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¿De qué sirve casarse?

casarse ¿Para qué sirve el matrimonio? Esta es la pregunta que se hace la joven pareja que probablemente vive junta hace algún tiempo ya, no tienen el dinero para organizar la boda que ella siempre ha soñado, y él no ve en todo eso más que una tradición, que puede estar bien para los viejos, pero no para uno. Hasta los padres dicen “¿Acaso no es suficiente con que se amen? Y si luego la cosa no funciona y se separan, pues hay un trámite menos que hacer.”

Se suele decir que el matrimonio es bueno para la salud, que los casados viven más años, y ciertamente que los beneficios estatales pueden tener algún valor eventualmente. Pero considerando lo que ofrece la soltería, todo eso no parece compensar, y más bien suenan a razones superficiales.

Yo mismo me casé sin tener clara la respuesta a esta pregunta. Habiendo recibido el sacramento de la Confirmación a los 25 años, vivir en concubinato no era una opción para mi (en ese tiempo) novia y yo, pero todavía no tenía claro por qué se le daba tanta importancia a esto de estar casados, o si era algo más que una obligación religiosa.

A lo largo de estos trece años, he descubierto que existen excelentes motivos para haberme casado, y como me habría encantado conocer en ese entonces las razones que ahora tengo, quiero compartirlas con ustedes.

Sirve casarse, porque es justo.

Es cierto que, desde algún punto de vista, un hombre o una mujer no necesitan casarse para llevar una vida plena; contando con salud y empleo, la sociedad moderna es capaz de proporcionar cualquier cosa o servicio razonable que una persona necesite, por una suma de dinero. Ciertamente que hoy en día, un hombre no necesita una mujer que le cocine; ni la mujer, un hombre que la proteja.

Esto es verdad, pero sólo en un sentido muy básico, casi juvenil, donde nadie necesita más que ciertas condiciones materiales y de diversión para pasar por la vida. Pero la vida no es así, existen necesidades espirituales y de comunicación que no tienen precio. Por ejemplo, conviviendo con una mujer uno se da cuenta cómo ellas expresan el amor a través del servicio, y eso nos obliga a cambiar, a madurar y a ser más serviciales. Mientras los hombres tienden a manifiesta su cariño a través de cosas y regalos, la mujer lo hace en cientos de pequeños gestos diarios y constantes, que uno simplemente no tiene cómo compensar.

Para qué hablar del enorme e impagable sacrificio que representa la gestación y la crianza de los hijos. Es un hecho que la naturaleza a repartido desigualmente la carga de la procreación y a la crianza de los niños. Sin importar que el hombre quiera compartir todas las cargas de la familia, él nunca sentirá nauseas ni deberá cargar por meses con el bebé, y el niño que se despierta en la noche porque le duele la barriga  siempre pedirá que sea su mamá la que se levante. Por eso, nada de lo que yo hiciera podría acercarse a una situación similar a la que deben soportar las mujeres en este sentido.

Dado este escenario, lo único que nos queda a los hombres es la gratitud. Y el matrimonio es eso, una expresión formal y pública de que esa mujer se ha dignado abrirte las puertas a un nuevo nivel de vida, de ternura y felicidad, al que no tienes derecho y que no podrías alcanzar de otra manera, de modo que tu respuesta, en gratitud, no puede ser otra que entregar tu palabra de hombre, tu honor, en el voto de estar junto a ella y servirla en todo lo que pueda necesitar, hasta que la muerte los separe.

Sirve casarse, porque es necesario.

Toda pareja comienza con grandes esperanzas y proyectos, ambos se aman, y sienten que mientras se tengan uno al otro, nada realmente malo puede ocurrirles, de alguna forma saldrán adelante. Sin embargo, donde solemos equivocarnos es en ver esos proyectos como una certeza basada en el amor, una mera cuestión de tiempo, cuando en realidad toda pareja que se proyecta al futuro está ante una aventura, y como tal, siempre existe el peligro de fracasar. Y no simplemente porque dejen de amarse, que sería lo más obvio y cínico, sino también por enfermedades que los afecten a ellos o a los hijos, mala voluntad de familiares o amigos, debilidades en la fidelidad de alguno de ellos. Nada es seguro en este viaje de toda la vida.

Cuando vengan los tiempos difíciles (que los habrá, nadie dude de eso), vas a necesitar una buena razón para seguir adelante en medio de las dificultades de esta aventura, y ese motivo no puede ser tu esposa o esposo, porque no será la misma persona que ves hoy. Desde luego, habrá envejecido (uno, en cambio, siempre se siente joven ¡es un milagro!), pero también cambiarán sus ideas, sus proyectos y sus prioridades. Con algo de suerte y buena comunicación, podrán ajustar las cosas juntos en el camino, pero tampoco hay certeza de que pueda ser así, y en ese momento lo más fácil será decir “no le necesito, puedo seguir adelante solo/a”.

Si no estás casado, no tienes que pedir permiso ni dar explicaciones por terminar la relación, simplemente te vas. Pero eso sería un error, porque estás dejando que la aventura fracase. En cambio, si te has comprometido en frente de tus familiares y amigos, al menos tendrás que pensar en qué les dirás, luego que les habías dicho a todos que ella era una persona maravillosa, la indicada para ti. Si estás casado, podrás contar con que ellos aporten su perspectiva acerca de lo que anda mal en la relación y, si tienes suerte, con su mediación.

Para qué decir si ese mismo compromiso lo tomaste ante Dios. Se critica a la Iglesia por ser inflexible en cuestiones de matrimonio, por no dejar a las personas rehacer sus vidas, pero no es el fanatismo o rigidez lo que la lleva a actuar así, sino la esperanza. La Iglesia tiene esperanza en que los cristianos podemos alzarnos sobre nuestra condición humana, que es débil y traicionera, para cumplir los compromisos que voluntariamente adquirimos un día. O bien, si cometim os un error y no estábamos preparados para pronunciar esos votos, poder reconocer y superar esos defectos, y no simplemente esconderlos y pretender que aquí no ha pasado nada, porque inevitablemente volveremos a tropezar con la misma piedra.

Bueno, brevemente esas son las razones que he descubierto en estos años de estar casado. Si encuentro otras, se los comento.

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