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Sobre la historicidad de los evangelios (parte I)

EvangelistasEn general, no veo mucho provecho en conversar con ateos y agnósticos acerca de los evangelios, porque es evidente a cualquiera que estos documentos relatan hechos milagrosos, lo que significa que en cualquier momento te pueden decir “¿Ah sí? Puede que tengas razón, pero de todas formas los evangelios no son confiables, porque los milagros no ocurren”.

Con todo, hay veces en que el alegre desparpajo con que los escépticos dan por ciertas sus temerarias afirmaciones, pueden hacer dudar a los creyentes acerca de la solidez de los fundamentos de la doctrina cristiana. En ese caso, conviene refutarlos, no para convencerlos, que no es el punto, como ya se ha dicho; sino para que el creyente no tenga la impresión que la enseñanza recibida es incierta o que se basa meramente en una fe ciega.

Tratándose de los evangelios, la Constitución apostólica Dei Verbum afirma

19. La Santa Madre Iglesia firme y constantemente ha creído y cree que los cuatro referidos Evangelios, cuya historicidad afirma sin vacilar, comunican fielmente lo que Jesús Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó realmente para la salvación de ellos, hasta el día que fue levantado al cielo. [la cursiva es nuestra]

Sin embargo, la historicidad de los evangelios exige ciertas precisiones, que a continuación hace la Dei Verbum:

Los autores sagrados escribieron los cuatro Evangelios escogiendo algunas cosas de las muchas que ya se trasmitían de palabra o por escrito, sintetizando otras, o explicándolas atendiendo a la condición de las Iglesias, reteniendo por fin la forma de proclamación de manera que siempre nos comunicaban la verdad sincera acerca de Jesús

Dicho de otro modo, se relatan eventos verdaderos, pero al mero registro de hechos que podría hacer un cronista, se antepone el fin didáctico de la proclamación evangélica.

La primera línea de cuestionamientos proviene de la escuela histórico crítica, que somete todos los pasajes del evangelio a un escepticismo devastador y ridículo, que se podría expresar de la siguiente forma: no puedo tener por cierto nada de lo contenido en los evangelios y todo pasaje , a menos que esté confirmado por una fuente ajena e independiente, se atribuye a la oscura intervención de un copista posterior.

Esta actitud es ridícula, porque no es propia de un enfoque histórico, sino de un polémico anti cristiano. La historia, como disciplina, trabaja en base a los documentos de otra época con los que cuenta, y si bien no tiene por qué creer todo lo que aparece en ellos, al menos debe tener una buena razón para desconfiar de lo que se cuenta. Por ejemplo, la obra “Vidas de los doce Césares” está llena de anécdotas de los emperadores romanos, y si bien se sospecha que Suetonio perjudicó a aquellos emperadores que no eran favorables a su partido, ello no es motivo suficiente para descartar todo el texto como falso y privarnos de una fuente excelente que nos aporta datos directos acerca de la época que relata.

Por otro lado, tal prejuicio ni siquiera denota un acercamiento científico al objeto de estudio, porque va contra la parsimonia, que nos obliga a preferir una explicación más simple por sobre otra innecesariamente complicada. En efecto, para mantener su principio de que los evangelios no son confiables, esta crítica quiere que rechacemos la posibilidad más simple -de un texto escrito por una sola persona que da cuenta de hechos que presenció-, y a cambio nos ofrece una serie de autores posteriores completamente inventados, oscuros e indeterminados, y sus múltiples intervenciones sobre el texto.

Al contrario, la realidad es más sencilla: Una vez que tenemos en cuenta la finalidad catequético en el orden y énfasis del relato de los evangelios, es perfectamente posible afirmar la realidad histórica que subyace a los eventos que se describen. El hecho que los evangelios cuenten milagros en nada disminuye su credibilidad, a menos que desde antes se haya decidido que los milagros no son posibles, pero eso es otra discusión

El siguiente argumento apunta a ampliar la distancia que existe entre los hechos relatados y el tiempo en que fueron escritos, incluso señalando que lo único que nos puede dar certeza acerca de esta última fecha es el primer papiro que nosotros tengamos a nuestra disposición, y que podamos identificar con alguno de los evangelios. Así, si el papiro más antiguo con que se cuenta es un fragmento del evangelio de San Juan, datado en el año 150, pues simplemente se afirma que el evangelio de San Juan no se escribió hasta el año 150.

