor.

¡Cuanta razón tiene Edward Feser en lo mal entendidas que son las cinco vías de Santo Tomás! Abundan en internet los análisis superficiales, que las malentienden y naturalmente acaban por desecharlas. Yo mismo he cometido el error de intentar defenderlas sin comprenderlas realmente.

A medida que he ido leyendo más a Feser, me he convencido que cada una de las Cinco Vías requeriría al menos de un libro para exponerlas de una forma que les hiciera justicia, y a toda la tradición cultural y filosófica que conllevan. Desde luego, ese trabajo es más propio de un filósofo profesional que de un simple aficionado como yo, pero creo puedo arriesgarme con una entrada de blog dedicada exclusivamente a la primera vía, para intentar explicarla en mayor detalle.

La existencia de Dios puede ser probada de cinco maneras distintas. La primera y más clara es la que se deduce del movimiento. (Suma Teológica Ia c.2 A.3)

El movimiento. Todos entendemos de qué está hablando Santo Tomás ¿verdad? de empujar una roca, tomar un lápiz o conducir un automóvil del trabajo a la casa.

Pues no, no realmente. En un contexto filosófico, más que a cosas que cambian de lugar, se usa la palabra movimiento para englobar todos los tipo de cambios que observamos en la realidad. Así, cuando Santo Tomás habla de movimiento, debemos pensar en la fruta que se pudre, en los animales que crecen, en la arcilla que se convierte en un vaso y en el martillo que los quiebra, antes que en carros o en planetas que orbitan el sol. Esos también son cambios, pero el movimiento de lugar es solo una forma de los cambios que tiene en mente este argumento.

Y al hablar de cambios, Santo Tomás también lo hace en un contexto bien específico, y es que el cambio se encuentra entre los primeros problemas de los que se ocupó la filosofía.

Parménides de Elea, en el S. VI AC, sostuvo que nuestros sentidos nos engañaban al mostrarnos que había cambios en la realidad, pues el cambio era imposible, como lo demostraba claramente la razón. Este filósofo explicaba que admitir el cambio implica que algo pase de no ser a ser, y desde luego eso iría contra el principio lógico que nos dice que “de la nada, nada deviene”. Luego, el cambio, el paso de ser a no ser que percibimos por nuestros sentidos, es imposible porque contradice a la razón.

Con esto en mente, no nos sorprende que el discípulo de Parménides, Zenón de Elea, haya negado el movimiento a través de la famosa paradoja del Aquiles y la Tortuga.

En este sentido, Parménides es el primer racionalista, en cuanto sostiene que, puestos a elegir entre lo que nos indica la razón y la evidencia de los sentidos, es más seguro y debemos preferir la primera; porque es sabido que los sentidos pueden engañarnos, en tanto que la razón es mucho más confiable.

A esta forma de racionalismo, Aristóteles responde con realismo. Admitiendo los mismos principios de la razón que invoca Parménides, esta el Filósofo sostiene que el cambio es real (de ahí el nombre de su postura), pero para no contradecir los dictados de la razón indica que es necesario que admitir una realidad intermedia entre el ser y el no ser: el ser en potencia, al que pertenecen las cosas que no existen de la misma forma que el ser, pero al mismo tiempo se presentan a la razón como una posibilidad, y así no son absolutamente imposibles y opuestos al ser, como ocurre con el no ser.

Los modernos tendemos a pensar en estos seres potenciales como meras ideas, algo que nos representamos mediante nuestra experiencia y la razón, pero que no tiene existencia alguna fuera de nuestra mente. El realismo, en cambio, debe admitir que el ser en potencia no existe sólo en la mente sino que está enraizado en los seres actuales, pues de otro modo Parménides tendría razón y el cambio sería meramente una ilusión.

A partir de este punto, la filosofía aristotélica construye una monumental teoría física y metafísica, basada en la distinción entre seres en acto (las cosas que son) y seres en potencia (las cosas que pueden ser) y como una cosa puede cambiar, es decir, pasar de estar en potencia a estar en acto.

Y toda esa teoría es la que debemos mantener en mente cuando leemos en la Suma Teológica que “La existencia de Dios puede ser probada de cinco maneras distintas. La primera y más clara es la que se deduce del movimiento”

En ese contexto es que surge el primer paso del argumento:

Pues es cierto, y lo perciben los sentidos,en este mundo hay movimiento. Y todo lo que se mueve es movido por otro.

Con la primera frase, Santo Tomás rechaza la teoría de Parménides directamente, apelando a la evidencia de los sentidos, y rechaza el racionalismo extremo de Parménides, con la vieja fórmula, atribuida a Diógenes el Cínico, que “el movimiento es demuestra andando”.

A continuación, Santo Tomás dedica unas líneas a una breve explicación de la teoría de acto y la potencia, utilizando el ejemplo del fuego que calienta la madera, y actualiza la potencia de la madera para calentarse. Algunos han objetado que existen procesos químicos, desconocidos en el S. XIII, capaces de encender la madera sin necesidad de aplicar fuego, pero “quedarse pegado” en ese tipo de consideraciones es inconducente: Aquí se trata de entregar un ejemplo simple acerca de cómo es posible el cambio, que no se invalida porque haya otros casos más complejos del mismo cambio.

Contra la premisa que “todo lo que se mueve es movido por otro”, los contemporáneos del Aquinate objetaban con el evidente ejemplo de los animales, que están dotados de la capacidad de moverse a sí mismos. Tanto así, que aún hoy en día los abogados aprenden acerca de los bienes semovientes (de evidente etimología), para referirse a los animales que integran el patrimonio de una persona.

