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La profecía de la concepción virginal (Parte I)

Cuando hablamos de los milagros que acompañaron el nacimiento de NSJC, sin dudas que el primero que se nos viene a la mente es el de su concepción virginal. Por eso puede resultar sorpresivo para el “cristiano de a pie” el enterarse que en las disciplinas dedicadas al estudio de las religiones y la Biblia existe la opinión mayoritaria de que San Mateo hizo una lectura errada del texto del Antiguo Testamento, para aplicarlo forzadamente al evento milagroso que estaba relatando.

Examinemos entonces los antecedentes de estos textos, y veamos si existen motivos fundados para acusar al autor inspirado de la Sagrada Escritura de inventarse una profecía para su maestro.
Nuestro punto de partida es el Evangelio según San Mateo, que en su capítulo 1, señala:

20 Mientras pensaba en esto, el Angel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. 21 Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados».
22 Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: 23 “La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel”, que traducido significa: «Dios con nosotros».

24 Al despertar, José hizo lo que el Angel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa, 25 y sin que hubieran hecho vida en común, ella dio a luz un hijo, y él le puso el nombre de Jesús.

La referencia “el Profeta” se entiende hecha a Isaías, quien es tenido como el más grande entre los autores de los libros proféticos del Antiguo Testamento. Cuando vamos al libro de Isaías, encontramos en su capítulo 7, con el relato de un ejército que se apresta a invadir Jerusalén, pero Dios dice predice que no la conquistarán, y en prenda de su palabra, ofrece a Ajaz rey de Judá realizar un “signo”, con las siguiente palabras:

10 Una vez más, el Señor habló a Ajaz en estos términos: 11 «Pide para ti un signo de parte del Señor, en lo profundo del Abismo, o arriba, en las alturas».
12 Pero Ajaz respondió: «No lo pediré ni tentaré al Señor».
13 Isaías dijo: «Escuchen, entonces, casa de David: ¿Acaso no les basta cansar a los hombres, que cansan también a mi Dios? 14 Por eso el Señor mismo les dará un signo. Miren, la joven está embarazada y dará a luz un hijo, y lo llamará con el nombre de Emanuel. 15 El se alimentará de leche cuajada y miel, cuando ya sepa desechar lo malo y elegir lo bueno. 16 Porque antes de que el niño sepa desechar lo malo y elegir lo bueno, quedará abandonada la tierra de esos dos reyes, ante los cuales estás aterrorizado. 17 El Señor hará venir sobre ti, sobre tu pueblo y sobre la casa de tu padre, días como no lo hubo iguales desde que Efraím se separó de Judá».

Aquí tenemos el anuncio de un niño que nacerá y será llamado “Emmanuel”, y si bien esta versión habla de que “la joven está embarazada”, ese mismos pasaje suele traducirse como “la virgen está embarazada”, apuntando a un milagro que anuncia la llegada del Mesías.

Como les decía, la opinión actualmente mayoritaria es que la palabra del idioma hebreo que se solía traducir como “virgen” es “almah”, que no tendría ninguna connotación acerca del estado marital de la persona, sino que sólo haría referencia a una mujer joven, de modo que San Mateo habría “forzado el texto” de Isaías, para ganar un anuncio milagroso para su Maestro.

¿Es esta una conclusión razonable?

Antes de entrar a considerar específicamente la profecía que San Mateo da por cumplida en la concepción virginal de NSJC, es necesario despejar algunas concepciones populares pero erradas acerca de todo este asunto de la profecía.

En primer lugar, recordar que “profeta” no es un sujeto que puede predecir el futuro, sino alguien que habla por Dios. Por ejemplo, Jonás es enviado a anunciar la destrucción de Nínive en términos bastante categóricos (Jon 3,4 “«Dentro de cuarenta días, Nínive será destruida».”), pero esa profecía no se cumple, a pesar de que provenía de Dios, porque los ninivitas le creyeron e hicieron penitencia. La capacidad de predecir el futuro es una posibilidad, pues sólo Dios lo conoce con certeza, pero es consecuencia de la misión que ha recibido el profeta, y no lo fundamental de su llamado.

Eso también nos lleva a observar que no siempre es claro que estamos ante un texto que anuncia un evento futuro, y que todo el asunto de la profecía suele cumplirse en más de un nivel. Claro que nos gustaría que Dios entregara un listado de hechos futuros, de ser posible incluyendo las fechas, de modo que pudiéramos irlos marcando y prepararnos según correspondiera, pero Él ha decidido no hacerlos así, seguramente porque habría algunos que intentarían aprovecharse de eso. Por ejemplo, la razón principal por la cual Herodes emprendió la reconstrucción del Templo de Jerusalén, fue apropiarse de la profecía que indicaba que el Mesías haría precisamente eso, y así reafirmar su poder como rey de Judea.

