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Una lectura anacrónica de San Pablo

Una de las conversaciones más interesantes que he tenido en este blog, ocurrió con ocasión de una serie de artículos
sobre San Pablo y las mujeres, sobre todo porque somos los propios cristianos los que nos escandalizamos por frases como “El varón es la cabeza de la mujer”. Se nos hace muy difícil decir “Palabra de Dios”, si en la Escrituras encontramos ideas que simplemente no podemos aceptar, como la de que la mujer sea inferior al hombre.

Pero antes de desesperar, le debemos a Dios al menos saber si esa es efectivamente la idea que nos quiere entregar, es decir, preguntarnos si nuestra comprensión de Efesios 5,23 (repetida en 1Cor 11 3 “la cabeza de la mujer es el hombre”) no sería esencialmente anacrónica.

Me refiero a que todos sabemos, a nivel cultural, que la cabeza alberga al cerebro y que las diferentes partes de este órgano controlan todas nuestras funciones corporales, de modo que la relación básica es que el cuerpo obedece las órdenes del cerebro. Y esto se refiere no sólo las funciones autónomas (respirar, dormir, etc), también “sabemos” que las capacidades humanas superiores, como las emociones, los sentimientos y los pensamientos también se producen en el cerebro, aunque el proceso exacto sea más misterioso.

Luego, cuando leemos que “la cabeza de la mujer es el hombre” –bajo nuestro paradigma cultural–, tendemos naturalmente a imaginarnos que mediante esta analogía, San Pablo nos quiere decir que en la relación matrimonial, el hombre toma el lugar del cerebro, y por lo tanto le correspondería el sentir, reflexionar y mandar en todo; mientras que a la mujer sólo le quedaría obedecer, sin derecho a cuestionar o a pensar por sí misma.

Esta sería nuestra primera reacción, y naturalmente esa es una conclusión que rechazamos.

Sin embargo, nos damos cuenta que esta interpretación es anacrónica, cuando recordamos que la idea de que el cerebro es un órgano controlador y pensante es extremadamente reciente. Sin ir más lejos, hasta el S. XVII todavía se creía sinceramente que el asiento de las emociones era el corazón, idea que ha pervivido hasta nuestros días bajo una forma simbólica.

Y yendo aún más atrás, nos encontramos con que Aristóteles, el gran científico y lógico de la antigüedad, pensaba que el cerebro sólo servía para refrigerar la sangre, mientras que le adjudicaba al corazón el origen de la función mental. [Ver Breve Historia del Cerebro de Julio González]. Sin dudas que esta era también la idea dominante en la época de NSJC, porque cuando le preguntaron acerca de la pureza ritual, respondió:

Mt 15, 19 Del corazón proceden las malas intenciones, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las difamaciones.
20 Estas son las cosas que hacen impuro al hombre, no el comer sin haberse lavado las manos».

Donde esta traducción (tomada de vatican.va) pone “intenciones” la Nueva Vulgata lleva cogitationes, es decir, pensamientos y así lo traducen muchas otras versiones, de lo que podemos deducir es que en el contexto cultural en que escribía San Pablo, se creía que la gente pensaba con el corazón. Otro ejemplo lo encontramos en el evangelio según San Marcos, donde dice (aquí la versión directa en latín, porque en español se omite la referencia al corazón):

Mc 2, 8 Quo statim cognito Iesus spiritu suo quia sic cogitarent intra se, dicit illis: ” Quid ista cogitatis in cordibus vestris?

Que traducido dice, “¿Por qué estas cosas pensáis en vuestros corazones?”. La misma idea (pensamientos del corazón) encontramos en las cartas del propio San Pablo, cuando escribe:

Heb 4,12 Porque la Palabra de Dios […] penetra hasta la raíz del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.

Con todo esto, queda claro que la idea común en la antigüedad en general, y en la Palestina del S. I en particular, era entender que el asiento de la función intelectual era el corazón y no el cerebro o la cabeza.

Luego, si San Pablo ha querido expresa alguna diferencia entre el hombre y la mujer, empleando la imagen de la cabeza y el cuerpo, de ninguna forma podría decirse que estuviera pensando en algo relacionado con la capacidad intelectual que supuestamente se encontraría en la cabeza, pues en su concepto, los pensamientos e intenciones nunca ahí, sino en el corazón (es decir en el cuerpo), o en el alma y el espíritu.

Desde luego, todo esto no apunta más que a descartar una opinión común, y no nos hace avanzar ni un ápice en cuanto a lo que realmente quiso decir San Pablo sobre la relación entre los esposos. Ahí no puedo ayudar mucho, al menos por ahora, y mis pálidos aportes sobre el tema ya están esbozados en la anterior serie de artículos que les enlazaba.

Una cosa sí creo que San Pablo quería decir: que en el matrimonio, así como ocurre en el ser humano, la unión es vital, en el sentido que si se separan, ninguno de los dos puede sobrevivir. Es irónico que algunos años después, él mismo haya muerto decapitado.

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  1. Aún no hay comentarios.
  1. 5/08/13 en 8:56 am

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