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¿Ha cambiado la Iglesia su doctrina? (Parte III)

Decíamos que cuando la Iglesia propone una doctrina para ser creída por los fieles, ella no hace más que manifestar a la persona de Cristo, que es el mismo ayer, hoy y siempre. Por eso no puede haber una verdadera contradicción entre dos verdaderos pronunciamientos de la Iglesia.

Sin embargo, no siempre es tan fácil saber cuándo la Iglesia manifiesta una doctrina. Desde un inicio, la Iglesia apuntó a la Sagrada Escritura y a la Tradición, como fuente inspirada e inerrante de su enseñanza. La Constitución Dogmática Dei Verbum reitera la doctrina tradicional de la Iglesia en este sentido:

9. Así, pues, la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura están íntimamente unidas y compenetradas. Porque surgiendo ambas de la misma divina fuente, se funden en cierto modo y tienden a un mismo fin. Ya que la Sagrada Escritura es la palabra de Dios en cuanto se consigna por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo, y la Sagrada Tradición transmite íntegramente a los sucesores de los Apóstoles la palabra de Dios, a ellos confiada por Cristo Señor y por el Espíritu Santo para que, con la luz del Espíritu de la verdad la guarden fielmente, la expongan y la difundan con su predicación; de donde se sigue que la Iglesia no deriva solamente de la Sagrada Escritura su certeza acerca de todas las verdades reveladas. Por eso se han de recibir y venerar ambas con un mismo espíritu de piedad. (negritas nuestras)

Al servicio de esta doble fuente, se encuentra el Magisterio de la Iglesia, que, nuevamente en palabras de la Dei Verbum “enseñando solamente lo que le ha sido confiado, por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo la oye con piedad, la guarda con exactitud y la expone con fidelidad, y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como verdad revelada por Dios que se ha de creer.”

Este Magisterio es ejercido por los obispos en comunión con el sucesor de Pedro (Catecismo 88), autoridad que cada obispo puede ejercer por separado cuando enseñan a los fieles alguna doctrina, pero que se manifiesta especialmente cuando se encuentran todos reunidos en un Concilio Ecuménico, o en las definiciones dogmáticas que hace el Papa.

Desde luego, el Magisterio no se limita a repetir lo que ya está en la Escritura y la Tradición, sino que usa nuevas expresiones, que profundizan y aclaran lo que se encuentra en ellas. Este proceso se conoce como “desarrollo de la doctrina cristiana”.

José Miguel Arraiz publicó un excelente artículo al respecto, donde expone varios ejemplos de auténtico desarrollo doctrinario: La doctrina cristiana ¿Desarrollo o evolución?

Es importante comprender este proceso, pues permite explicar la forma cómo la Iglesia enfrenta nuevas realidades, y lo que puede parecer una contradicción o cambio de doctrina, no es más que una parte legítima de su desarrollo.

En un nivel más básico, ante una pregunta relevante para el cristianismo, tenemos las opiniones de los teólogos, que no tienen más peso que las razones en que se funden y el prestigio de quien las emite, pero que de ninguna forma son parte del Magisterio. Por ejemplo, cuando Santo Tomás rechaza la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora (aún con la bendición que su escuela teológica y filosófica ha sido para la Iglesia) tiene el valor de un teólogo privado y no involucran a la doctrina de la Iglesia.

En ese mismo proceso de desarrollo de la doctrina, hay pronunciamientos de los obispos, de los Papas e incluso de concilios regionales, que son verdaderas manifestaciones del magisterio, pero que no necesariamente involucran la infalibilidad con que Cristo quiso dotar a su Iglesia. Estos conforman un grupo de doctrinas no infalibles, que en teoría podrían ser revisadas. Un ejemplo de esto sería la doctrina de que los obispos y sacerdotes conforman diferentes rangos del sacramento del Orden Sacerdotal, que fue enseñada por el Concilio Vaticano II (Lumen Gentium 21) pero no con el lenguaje necesario para tenerlo por establecido de un modo infalible.

Estas tampoco podrían servir de base para demostrar un cambio de doctrina, porque no son definitivas.

El paso siguiente son las doctrinas infalibles que pertenecen al magisterio ordinario y universal del Papa y los Obispos. Estas ya son irreformables y ciertas para todos los católicos, pero no han sido declaradas como dogmas por el Papa, aunque pueden encontrarse en camino a ese resultado. El ejemplo más conocido de esta clase es la declaración de Juan Pablo II, reiterando la doctrina universal de que NSJC reservó el sacerdocio ministerial sólo a los varones.

Y finalmente tenemos las declaraciones dogmáticas, en ejercicio del Magisterio Extraordinario del Papa, pero incluso una declaración dogmática puede expresar una verdad definitiva con palabras que no sean claras en todo tiempo, o conscientemente “dejar abierto” un aspecto de la doctrina, para que sea profundizado por la teología.

Un ejemplo del primer caso sería la famosa fórmula dogmática extra ecclesia sallus, que expresa de una forma negativa, la misma realidad fundamental que el Concilio Vaticano II manifestó positivamente, al decir, que la Iglesia peregrina, como cuerpo de Cristo, es necesaria para la salvación (Lumen Gentium 14). Un ejemplo del segundo caso, donde la declaración del dogma deja abierto un aspecto, lo encontramos en la declaración del dogma de la Asunción de Nuestra Señora, en que existía una controversia acerca de si María había muerto o no, y donde el Papa decidió no pronunciarse al respecto, señalando que la Asunción de María ocurrió “cumplido el curso de su vida terrestre”.

Llegando al final de este panorama, conviene tener presente el canon 749, que señala: “§3. Ninguna doctrina se considera definida infaliblemente si no consta así de modo manifiesto.”

En definitiva, vemos que en el proceso de desarrollo de la doctrina cristiana, que hemos esbozado brevemente aquí, hay etapas donde pueden surgir declaraciones que parecen contradecirse con la decisión definitiva de la Iglesia, pero que en realidad forman parte del mismo proceso.

Con todo lo anterior, queda claro que, para denunciar un cambio de doctrina en la Iglesia, no es cuestión simplemente de decir “esto dijo tal o cual concilio, miren lo que dicen ahora”. La doctrina de Iglesia en su desarrollo no es tan sencilla, y cada caso requiere un estudio completo de contexto histórico y doctrinal de una declaración, así como del peso que su autor o autores quisieron y podían darle.

No faltará quienes insistan en que la existencia misma de este proceso de profundización, el solo hecho de declarar como dogma una doctrina que antes no tenía ese nivel, ya implica un cambio de doctrina. Ahí no tenemos nada que discutir, más allá de la cuestión semántica.

Más interesante es determinar en qué situación nos encontramos en tantos otros casos, en que la Iglesia ha emitido efectivamente pronunciamientos que hoy nos parecen extraños o intolerables, con la confianza de saber que no hay ninguna contradicción verdadera.

A modo de conclusión, agradezco a los comentaristas por plantear esta pregunta, porque me han obligado a investigar y detallar muchas cuestiones que yo mismo no tenía claras. Por ese motivo, por el carácter precario de esta investigación, también agradezco cualquier precisión que algún visitante desee hacer a lo aquí expuesto.

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