Luego de la resurrección y ascensión de NSJC, los cristianos se volcaron a escudriñar las escrituras de los hebreos, y comenzaron a ver las diversas formas en que la vida de su maestro parecía anunciada y prefigurada en ellas, aunque no siempre con la misma claridad, pues como hemos dicho, el vínculo no siempre es tan visible.

Podríamos hablar, entonces, de tres tipos de profecías. Por un lado hay lo que podríamos llamar profecías evidentes, que todos los judíos de la época entendían que debían cumplirse sí o sí: El Mesías debía ser de la tribu de Judá (Gn 49,10), descendiente de David (Is 11,1) y que nacería en Belén (Miq 5,1). En el otro extremo están las diversas personas y episodios descritos en el Antiguo Testamento que, en vista de lo que habían presenciado y vivido, los primeros cristianos interpretaron como imágenes que apuntaban a la figura del Mesías.

Por ejemplo, cuando fue escrito el Salmo 22, aparecía como una composición artística más (si eso puede decirse de la Sagrada Escritura) que describía el desamparo del justo entregado a sus enemigos, y su confianza en Dios para su reivindicación definitiva. Pero cuando se compara cada uno de los elementos que describe el salmista con los padecimientos de NSJC en su crucifixión, es evidente que nos encontramos ante algo mucho mayor que una mera coincidencia. El valor profético de este tipo de textos es aún más relevante si tenemos en consideración que nadie estaba mirando a este salmo como un texto mesiánico, hasta que Jesús lo grito desde lo alto de la cruz.

Entre estos dos polos, por un lado el más evidente anuncio de un evento futuro y por otro el texto que sólo en retrospectiva puede decirse que se refería a NSJC, hay un gran número de pasajes del Antiguo Testamento que, por un lado contienen el anuncio de una persona o suceso por venir, pero que cuando llega, como que “se queda corto”, en realidad no es todo lo que parecía querer decir la Palabra profética.

Considérese, por ejemplo, la palabra que pronunció Moisés en su discurso de despedida, registrada en el capítulo 18 del Deuteronomio:

15 El Señor, tu Dios, te suscitará un profeta como yo; lo harás surgir de entre ustedes, de entre tus hermanos, y es a él a quien escucharán. 16 Esto es precisamente lo que pediste al Señor. Tu Dios, en el Horeb, el día de la asamblea, cuando dijiste: «No quiero seguir escuchando la voz del Señor, mi Dios, ni miraré más este gran fuego, porque de lo contrario moriré».
17 Entonces el Señor me dijo: «Lo que acaban de decir está muy bien. 18 Por eso, suscitaré entre sus hermanos un profeta semejante a ti, pondré mis palabras en su boca, y él dirá todo lo que yo le ordene. 19 Al que no escuche mis palabras, las que este profeta pronuncie en mi Nombre, yo mismo le pediré cuenta.

Aquí Moisés, sabiendo que no entrará en la Tierra Prometida, se dirige a los israelitas para prepararlos vivir es trance, y les advierte que no deben practicar la adivinación, que era común entre los pueblos de esa tierra, sino que esperarán otro como él que los guíe. La pregunta es ¿cómo se cumple esa promesa? Y la respuesta más directa la encontramos en Josué, uno de los discípulos de Moisés, que sucede al gran libertador y legislador del pueblo hebreo, y los guía en las campañas militares que terminan con la conquista de Canaán.

Sin embargo, con todo lo exitoso que pudiera ser el liderazgo de Josué y que Dios cumplió su promesa de no abandonar a Su pueblo, ciertamente que no era uno que pudiera ponerse a la par de Moisés, especialmente en cuanto a su rol como legislador y uno que hablaba cara a cara con Dios. Es decir, esa parte de la profecía queda en suspenso, y esto era reconocido por los propios judíos, que, a pesar de lo hecho por Josué, todavía esperaban en el Mesías un profeta como Moisés.

Entonces es cuando aparece la figura de NSJC, que se manifiesta como el sucesor de Moisés en diversos signos, como en el Sermón de la Montaña, donde da a conocer una ley más perfecta que el decálogo, en directa comparación con la ley mosaica (“Ustedes han oído…, pero yo les digo…”), y de este modo, al menos a los ojos de los cristianos, cumplía plenamente la profecía bíblica de suscitar un líder como Moisés.

Así, hay muchos más textos que se cumplían parcialmente, a la espera de una satisfacción en plenitud, como la de bendecir a todos los pueblos de la tierra a través de la descendencia de Abraham, o la de entregar un reino a perpetuidad al descendiente de David.

Con esto, ya podemos intuir la forma cómo San Mateo llegó a ver con claridad que en las palabras de Isaías se encontraba una profecía que iba más allá de su cumplimiento inmediato en los tiempos del rey Ezequías, pero de todas formas lo veremos en detalle en la próxima entrada.

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Categorías:Religión
  1. Aún no hay comentarios.
  1. 24/04/13 en 12:38 pm

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