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Somos católicos, somos rebeldes

Somos católicos. Nada más alejado de nuestro espíritu el que se nos tenga por revoltosos. Hemos recibido las palabras de San Pablo cuando nos pide orar por las autoridades civiles puestas sobre nosotros, y no porque ellas nos sean especialmente favorables o santas. De hecho, las autoridades que los apóstoles tenían en frente eran los oficiales del Imperio Romano, profundamente pagano y hostil a la nueva secta judía conocida como “cristianos”. No, los cristianos debían obedecer a esas autoridades y rogar a Dios por ellas, porque todo poder proviene de Dios, incluso aquel que los hombres ejercen con maldad.

Tampoco olvidamos que NSJC nos llamó a ser mansos y humildes de corazón, según su propio ejemplo, y nos advirtió que sólo cuando trabajemos por la paz, seríamos dignos de llamarnos hijos de Dios.

Y sin embargo, aquí nos tienen, de rebeldes.

No lo hemos querido. Nos han forzado.

Nos han arrinconado, presionándonos contra un muro de mentiras con las espadas del poder Estatal, para que dejemos de ser católicos. ¿De qué otra forma entender los llamados a poner un bozal a los obispos? ¿O como se ampara a los que violan nuestra conciencia? “No nos hablen de Cristo” nos dijeron, y no podemos cumplir. Seguiremos rogando a Dios por ellos, pero nos piden lo imposible, y a eso nadie está obligado.

No lo han dicho así, claro está. Hablan de que nuestras palabras son opresivas, odiosas, represivas, que pisotean los derechos humanos, son homofóbicas y misóginas. Y nosotros ¿Qué podemos responder? San Pablo ya nos dijo qué debíamos decir:

Sin embargo, cuando predico el evangelio, no tengo de qué enorgullecerme, ya que estoy bajo la obligación de hacerlo. ¡Ay de mí si no predico el evangelio!

Algunos hermanos nos dicen: “mira el bien que podemos hacer ¿No sería mejor callar?”, puede ser, pero si nos preguntan ¿no les responderemos con la verdad? Y entonces nos replican con las palabras de Pilatos “Quid est veritas?“.

Otros nos dicen “Ese no es el mensaje de Cristo, expresas tus propias convicciones, haciendo que la Iglesia diga algo que Cristo no ha dicho”. Nada más alejado de nuestra intención que seguir nuestras opiniones propias, nuestro objetivo nunca ha sido liderar algo nuevo, sino seguir a Cristo… y a la Iglesia, que es su cuerpo. Y si hubiera alguna forma de permanecer junto a Él y no ser tenidos por revoltosos, la tomaríamos sin pensar.

Pero no la hay. Aquello que nosotros llamamos “ideología de género“, que ellos prefieren denominar “perspectiva de género“, y que en definitiva se traduce en que nuestro sexo no importa, y cada uno tiene la libertad de definir su identidad según más le guste, ese concepto ha llegado a ser la piedra fundamental de la sociedad. Y nuestra denuncia a esta idea como una mentira surgida de los abismos más profundos del infierno, no es la lectura fundamentalista de textos con miles de años de antigüedad, ni la interpretación de algún curita que gusta más de la misa en Latín que en español.

Está con todas sus letras en el Catecismo de la Iglesia Católica, de apenas unos años atrás, cuando dice:

2333 Corresponde a cada uno, hombre y mujer, reconocer y aceptar su identidad sexual. La diferencia y la complementariedad físicas, morales y espirituales, están orientadas a los bienes del matrimonio y al desarrollo de la vida familiar. La armonía de la pareja humana y de la sociedad depende en parte de la manera en que son vividas entre los sexos la complementariedad, la necesidad y el apoyo mutuos.

La identidad sexual debe ser reconocida y aceptada por cada uno, no definida, y de ese reconocimiento y aceptación depende la armonía no sólo de la pareja, sino de toda la sociedad.

Esta idea, que era de sentido común hasta hace tan poco, se ha convertido en el centro de nuestra lucha cultural, un concepto intolerable para los paladines de la tolerancia, cuya mera expresión implica un discurso de odio y opresión para muchos, una amenaza inaceptable a su forma de vida.

No queremos ser rebeldes, nos han forzado hasta aquí, pero no abandonaremos a Cristo, eso ténganlo por seguro. Y por eso tampoco tendrán paz ni serenidad, porque no luchan sólo contra la Iglesia, a la que ni siquiera le queda poder para elegir a un católico fiel para un cargo público, sino que combaten contra la naturaleza, y en definitiva, contra su Creador.

Ellos deben prepararse para una larga batalla, y para su derrota. Y mientras tanto, nosotros seremos católicos y rebeldes. No nos queda otra.

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