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Sobre la historicidad de los evangelios (Parte II)

SacredPageEn la primera parte, decíamos que buena parte de los cuestionamientos a los evangelios (cuya historicidad la Iglesia afirma sin vacilar) provienen de un escepticismo irracional y selectivo hacia ellos, producto de su importancia religiosa, y que nadie aplica a ninguna otra fuente histórica.

Pero ¿Es posible que su contenido haya sido alterado por copistas posteriores?

Decíamos que el papiro, el soporte en que se escribieron los primeros textos cristianos, es un material extremadamente frágil, se deteriora rápidamente en un ambiente húmedo y se vuelve quebradizo en uno seco. Esto hacía que, si se quería conservar el contenido de los evangelios, era indispensable copiarlos íntegramente a intervalos de tiempo regulares, y por eso no debe sorprendernos que nadie tenga hoy un papiro ológrafo de San Mateo o San Marcos.

El proceso de copiado y expansión

Si esos textos se hubieran guardado en una bóveda y sacado cada cierto tiempo para copiarlos, sería muy alta la posibilidad de introducir en ellos alteraciones o modificaciones, e incluso los custodios de tan grande tesoro se podrían haber sentido tentados de poner palabras en los labios de NSJC, o agregar episodios para sustentar sus propias opiniones.

Pero no fue eso lo que ocurrió.

Siendo coherentes con la tradición judía, la lectura de los textos sagrados formaba parte esencial de la liturgia semanal de todas las comunidades cristianas. Así lo atestigua San Justino Mártir, que a mediados del S. II escribió una carta al emperador para explicarle qué hacía la secta de los cristianos en sus reuniones, y ahí pone:

El día que se llama día del sol tiene lugar la reunión en un mismo sitio de todos los que habitan en la ciudad o en el campo. Se leen las memorias de los Apóstoles y los escritos de los Profetas. Cuando el lector ha terminado, el que preside toma la palabra para incitar y exhortar a la imitación de tan bellas cosas.

Esto implica que cada comunidad nueva cristiana debía tener una copia de “las memorias de los apóstoles” (seguramente un par de los evangelios y las cartas más populares de San Pablo), y dada la velocidad con la que se extendió el evangelio por todo el mediterráneo, eso implica cientos de copias de los textos circulando de un lugar a otro.

¿Cómo es esto relevante para la autenticidad de los evangelios?

Cada vez que se copiaba un evangelio y se enviaba a una ciudad lejana, se estaba dejando un testimonio del estado del texto hasta ese momento. Si después alguien quisiera introducir un cambio en su contenido, no sólo tendría que alterar la copia que tenía en sus manos, sino que además debía viajar hasta la otra ciudad, presentarse ante la Iglesia y pedirles autorización para acceder a sus textos sagrados y ahí proceder a alterarlo. Más aún, si se habían hechos otras copias entre la época en que el evangelio llegó a una ciudad, y aquella en que se intentaba introducir el cambio, nuestro falsificador tendría que rastrear todas esas otras copias previas e introducir la modificación que apoyara su ideología favorita.

Si esta situación la multiplicamos por la cantidad de copias de textos evangélicos en circulación y los diferentes textos involucrados, se hace evidente que introducir una alteración relevante en los evangelios sería una tarea monumental, y que nadie aparte del emperador podría haber abordado. Por su parte, la Iglesia de los primeros tres siglos estaba demasiado ocupada fabricando mártires como para asumirla, en cualquier sentido que sea.

En este sentido, el cristianismo nunca tuvo un episodio como la Recensión de Uthman, Califa Otomano que 20 años después de la muerte de Mahoma, mandó editar una versión definitiva del Corán, y destruir todas las otras copias que circulaban.

Ahora bien, es cierto que el proceso de copiado no es perfecto. Un escriba podía malinterpretar un signo o introducir su propia explicación a alguna de las palabras de NSJC, y ese error luego sería propagado en todas las copias que se hicieran a partir de su trabajo. Pero junto con esa “línea” de copias alteradas, subsistían todas las otras copias que se habían tomado del texto original y sus líneas posteriores, de modo que hoy es perfectamente posible comparar los diferentes textos y verificar cuál era la lectura más probable del original. Esto, junto con su datación de los documentos, permiten tener una alta seguridad respecto a que el contenido de los evangelios que leemos hoy coincide en lo sustancial con los que leía la Iglesia primitiva.

¿Cuatro evangelios?

Puede que estemos acostumbrados a tener cuatro evangelios diferentes, cada uno relatando hechos y enseñanzas de NSJC que en parte coinciden, pero también difieren en muchas otras ¿Han pensado lo que eso significa desde un punto de vista histórico?

Las teorías de la falsificación de los evangelios están llenas de “copistas posteriores” dotados del sorprendente poder de alterar a la vez todas las copias existentes de un texto, sin importar lo alejadas que estén unas de otras. Pero además, son extraordinariamente impotentes e inconsistentes para ponerse de acuerdo en una sola versión de los hechos, que es lo mínimo que uno esperaría de un buen conspirador.

Y no crean que no se ha intentado. El primer hereje que consigna la historia de la Iglesia fue Marción, y una de sus grandes innovaciones fue deshacerse de todo el antiguo testamento, y conservar del Nuevo sólo las cartas de San Pablo y el evangelio de San Lucas, por ser cercano de su apóstol favorita, con algunas interpolaciones. Ese es un conspirador razonable, con una sola historia que defender.

La Iglesia, en cambio, reconoce que los cuatro evangelios provienen de los Apóstoles o de sus asociados (Marcos a Pedro, y Lucas a Pablo), y que no cuenta con la autoridad para “enmendarles la plana”. Al contrario, ella entiendo que solamente le corresponde custodiar fielmente lo recibido de ellos, cada uno enriqueciendo a los otros.

