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Veo gente muerta

Algunos años atrás conversaba acerca de las violaciones a los derechos humanos en Chile durante el régimen militar, y le decía a mi interlocutor que me costaba mucho creer que las torturas y desapariciones de personas eran abiertamente conocidas entre la población, porque eso implicaría aceptar que el 44% que votó por el “sí” no les importaban en lo más mínimo. En otras palabras, admitir que todos sabían y buena parte de ellos justificaban esos sucesos, implicaba aceptar que vivíamos en medio de personas con un nivel tan bajo de juicio ético, que no podían reconocer y denunciar claramente esas conductas como inaceptables, sin importar las circunstancias.

La nota de Infocatólica acerca del fracaso de los esfuerzos de los grupos pro vida por revertir el aborto en Uruguay ha revivido en mí esa sensación, pero esta vez con la nauseabunda impresión de que no me equivocaba: vivimos en medio de monstruos morales. No digo nada contra los uruguayos, porque como varios comentaristas apuntan en la noticia, el resultado sería más o menos el mismo en cualquiera de nuestras “democracias occidentales”. Soy chileno, y es de mis compatriotas de los que hablo.

Supongo que es el mismo fenómeno que se manifiesta en el video de un niño chino arrollado por varios vehículos, a vista y paciencia de varios peatones y transeúntes, pero no nos afecta tanto, porque uno dice “son ellos, los chinos, cuyo sentimiento del deber moral está debilitado por años de dictadura comunista”. Pero este plebiscito me golpea más fuerte, porque no hay excusa: ni siquiera somos capaces de movilizar una cuartar parte de la población, contra un crimen peor que cualquier tortura o desaparición forzada de personas (aunque esa expresión adquiera un sentido más macabro aún, cuando tenemos el aborto en mente).

Tampoco se trata aquí de izquierdas y derechas. Los mismos que fueron víctimas de la represión política durante los años 70 y 80 en Chile, no se lo piensan dos veces antes de justificar e ignorar los reportes de crímenes peores bajo los regímenes que dicen apoyar proyectos de sociedad que les parecen afines. Un ejemplo más reciente y conocido internacionalmente, lo encontramos en los gobiernos de Bush y Obama, donde ambos han llevado a cabo prácticas de tortura y violación a los derechos humanos, que han sido respaldadas y denunciadas alternadamente por ambos lados, según si el acusado era o no “uno de los nuestros”.

En definitiva no nos queda más que admitir que sí, que la gente con la que vivimos, comerciamos y nos relacionamos cada día, la “gente normal” es perfectamente capaz de justificar los crímenes más horribles y aceptarlos como parte de su vida diaria, sin que les moleste mayormente.

Y cuando admites eso, cobran sentido situaciones tan abismantes, pero que la humanidad ha tolerado alegremente a lo largo de la historia, como los campos de concentración, la esclavitud, el racismo, el aborto, etc.

Cada una de estas situaciones, y el plebiscito de la nota, me recuerdan la famosa escena de El Sexto Sentido:

Cole: Veo gente muerta.
Malcolm: ¿En tus sueños?
[no]
Malcolm: ¿Cuando estás despierto?
[sí]
Malcolm: Gente muerta ¿como en tumbas? ¿En ataúdes?
Cole: Caminado, como gente normal […] Sólo ven lo que quieren ver. No saben que están muertos.
Malcolm: ¿Cuándo los ves?
Cole: Todo el tiempo. Están por todas partes.

Es nuestra raza humana que está moralmente muerta, que sólo ve lo que quiere ver, impasible ante el enorme mal moral que se ejecuta ante sus propias narices. Ellos no saben que están muertos.

Una de las razones por las que tiene tanto sentido ser católico, es porque la Iglesia ofrece la única explicación a esta condición de nuestra raza, que de otro modo bastaría para condenarla al olvido y la destrucción: el pecado original, y la muerte que Dios prometió sobrevendría a Adán. Ni el Islam, ni el judaísmo dan mayor importancia a ese episodio del Génesis mientras que el catolicismo insiste con San Pablo, que es fundamental para entender la persona y misión de NSJC.

1 Cor 15, 21 Porque la muerte vino al mundo por medio de un hombre, y también por medio de un hombre viene la resurrección.

¿De qué otra forma se podría entender que a nadie le importe el genocidio legal de seres humanos en el vientre de su madre? ¿Qué haya personas activamente trabajando para extenderlo y hacerlo más accesible, hasta convertir a cada mujer en asesina de sus hijos? Muchos otros, más sabios y santos, ya han notado la marca distintiva de profundas fuerzas espirituales en eventos como el aborto y el holocausto.

De esta muerte del sentido ético, sólo Cristo puede salvarnos. Es Él el único que ofrece una respuesta vital y verdadera de lo que es moralmente la vida y la muerte, y a nosotros sólo nos queda tomarla y tratar de vivirla.

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