Esta crítica está íntimamente relacionada a la anterior, pues una composición tardía de los textos evangélicos implica que hubo un periodo más prolongado entre los hechos y la redacción definitiva que conocemos hoy, lo que abre un amplio margen para que se introduzcan alteraciones, interpolaciones e interpretaciones que no se encontraban en la predicación de Jesús y sus apóstoles.

Nuevamente, esta actitud denota un exagerado escepticismo, que no se aplica en ningún otro ámbito de los estudios históricos. Puede parecer que un manuscrito del año 150 para el evangelio de San Juan es un registro tardío, más de 100 años después de ocurridos los eventos que relata, pero esa apreciación cambia cuando comparamos los papiros de los evangelios con otras obras de la antigüedad. Así, por ejemplo, el papiro más antiguo que se conserva de “Vidas de los doce Césares”, que mencionábamos, está fechado en el año 950, es decir casi 800 años después de que fue escrita la obra.

A esto se suma que el papiro, el soporte en que se escribieron los primeros textos cristianos, es extremadamente frágil, se deteriora rápidamente en un ambiente húmedo y se vuelve quebradizo en uno seco. Si a eso sumamos las terribles persecuciones que soportaron los primeros cristianos a manos del Imperio Romano por varios siglos, no es de sorprender que el “registro fósil” de los primeros manuscritos sea extremadamente fragmentario, sin que ello implique de ninguna forma que los textos mismos sean tardíos.

Bueno pero ¿Hay razones para atribuir una fecha temprana a los evangelios (cerrando así la posibilidad de interpolaciones y alteraciones)? Daniel Iglesias nos ha ofrecido un invaluable resumen del estudio de esta cuestión, en su serie de posts titulada El nacimiento de los evangelios sinópticos, que recomiendo ampliamente, pero si no tienen tiempo de leerla completa puede acudir a la entrada final de la serie, donde resume los principales argumentos de una datación temprana, que podríamos llamar “internos”, porque miran a la forma como se expresan los propios evangelios.

Personalmente, un razonamiento sencillo y que me parece extremadamente es el que observa que los Hechos de los Apóstoles sigue paso a paso la labor misionera de San Pablo, con lujo de detalles en sus múltiples viajes, hasta que llega a Roma y entonces el relato termina abruptamente con:

30 Pablo vivió dos años enteros por sus propios medios, recibiendo a todos los que querían verlo, 31 proclamando el Reino de Dios, y enseñando con toda libertad y sin encontrar ningún obstáculo, lo concerniente al Señor Jesucristo.

Lo llamativo de esta conclusión que nada se diga de su muerte, que ocurrió precisamente en Roma cerca del año 60, lo que era perfectamente esperable, sobre todo considerando la importancia de este apóstol para los primeros cristianos. Nada, ni siquiera una nota de algún escriba posterior que diga “Hey, y por si acaso, a Pablo lo decapitaron los romanos al poco tiempo después”. De esto es razonable deducir que el libro de Los Hechos de los Apóstoles adquirió la forma que conocemos hoy antes de la muerte de San Pablo, ocurrida a inicios de la década del ‘60.

Ahora bien, si esto es verdad y sabemos que Los Hechos de los Apóstoles es una especie de secuela del evangelio según San Lucas, ya podemos decir con certeza que al menos un evangelio estaba escrito antes de la muerte de San Pablo. Pero luego, recordamos que todos los especialistas en el área están de acuerdo en que San Lucas, para componer su evangelio, tomó material de los evangelios de San Marcos y San Mateo, y esto nos permite concluir que buena parte del nuevo testamento ya se había escrito para el año 60, apenas 30 años después del ministerio de NSJC en tierra santa.

No se acaban aquí las razones para confiar en la información histórica que nos entregan los evangelios canónicos, pero esperamos abordarlas en otra entrada futura. Hasta entonces.

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