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Skyfall y el Vaticano

A fines de octubre del año pasado el crítico de cine de L’Osservatore Romano, Gaetano Vallini, publicó una crítica muy favorable del más reciente filme de James Bond, Skyfall, y las notas de prensa alrededor del mundo no tardaron en hablar de un “apoyo vaticano” e incluso de “bendición papal” para el agente 007. No he encontrado una traducción de la crítica completa, pero los artículos hablan de “un Bond menos cliché, menos motivado por los placeres de la vida, mucho más oscuro y más introspectivo”.

Algo similar ocurrió hace algunos años con un artículo -en el mismo periódico- en relación a The Beatles, y la reacción a la frase de John Lennon sobre la popularidad del grupo. De estos episodios suele nutrirse la idea de que la relación entre la Iglesia y la modernidad, está marcada por una resistencia tradicionalista, sin mayores fundamentos, en que los católicos rechazan el cambio sin mayores razones, pero al cabo de unos años terminan por aceptarlo, lo que reafirma el prejuicio que en el fondo nuestros dogmas son mutables.

Es cierto que la Iglesia ha cambiado desde los tiempos del Malvado Dr. No, por allá por el ’62, pero no es menos verdad que la mutación que en ese mismo tiempo ha sufrido el famoso 007 en estos 50 años ha sido mucho más fundamental. El agente que nos ofrece Skyfall, encarnado por Daniel Craig, dista mucho del espía mundano y seductor que Sean Connery grabó en el imaginario cultural. Donde el original (como algunos insisten) era un caballero que poco se cuestionaba las muertes que causaba y le bastaba con tener nuevas aventuras (de ambos tipos) y un martini agitado no revuelto, para partir a exóticas locaciones; este James Bond moderno ha perdido todo atisbo de alegría de vivir, de confianza en la organización a la que pertenece, e incluso en su país y asume que no es más que una reliquia de otro tiempo, lo que se recalca con la reaparición de su antiguo automóvil Aston Martin, y su encuentro con un imberbe Q. Este Bond parece cansado a más no poder de recibir tantos golpes, y pronuncia sus líneas características sin ánimo, como quien se reúne con viejos amigos, con los que ya poco o nada tiene en común.

Tampoco es coincidencia que el periódico oficial del Vaticano haya escogido esta película de James Bond para rendir homenaje a su impacto cultural. Desde la secuencia de créditos llama la atención el uso de imágenes típicamente cristianas asociadas a la muerte, como cruces y ángeles, pero luego se revela que parte del pasado familiar del protagonista estuvo vinculado a la persecución religiosa de los católicos en Escocia. Es un guiño muy pequeño, que perfectamente podría haber sido remplazado por cualquier otro para explicar un elemento de la trama, y ciertamente no entrega base para hablar de la religión de 007, pero que marca un cambio de la característica imagen de la Iglesia como antagonista, y nos recuerda que los católicos también han sido perseguidos. E incorporar eso en la fantasía masculina, que en definitiva es la serie de filmes de James Bond, no es algo que pase desapercibido.

Incluso podría llegar a ser una nueva tendencia, donde se use la imagen de una antigua religiosidad católica para caracterizar a personajes cínicos y “no non-sense”. En este mismo sentido no puedo dejar de mencionar a la agente Dana Scully de los Archivos X.

Otro elemento donde se percibe el cambio con el James Bond de los años ’60 es en el enorme tópico de las chicas Bond. En Skyfall ese rol recae en Sévérine, el personaje interpretado por Bérénice Marlohe, una anfitriona de club nocturno de innegable belleza y refinados modales, que actúa como portavoz del villano. La tradición de la serie indicaba que ella debía caer presa de los encantos del protagonista, traicionar a su jefe y terminar ayudando a Bond en su misión. Aquí, en cambio, descubrimos que ella es prisionera de una mafia de trata de personas que mantiene a su familia amenazada y que bajo todo el glamour y lujo del club nocturno se esconde una poderosa red de explotación, y ella sabe perfectamente que en cuanto deje de serles útil será desechada. En este contexto, no es tanto el atractivo físico del agente o sus proezas sexuales las que motivan a esta chica Bond, a cambiar de lado, sino la promesa de huir de sus actuales patrones.

No creo arruinar la película a nadie, si menciono que ella y Bond terminan en la cama, ¡de otro modo no sería una película de James Bond! Pero al menos el asunto no está tratado con mucha extensión, ni es necesario para establecer algún punto de la trama.

Paradójicamente, varios críticos han mencionado que la verdadera chica Bond de este filme es M. interpretado por Judi Dench, que establece una clara relación de madre e hijo, aunque disfuncional como pocas. En efecto, una de las funciones de las mujeres de Bond siempre ha sido servir de contraparte e igual al protagonista, y en Skyfall esa misión recae claramente en M., por sobre Sévérine.

No podemos dejar de mencionar a Eve, una agente de campo interpretada por Naomie Harris (a quien tal vez recuerden como Calipso en Piratas del Caribe), que sería la tercera postulante a chica Bond, pero que tampoco parece sentir una mayor atracción hacia el personaje interpretado por Daniel Craig, como era el requisito para todo personaje femenino de las películas originales, y sólo se plantea como una colega y tal vez amiga.

Cuando el Vaticano criticaba a inicios de los ’60 al personaje de James Bond, lo hacía por su tendencia a trivializar el sexo y la violencia. Cincuenta años después, Bond parece haber madurado y ha dejado de ser la fantasía de un adolescente para convertirse en un hombre real, y en ese proceso, haber descubierto que las mujeres son personas reales, no meros receptáculos de fluidos, y que la violencia realmente hiere a las personas

Dicho de otro modo, James Bond parece haber descubierto que la Iglesia tenía razón, después de todo.

Eso sí, falta la otra parte. No hay aquí una historia de redención o un epílogo que permita cerrar las heridas, sólo queda la desesperanza de tantas misiones, mujeres y muertos sin sentido. Por eso, si en un minuto llegamos a preocuparnos por los personajes, la película deja una sensación amarga, de que no fue tanto una aventura como un drama con mucha acción y disparos.

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