Tener cuatro versiones del mismo evangelio ha provocado problemas desde el principio. Por ejemplo, ya resulta cómico ver a algunos escépticos que piensan ser los primeros en notar que las genealogías en San Mateo y en San Lucas no repiten los mismos nombres, como si nadie en antes hubiera reparado en ello. ¿Qué costaría eliminar una o las dos? Ciertamente no se perdería ningún milagro ni doctrina. Pero la Iglesia no puede hacer eso, nunca tuvo la autoridad para hacerlo, ni el poder de rastrear y alterar todas las copias.

En este mismo sentido, de lo difícil que resulta pensar en una manipulación posterior, no podemos dejar de mencionar los numerosos textos con los que se suelen criticar las doctrinas católicas, y que uno esperaría que los espectrales “copistas cristianos” se hubieran moelstado  en eliminar.

Me refiero a que, por todas la referencias a la virginidad de Nuestra Señora que se supone interpoladas ¿No les extraña que nunca se hayan removido las referencias a los hermanos de Jesús? O si alguien agregó párrafos enteros a San Mateo, para imponer una Iglesia  jerárquica (Mt 16,18), supuestamente ajena al mensaje original ¿No sería esperable que hubiera eliminado también la negación de San Pedro (Mt 26, 70)? O si San Juan estaba empeñado en hacer de Jesús una divinidad ¿Por qué le haría decir “el Padre es mayor que Yo” (Jn 14, 28)?

Nadie ha echo estos cambios (que ciertamente parecerían necesarios), ni tampoco otros.

Textos cristianos paralelos

Tampoco debemos olvidar que los primeros cristianos no se dedicaron sólo a copias los evangelios, sino que de inmediato ellos mismos comenzaron a poner por escrito sus propias reflexiones sobre el nuevo mensaje que iba expandiendo la Iglesia, dando lugar al enorme cuerpo literario de los Padres Apostólicos, que precedieron a los Padres de la Iglesia. Y en estas obras, ellos citaban en sus obras los mismos evangelios que leemos nosotros hoy en día, y como no tenían capítulo y versículo (estos se introdujeron en el S. VII), hacían referencia al texto mismo.

Por ejemplo, la Didajé, reconocida como un texto didáctico cristiano del año 70, comenzaba:

Hay dos caminos, el de la vida y el de la muerte, y grande es la diferencia que hay entre estos dos caminos. El camino de la vida es éste: «Amarás en primer lugar a Dios que te ha creado, y en segundo lugar a tu prójimo como a ti mismo. Todo lo que no quieres que se haga contigo, no lo hagas tú a otro.» Tal es la enseñanza de este discurso: «Bendecid a los que os maldicen y rogad por vuestros enemigos, y ayunad por los que os persiguen. Porque ¿qué gracia hay en que améis a los que os aman? ¿No hacen esto también los gentiles? Vosotros amad a los que os odian, y no tengáis enemigo.»

En apenas un párrafo ya tenemos repetidos varias de las ideas de los evangelios, que atestiguan que el mensaje cristiano era el que se contiene en ellos y no otro.

Si hubiera algún texto que dijera “Tengan esto presente, y recuerden cuando Jesús fue a Atenas y maldijo a los ídolos”, tendríamos base para sospechar alguna eliminación importante de los evangelios, pero no hay nada de eso.

Evidencia interna

A pesar de que los estudios críticos de la Biblia se remontan ya a más de un siglo, y que habitualmente se publican nuevas teorías que amenazan con “estremecer el cristianismo hasta sus cimientos”, todavía nadie a producido una bala de plata para acabar con el testimonio histórico de los evangelios.

Al contrario, cada vez más se establece que ellos describen lugares y personas cuya existencia está confirmada por otras fuentes, y lo hacen correctamente, y no sólo respecto de grandes personajes, cuya identidad sería fácil de averiguar por otros medios, sino también respecto de figuras mas oscuras como Poncio Pilatos, y ubicándolo con el título correcto de prefecto en Jerusalén.

Pero todavía hay otras evidencias internas más sofisticadas. Por ejemplo, Jimmy Akin nos cuenta de las investigaciones acerca de los nombres más comunes en Palestina en la época de NSJC, construida a partir de las inscripciones en osarios y las obras de Josefo. Esta es la lista:

  1. Simon/Simeon
  2. Joseph/Joses
  3. Eleazar/Lazarus
  4. Judah/Judas
  5. John
  6. Joshua/Jesus

Luego, haciendo el mismo análisis en lo evangelios y el libro de los hechos, el estudio obtiene el siguiente resultado:

  1. Simon/Simeon
  2. Joseph/Joses
  3. John (tie)
  4. Jude/Judas (tie)
  5. James (tie)
  6. Herod

Juan, Judas y Santiago están empatados en el tercer lugar, pero la similitud entre ambas listas son evidentes. Habitualmente se menciona que los evangelios podrían haber sido escritos por judíos de la diáspora, que vivían en territorios dominados por la cultura griega, pero esta es la lista de nombre habituales en esas comunidades:

  1. Eleazar/Lazarus
  2. Sabbatius
  3. Joseph
  4. Dositheus
  5. Pappus
  6. Ptolemaius

La conclusión es que quien escribió los evangelios y el libro de los Hechos de los Apóstoles, no pretendía escribir para una audiencia de judíos helenizados, sino que tenía un contacto directo con la realidad cotidiana de la Palestina del S. I.

Ejemplos como estos, de detalles culturales, arqueológicos e históricos que confirman los evangelios como relatos confeccionados por testigos presenciales de los hechos, están surgiendo constantemente en los estudios bíblicos y nos confirman independientemente la veracidad de los evangelios.

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