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Habemus Papam

Quería preguntarles si alguno se emocionó cuando el cardenal protodiácono pronunció las palabras “Habemus Papam“. Yo sí, y fue extraño porque hasta ese momento sabíamos que se había elegido un Papa, por la fumata blanca que con fuerza emanó de la chimenea de la Capilla Sixtina, y estábamos expectantes para conocer el origen y el nombre del nuevo Vicario de Cristo.

Pero fue cuando escuché estas palabras, que me embargó la emoción y sentí lágrimas en los ojos.

Ya lo había sentido antes, en el Cónclave que designó a Joseph Ratzinger para ser Benedicto XVI, pero en esa ocasión lo atribuí a la alegría que me produjo el saber que estábamos en buenas manos, la sensación de que el Espíritu Santo confirmaba la enorme labor de Juan Pablo Magno, y tal vez al boato con que el Cardenal Medina Estevez (chileno) pronunció “Rrratzinger” desde el balcón. Esta vez, sin embargo, era diferente, porque no sabíamos quien era Bergoglio, ni siquiera sonaba entre los candidatos (aunque no puedo dejar de mencionar que mis predicciones acertaron en un 100%).

Entonces ¿Por qué la emoción ante estas simples palabras?

Pensando en días posteriores, creo que lo que me hace sentir así es sobre todo el contexto. Me refiero a que tenemos una multitud conformada por personas de todas las razas y lenguas, unidas por una común fe en NSJC y amor hacia el sucesor de San Pedro, que han llegado hasta la ciudad eterna para escuchar de sus sacerdotes reafirmar que “Tenemos un padre”.

Ciertamente que es algo que saben todos los reunidos en la Plaza, el Padre Dios es padre de todos nosotros, pero de alguna forma todavía necesitamos que nos confirmen eso mediante la presencia visible de su Vicario. Con estas palabras, la multitud deja de ser un rebaño sin pastor, o la mera sumatoria de sus miembros; cuando todos tenemos un mismo padre, sólo entonces somos una familia. En definitiva, me emociona ver realizada la verdad que tantas veces proclamamos, pero que es tan difícil de creer: que todos los hombres somos hermanos. Al escuchar “habemus Papam” la multitud, y con ella todos los corazones de los católicos en el mundo, estalla en alegría y aprobación de esa gran vedad.

En alguno de los excelentes posts que Infocatólica ha publicado con ocasión de este gran evento, un escéptico se preguntaba el porqué de tanto ritual y ceremonia, acaso era indispensable algo tan fastuoso y artificioso, para elegir al Papa, el Cónclave, el “extra omnes“, los juramentos y todo lo demás. Es cierto que esta forma de elegir un obispo es perfectamente mutable, una mera tradición de hombres, si se quiere, y que la Iglesia podría dejar la elección a la suerte (como los apóstoles hicieron para designar al sucesor de Judas), sin que por ello disminuyera en nada la protección del Espíritu Santo a su Iglesia, ni la promesa de su fundador de acompañarla hasta el fin de los tiempos.

Creo que la respuesta a esta inquietud, de alguna forma tiene que ver con la trascendencia que para nosotros reviste este acto. Porque el Papa no sólo es el líder espiritual de mil doscientos millones de católicos en el mundo, además se le ha confiado el cuidado de las almas de cada uno de los seres humanos actualmente vivos, tal como el obispo en su diócesis, lo es no sólo para los feligreses que van a misa cada domingo, sino también para todos los que ahí viven, estén bautizados o no.

Y eso es importante, tanto así que la elección de un Papa debe estar revestida de rituales y ceremonial, para que sea un acto público y evidente para todos, y al mismo tiempo manifieste la relevancia de lo que está ocurriendo aquí. Súmale a eso que nos encontramos ante la única institución humana con dos mil años de historia continua, con la enorme carga de tradición que eso conlleva, y toda la pompa ya no parece vacía, al contrario, hasta pensaríamos que se queda corta y cae en la austeridad.

Conviene recordar que en todas las religiones que el hombre ha creado a lo largo de la historia, no existe nada que se acerque siquiera a lo que el papado sostiene acerca de sí mismo. Fuera de las religiones monoteístas no existe un concepto de verdad única, los protestantes y los musulmanes tienen por autoridad final la personal interpretación que puedan hacer de su libro sagrado, incluso los obispos Católicos Ortodoxos ejercen su ministerio sobre los que quieran adherir a su tradición, y se miran unos a otros en pie de igualdad. El Papa, en cambio, está a la cabeza de la humanidad que lo mira expectante, para que sea padre de todos los hermanos.

Estar consciente de esta realidad hace que cualquier persona en sus cabales necesariamente asuma el cargo con una enorme cuota de humildad. Y todo eso es emocionante.

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