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Y un par de ejemplos (Parte IV)

No pensaba hacer una cuarta parte de esta serie, acerca de si la Iglesia ha cambiado su doctrina, pero al parecer no he sido todo lo claro que se necesitaba.

En los comentarios de la entrada anterior, nos consultan:

Me parece que estás intentando nadar y guardar la ropa al mismo tiempo, Pato. ¿Que hay un magisterio ordinario que puede cambiar y otro que no puede cambiar? ¿Y cómo se distingue el uno del otro?

Entiendo perfectamente la objeción implícita.

A todos nos gustaría tener un listado de verdades fijas y permanentes, escritas definitivamente, en un lenguaje lo más claro posible, y así nos aseguraríamos que no cambiara. Sin embargo, la Iglesia no puede funcionar así, porque su mensaje no es un libro ni una verdad, sino una persona. Por eso me pareció necesario explicar en la segunda entrada de esta serie, la centralidad de la persona de NSJC para la Iglesia y el mensaje cristiano.

Pero la pregunta sigue siendo válida ¿Cómo distinguimos el magisterio definitivo del que no lo es? La respuesta no es tan simple como nos gustaría, por eso las advertencias de la primera entrada, y en esto seguramente me corregirán los expertos, pero entiendo que en definitiva todo va a averiguar si quien hace la declaración tuvo la intención de dotar a esa declaración con el carisma de infalibilidad que NSJC prometió a su Iglesia.

Tal vez un par de ejemplos ayuden a dilucidar la cuestión.

Primero, tomaremos la famosa fórmula Extra Ecclesiam Nulla Salus para explicar como una fórmula dogmática puede no tener el alcance que uno podría entender a primera vista. El blog Apologética para el mundo, nos aporta una excelente entrada por sobre el tema, especialmente su desarrollo en los Padres de la Iglesia y los Papas, pero para lo que nos interesa aquí, destacamos la declaración de Bonifacio VII en la bula Unam Sanctam, de 1302:

Por imperativo de la fe estamos obligados a creer y sostener que hay una santa Iglesia católica y apostólica. Nosotros la creemos firmemente y abiertamente la confesamos. Fuera de ella no hay salvación ni remisión de los pecados […] Por consiguiente, declaramos, afirmamos, definimos y pronunciamos que el someterse al Romano Pontífice es a toda creatura humana absolutamente necesario para la salvación

Bastante fuerte ¿no? y por el “declaramos, decimos, definimos y pronunciamos” que emplea el Papa, es claro también que al pronunciar estas palabras está haciendo uso de su poder como sucesor de Pedro. Estamos ante un pronunciamiento de doctrina infalible.

Pero esta formulación deja varias preguntas ¿Qué pasa con los que no conocen a Cristo? ¿o los niños muertos antes de la edad de razón? En la actualidad nos choca que pretender que ellos no puedan salvarse, pero parece que esta declaración dogmática no nos deja salida, y después de todo, si Dios quiere dejarlos fuera, es cosa suya. Pero si seguimos profundizando en una lectura así de literalita, la cosa puede ponerse realmente absurda, incluso para los católicos, porque uno podría entender que tampoco podrían salvarse los que murieron antes de que hubiera un Romano Pontífice, personajes como San José, San Juan Bautista y todos los patriarcas del Antiguo Testamento.

Como eso es imposible, la única explicación razonable es que el Papa Bonifacio, al hablar de “toda criatura humana” tuvo en mente situaciones más limitadas que las que uno puede entender a primera vista.

Por eso reconocemos que es necesario conocer la época y el contexto de la bula, para saber qué quería decir el Papa. Y así nos enteramos de la personalidad de un Papa como Bonifacio VIII y del conflicto político y religioso que mantenía con el rey de Francia. Ello no quita que Unam Sanctam contenga una declaración dogmática, pero nos ayuda a comprender su alcance (bastante más limitado de lo que impresiona a primera vista) y que no es contradictorio con el desarrollo posterior de la doctrina, ni implica un cambio.

Una situación levemente diferente la encontramos en la polémica acerca de la ordenación sacerdotal de mujeres, que tanto se discutió en los años ’90 del siglo pasado, hasta la carta apostólica Ordinatio Sacerdotalis, de 1944. En ella, el Papa Juan Pablo II concluye:

Por tanto, con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22,32), declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia.

Al invocar la importancia del tema para la constitución divina de la Iglesia, y su ministerio petrino, parece que Juan Pablo II se apresta a definir dogmáticamente que la Iglesia sólo puede ordenar a varones como sacerdotes, pero luego sólo se limita a poner “declaro” y “debe ser considerado como definitivo”. En comparación, cuando Pío XII promulgó el dogma de Asunción de Nuestra Señora, dijo “pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de revelación divina”, así que la fórmula empleada por Juan Pablo II no es suficiente para tenerlo por una declaración dogmática.

Sin embargo, el año siguiente, ante una consulta, la Congregación para la Doctrina de la Fe emitió una responsio ad dubium, que por su brevedad reproducimos íntegramente:

Pregunta: Si la doctrina que debe mantenerse de manera definitiva, según la cual la Iglesia no tiene facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres propuesta en la Carta Apostólica Ordinatio sacerdotalis, se ha de entender como perteneciente al depósito de la fe.

Respuesta: Sí.

Esta doctrina exige un asentimiento definitivo, puesto que, basada en la Palabra de Dios escrita y constantemente conservada y aplicada en la Tradición de la Iglesia desde el principio, ha sido propuesta infaliblemente por el Magisterio ordinario y universal (cf. Lumen gentium, 25,2). Por consiguiente, en las presentes circunstancias, el Sumo Pontífice, al ejercer su ministerio de confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22,32), ha propuesto la misma doctrina con una declaración formal, afirmando explícitamente lo que siempre, en todas partes y por todos los fieles se debe mantener, en cuanto perteneciente al depósito de la fe.

El Sumo Pontífice Juan Pablo II, durante la Audiencia concedida al infrascrito Cardenal Prefecto, ha aprobado la presente Respuesta, decidida en la Reunión ordinaria de esta Congregación, y ha ordenado su publicación.

Roma, en la sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 28 de octubre de 1995, en la fiesta de los Santos Simón y Judas.

Aquí tenemos claramente explicada, entonces, que la doctrina que enseña Ordinatio Sacerdotalis es infalible, pero no por ser una declaración dogmática, sino por pertenecer esta verdad al “Magisterio ordinario y universal”.

Este ejemplo nos demuestra que las doctrinas infalibles no se limitan a las declaraciones dogmáticas, sino que hay doctrinas que, a pesar de no haber sido pronunciadas de esa forma, igualmente son infalibles, irreformables y obligatorias para los católicos.

Volviendo a la pregunta original, la respuesta es que no hay una lista ni un “código de colores” para distinguir el magisterio infalible de lo que no lo es. En cada caso donde realmente existe una duda (que no son muchos) hay que hacer un análisis detallado, sobre todo histórico, de la doctrina.

Más sobre el mismo tema: Herejes como Dios manda.

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