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El amor mató al matrimonio

Creo que cuando San Pablo escribió “33 En cuanto a ustedes, cada uno debe amar a su mujer como así mismo, y la esposa debe respetar a su marido” (Ef 5), sabía perfectamente que estaba iniciando una revolución.

Hasta ese momento, la mujer había sido considerada apenas superior al ganado, de modo que el cristianismo, al poner el amor a la esposa como una “piedra de toque” de la relación conyugal, dio la partida a un cambio fundamental para recuperar la dignidad que tenía la mujer en el principio, y para dejar atrás la idea de matrimonio como un acuerdo económico entre familias.

Pero supongo que el santo jamás se imaginó que sería esa misma palabra, el amor, la que acabaría usándose para destruir el matrimonio.

Algunas entradas atrás les comentaba cómo he llegado a darme cuenta que la enseñanza cristiana acerca del matrimonio es absolutamente incomprensible para nuestra cultura, porque hemos perdido completamente el concepto mismo de amor, como servicio y auto entrega, y lo hemos reemplazado por una idea romántica de auto expresión y auto satisfacción.

Las razones de este cambio radical se suelen trazar hasta la abierta aceptación del divorcio, que comenzó a ganar terreno en las naciones occidentales a mediados del S. XX, y que ha culminado en el presente con una liberalización tal de las leyes de familia (especialmente en cuanto a los divorcios sin culpa), que hoy en día es más fácil disolver un matrimonio que poner término a un arriendo.

Sin embargo, uno podría ir todavía más atrás, y argumentar que el sólo hecho de que el matrimonio sea definido en la ley como un contrato, que deje de ser un sacramento y se convierta en “el contrato del amor”, proceso que se inició hace unos dos siglos, ya lleva en sí el germen de su destrucción.

El concepto de contrato es fundamental para el derecho y los largos años de tradición jurídica occidental han permitido profundizarlo y definirlo con gran detalle. Los contratos son esencialmente acuerdos privados, que se celebran entre dos o más particulares, con el fin de satisfacer sus necesidades, y que se dejan sin efecto cuando cualquiera de las partes deja de considerarlos útiles, o si alguno de ellos no cumple las obligaciones recíprocas impuestas. Además, las partes tienen el derecho de fijar sus propios términos, plazos y condiciones, con total libertad, sin que nadie pueda intervenir.

El verdadero matrimonio guarda cierto parecido a un contrato, en tanto se inicia por un acuerdo entre dos personas, pero pasado este punto, las diferencias son fundamentales. Desde luego, la unión a que da lugar no es una cuestión meramente privada, sino que lleva envuelta una trascendencia pública, lo que se refleja tanto en las solemnidades con que se rodea su celebración, y en que marido y mujer no pueden “negociar” los términos, por ejemplo acordando plazos u obligaciones especiales.

Asimismo, el esposo que entra en un matrimonio no tiene (o al menos no debería tener) en vista su interés personal, como ocurre en los contratos, sino que busca el bien de su cónyuge, sabiendo que lo hace incluso a costa su propia felicidad. Por lo tanto, cuando uno de los cónyuges no cumple con las obligaciones que adquirió en el altar, aún si es necesaria una separación, eso no habilita al otro para dar por terminada la relación y divorciarse, sino para profundizar en ella.

El Dr. Scott Hahn habla de esta diferencia radical en términos de “contrato vs. alianza”, donde el contrato implicaría un intercambio de bienes o promesas, mientras que la alianza sería un intercambio de personas, y lo vincula con el modelo bíblico de la alianza, aquella celebrada entre Dios y el Pueblo de Israel a los pies del monte Sinaí.

Otro ámbito donde se refleja la enorme distancia cultural que actualmente existe entre el sacramento y lo que hoy pasa por matrimonio en nuestras leyes, la encontramos en toda la parafernalia que actualmente rodea a la ceremonia del casamiento. En efecto, a través de un flujo permanente de películas románticas, se han introducido prácticas como celebrar la boda en lugares al aire libre, hacer bodas temáticas, o escribir “votos especiales” que los novios declaran en el altar, que nos hablan de lo especial y única que es esta pareja, pero que al mismo tiempo oscurecen los elementos más trascendentes para la sociedad, que lo hacen diferente de toda otra celebración.

Al contrario, si los católicos nos casamos en una iglesia, no sólo es porque sea la casa de Dios, sino especialmente porque es la casa de la familia de Dios, que somos todos los cristianos. Es ante la comunidad reunida que repetimos los votos que ella, a través del sacerdote, nos entrega, para ponernos como esposos al servicio de esa misma comunidad. Y a cambio es la misma Iglesia la que implora a Dios sus bendiciones para la difícil misión a la que se enfrentan los esposos, de convivir, ser fieles uno al otro y recibir y educar a los hijos que Dios les confíe.

Cada cierto tiempo, los diarios nos cuentan acerca de encuestas que parecen indicar que los jóvenes todavía aspiran al matrimonio como proyecto de vida o como parte del mismo. Sin embargo, hay que tener cuidado al leer estas informaciones como un factor positivo, porque buena parte de esos jóvenes, al responder, están pensando en esa boda romántica y en el matrimonio legal y contractual, de nuestra cultura, que es una especie de “gemelo malvado” del verdadero matrimonio, y por lo mismo, aún más insidioso.

Unos diez años atrás, cuando se comenzó a hablar de matrimonio homosexual, muchos pensamos que sería una moda pasajera, y que no pasaría de ser una peculiaridad de países ricos, como la liberalización de la eutanasia o la marihuana. Hoy vemos que uno tras otro, los países se rinden ante el lobby gay, y nos preguntamos cómo puede ser, que lo que parecía tan claro y sólido colapse prácticamente sin prestar batalla.

La respuesta es que estábamos equivocados, el matrimonio ha venido debilitándose desde hace dos siglos, cuando se impuso en la ley la noción de contrato, y en la cultura el concepto del matrimonio como un “contrato del amor”. El punto es que en nuestra cultura no hay motivos para impedir el divorcio cuando se acaba el amor, porque es ese amor lo que mantiene el matrimonio en existencia, y el lobby gay no ha hecho más que usar ese mismo concepto para decir que tampoco se puede negar a dos que se aman, el “derecho” a tener su propia boda en la playa.

Ellos pueden celebrar su victoria, pero tengan claro que lo que reciben no es un matrimonio de verdad, es apenas un contrato privado, y que, con los mismos argumentos tampoco se puede negar el derecho a la poligamia, al incesto o a otras cosas peores.

Lo mismo que vengo explicando aquí, lo dijo mejor y más brevemente Mons. Gerhard L. Müller arzobispo prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, en su artículo La fuerza de la gracia, cuando señaló:

La mentalidad actual contradice la comprensión cristiana del matrimonio especialmente en lo relativo a la indisolubilidad y la apertura a la vida. Puesto que muchos cristianos están influidos por este contexto cultural, en nuestros días, los matrimonios están más expuestos a la invalidez que en el pasado. En efecto, falta la voluntad de casarse según el sentido de la doctrina matrimonial católica y se ha reducido la pertenencia a un contexto vital de fe. Por esto, la comprobación de la validez del matrimonio es importante y puede conducir a una solución de estos problemas.

Es este contexto cultural, entonces, el que nos impone a los esposos cristianos no sólo transmitir a nuestros hijos el concepto de amor verdadero que enseñó San Pablo, de servicio y entrega, sino manifestarlo en nuestro propio matrimonio.

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