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Un visitante comenta…

Yo soy homosexual, no llego en edad ni a los veinte y no entiendo mucho de política, pero con derechos civiles o no, amo a mi pareja, de una forma que de seguro muchos de ustedes se pueden identificar con sus parejas heterosexuales, por que eso es tan malo?, es realmente el cuerpo en el que venimos empacados mas importante que nuestras almas?

Por favor, paren esto, su mismo dios, que alguna vez fue mío pero ahora me rechaza, nos dijo que nos amaramos los unos a los otros. [fuente]

Primero que nada, darte esperanza, porque nuestro Dios, el único Dios, no rechaza a nadie que acuda a Él con un corazón sincero y arrepentido. Como dice el salmista “Den gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna Su misericordia” (salmo 118). Podemos conversar acerca de qué debemos arrepentirnos, pero no es el error en nuestra opinión lo que puede condenarnos, sino la soberbia de decir a Dios “esto es más importante para mí que Tú”.

Segundo, manifestarte mi preocupación por la condición que describes, porque sin haber cumplido 20 años ya te identificas como homosexual. Es cierto que muchos que asumen esa condición pueden encontrar sus primeras trazas desde la más tierna infancia, pero a la edad que mencionas el desarrollo psicosexual está muy lejos de encontrarse concluido. De hecho, hay muchos heterosexuales, que tuvieron que lidiar con esa tentación en su juventud y eso en nada afecta su condición definitiva en este ámbito. Por tu edad te invitaría a no considerar esa identidad como un “trato cerrado”.

En tercer lugar, y lo que me motiva a responder especialmente tu comentario, es que planteas el tema del amor, y qué significa para nosotros, los cristianos, en el contexto de un debate donde puede parecer que los seguidores de Cristo están lejos de tomar la posición más cercana al ese amor.

Para hablar de amor en un contexto cristiano, el mejor punto de partida es la primera encíclica de Benedicto XVI, Deus Caritas Est, donde el Papa parte por enseñarnos acerca de los conceptos de eros, philia y agapé, que en nuestro idioma se ha reunidos todos bajo el alero de la palabra “amor”, y sus similitudes y diferencias, para luego señalar:

el Antiguo Testamento griego usa sólo dos veces la palabra eros, mientras que el Nuevo Testamento nunca la emplea: de los tres términos griegos relativos al amor —eros, philia(amor de amistad) y agapé—, los escritos neotestamentarios prefieren este último, que en el lenguaje griego estaba dejado de lado. El amor de amistad (philia), a su vez, es aceptado y profundizado en el Evangelio de Juan para expresar la relación entre Jesús y sus discípulos. Este relegar la palabra eros, junto con la nueva concepción del amor que se expresa con la palabra agapé, denota sin duda algo esencial en la novedad del cristianismo, precisamente en su modo de entender el amor.

Esto es relevante para nuestra conversación, porque dices “amo a mi pareja, de una forma que de seguro muchos de ustedes se pueden identificar con sus parejas heterosexuales”, y hasta cierto punto puedes tener razón, en tanto hablamos del eros, como el amor que existe un hombre y una mujer. Benedicto emplea buena parte del inicio de la Encíclica demostrando que el cristianismo también comprende esta faz del amor, y que incluso el eros nos acerca a Dios, cuando forma parte del desarrollo armónico de una persona humana.

Sin embargo, existe y ha existido siempre el peligro de divinizar el eros y convertirlo en la piedra fundamental del concepto de amor, del cual philia y agapé no serían más que simples máscaras. Tal es el caso de Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, que reducía toda la naturaleza humana a dos instintos básicos, eros y thanatos.

El cristianismo, en cambio, propone que “eros” no es más que el primer paso, y que el amor al que nos invita NSJC, en el sentido de agapé o caridad, complementa y a la vez supera el mero instinto reproductivo.

Cuando dices “su mismo dios […] nos dijo que nos amaramos los unos a los otros” estás citando el evangelio de NSJC según San Juan, en el capítulo 15:

17 Esto os mando: Que os améis unos a otros.

Y la palabra que emplea el original griego para “améis” en este verso es agapate, haciendo referencia al amor de caridad al que se refiere el Papa.

Con esto quiero decir que al hablar de amor entre cristianos, podemos hablar de sexualidad y y de camaradería, pero el mandamiento que hemos recibido encuentra su expresión fundamental en el amor de sacrificio y auto entrega.

Para despejar cualquier duda que pudiéramos tener al respecto, basta con mirar al ejemplo de NSJC. Él asistió a las bodas de Caná y bendijo el matrimonio de sus amigos, y con ello su amor erótico, no sólo con su presencia, sino especialmente con su primer milagro público, convirtiendo el agua en vino. También construyó una comunidad en torno suyo, y quiso que se vincularan entre sí en el amor de amistad y camaradería. Pero cuando tuvo que enseñar acerca del mayor amor, dijo que éste era dar la vida por los amigos y, como el maestro perfecto que es, no tardó en demostrar su enseñanza con el ejemplo, cuando Él mismo entregó su vida por nosotros, sus amigos.

Así que cuando un cristiano habla de amor, en primer lugar se está refiriendo a la entrega por otro y el auto sacrificio.

Y conviene recordar esto, porque de otro modo “amor” se convierte en una palabra vacía, que se puede usar para el bien, como cuando un esposo regala flores a su esposa, o para el mal, si realiza el mismo gesto con otra mujer. Si alguien le advirtiera a este hombre acerca del mal que conlleva su adulterio, ¿No se ampararía él en este concepto superficial de amor, para replicar que lo justifica el amor que siente hacia su amante y que el adulterio no es pecado? Ciertamente que tal situación no sería aceptable.

Luego, a nadie debería extrañar que la Iglesia se oponga a ciertas relaciones que ante el mundo podrían calificarse de amorosas (pienso en los adulterios entre los actores de Hollywood o la realeza europea), cuando en verdad lo que hacen es distorsionar nuestra imagen del verdadero amor, que es la roca fundamental del mensaje de NSJC.

Todo esto nos lleva a la cuestión fundamental de tu comentario: ¿Es tan malo el amor entre dos hombres? Cuando se trata de amor de entrega y de camaradería, claro que no, ni es malo este tipo de amor entre un hombre y una mujer, ni entre muchos hombres y muchas mujeres. En cambio, cuando se trata de amor erótico, ese que implica usar las capacidades reproductivas del cuerpo, sí nos oponemos, porque esas expresiones están reservadas para el matrimonio, de acuerdo al sexto mandamiento de la ley de Moisés, que NSJC no hizo más que ratificar.

De ningún modo esto implica negar o cuestionar los derechos y la dignidad que las personas homosexuales tienen, en su calidad de seres humanos e hijos de Dios. En cambio, sí negamos que el sólo hecho de mantener relaciones sexuales o sentirse enamorados otorgue derechos, pues en ese caso estaríamos ante el absurdo de tener que reconocer a las parejas adúlteras una dignidad análoga al matrimonio.

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