A esta objeción, los realistas (llamados así por su adhesión a la escuela de Aristóteles, no a ningún rey) respondían que la excepción a la premisa en discusión era solamente aparente, pues son las patas del animal las que mueven el cuerpo, y las patas a su vez son movidas por los músculos, y los músculos por las órdenes del cerebro, y el cerebro por la sinapsis de las neuronas, y así sucesivamente, con lo que se mantiene la validez del principio.

Pero la seguridad con que decimos “todo lo que se mueve es movido por otro” no depende de lo que podamos observar o no, sino de la demostración de que, en definitiva, la alternativa es absurda. En efecto, decir que una cosa se mueve a sí misma, si lo analizamos a la luz del ser en acto y en potencia, equivale a decir que una cosa está a la vez en acto y en potencia, lo cual implica una contradicción de términos, porque, como hemos visto, cambiar implica que algo deja de estar en potencia para existir en acto.

Actualmente se suele objetar a esta premisa con el movimiento que observamos en los cuerpos astronómicos, producidos, por ejemplo, por la fuerza de gravedad, donde no existe un cuerpo que empuja a otro, sino que ejercen su efecto a través del vacío del espacio. Nuestra respuesta es que la premisa no es “todo lo que se mueve es empujado por otro” y para estos efectos la fuerza de gravedad es la que imprime su movimiento al cuerpo. Los mecanismo a través de lo cuales eso ocurre todavía son un misterio, pero nuestra ignorancia al respecto no basta para invalidar la premisa.

Luego viene el paso contra el que se levantan la mayoría de las objeciones: negar la regresión infinita.

Este proceder no se puede llevar indefinidamente, porque no se llegaría al primero que mueve, y así no habría motor alguno pues los motores intermedios no mueven más que por ser movidos por el primer motor.

Puede parecer arbitrario el descartar sin más la posibilidad de una regresión infinita, cuando al menos ambas opciones pueden tener la misma posibilidad de ser reales, pero si pensamos con detención en lo que hemos dicho hasta ahora, veremos que, lejos de ser arbitrario, es la única opción lógica.

Si es verdad que todo lo que se mueve es movido por otro, (o en términos técnicos, todo cambio es la actualización de una potencia, por otro que se encuentra en acto), es evidente que ningún ser que se mueve tiene en sí la razón de ese movimiento (nadie se mueve a sí mismo), sino que todos recibieron de otro el movimiento.

Pero cuando uno trata de imaginar cómo puede extenderse ese patrón infinitamente, nos damos cuenta cuenta que si todos los seres no hacen más que entregar lo que recibieron, pero no hay nadie que lo inicie, los movimientos o cambios que percibimos en la realidad simplemente se queda sin explicación alguna, y resurge el fantasma de Parménides, de un mundo donde todo cambio es irracional e ilusorio.

A modo de ilustración, podemos pensar en un tren, donde los carros se mueven tirando unos de otros: por muy infinito que el tren, si todos son carros y no hay locomotora, ninguno se va a mover; y si constatamos que se mueve, de nada nos sirve especular que el tren sea más o menos largo, infinito incluso, la única explicación posible de ese movimiento será que existe una locomotora.

Así, vemos que la regresión infinita no explica la observación inicial del argumento (“en este mundo hay movimiento”), con lo que la única explicación disponible es precisamente la conclusión a la que llega Santo Tomás:

Por lo tanto, es necesario llegar a aquel primer motor al que nadie mueve. En éste, todos reconocen a Dios.

Este primer motor debe ser inmóvil, porque si se moviera caería dentro de la categoría de seres que se mueven, y en esa calidad deberíamos reconocer que es movido por otro, y desde ese momento.

Naturalmente, surge la objeción acerca de cómo es posible que el primer motor mueva a los demás seres, si él mismo no está en movimiento; y para responderla volvemos a nuestra teoría del acto y la potencia, y decimos que, para que un motor mueva a otro no es necesario que él mismo se mueva (que pase de la potencia al acto), solamente es necesario que esté o exista en acto. En este sentido el tomismo no duda en indicar que Dios es acto puro, sin potencialidad alguna, lo que es otra forma de expresar la perfección de Dios.

La otra objeción que se suele levantar apunta a que identificar al primer motor con el dios cristiano es igualmente arbitrario.

Ya vimos que el ser, el motor inmóvil al que arriba este argumento tiene el derecho de reclamar para sí, además de la existencia, el atributo de la perfección, que según la tradición cristiana sólo corresponde a Dios. También es claro que este motor no puede ser el universo, porque el universo está en movimiento, de modo que sería absurdo llamarlo “motor inmóvil”.

Finalmente, respecto a la posibilidad de que este motor inmóvil tenga otros atributos diferentes al dios cristiano, que no sea espiritual sino corporal, que no sea omnisciente, omnipotente, trascendente, eterno, etc., todos ellos se tratan en otras partes de la Suma Teológica.

Agradezco a los que pudieron leer hasta el final esta larga entrada, y les reitero que son bienvenidos los comentarios y las correcciones.También aprovecho la ocasión para recomendar encarecidamente el libro de Edward Feser sobre Santo Tomás, a todos quienes tengan interés en la obra de este gran filósofo y quieran profundizar más allá de las caricaturas

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Categorías:Religión
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