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Una legislación familiar coherente

Una visitante comenta:

Hola, no puedo creer lo retrógrado que es tu pensamiento. En primer lugar el matrimonio es la unión civil y/o religiosa de dos personas. Si vos me decís que los gays quieren obligar a que se los case por la iglesia, entendería tu desacuerdo (hasta ahí) pero la unión civil no tiene nada que ver con la iglesia, eso le concierne únicamente al estado. Por mi diosa!!! cuando van a dejar de meterse en cosas que no les corresponde? espero ver algún día un estado totalmente laico.

Hola.

Te agradezco mucho el comentario, porque en términos claros y directos expresas una idea que se encuentra en la mente de muchos de los que oyen por primera vez que hay gente que se opone al matrimonio homosexual.

En primer lugar, te diré que no me considero retrógrado. Eso implicaría estar apegado a situaciones o instituciones que en el pasado pudieron ser valiosas o útiles, por el solo hecho de ser cómodas o conocidas, pero que a causa de los cambios en la sociedad han llegado a ser perjudiciales o vacías. Por ejemplo, si se dijera que en otro tiempo la familia estaba encargada exclusivamente de la educación y manutención de los niños, pero actualmente el Estado cumple esa función de una forma mucho más eficiente e igualitaria, y yo insistiera en mantenerla como una institución legal, en ese caso podrías acusarme de retrógrado.

Pero no es así. Si nos oponemos a que se legalice el matrimonio homosexual, es porque estimamos que el matrimonio civil, si bien dista mucho de ser perfecto, siendo exclusivamente heterosexual, cumple una función social importante –sobre todo en la formación y protección de los hijos–, que se debilitaría significativamente si se cambia la legislación. Es decir, no nos oponemos por ser retrógrados, sino con razones, y no religiosas, sino de bien común.

En segundo término, por ser ciudadanos del Estado, tenemos derecho a manifestar nuestra opinión sobre las modificaciones legales, y sobre estas agendas en particular, no porque la Iglesia tenga una doctrina determinada acerca de lo que es y no es el matrimonio, sino porque sinceramente creemos que tales leyes son contrarias al bien común. Afortunadamente para los católicos, y para los países donde ellos viven, la Iglesia ha desarrollado una doctrina bien pensada sobre aquellos aspectos de la vida que son obligatorios sólo para los fieles, y aquellos que afectan la vida en comunidad.

El punto es que la regulación del matrimonio es precisamente uno de esos temas (como lo es también el aborto) cuya fuerza obligatoria no nace de un precepto religioso, pues en ese caso obligaría sólo a los fieles, sino que surge de la naturaleza humana, que todos compartimos y por lo tanto debemos respetar. Por eso los católicos tenemos el derecho a opinar y el deber de hacerlo, tal como un ciudadano ateo o musulmán opina sobre lo que es mejor para la comunidad donde vive.

Un tercer aspecto importante surge cuando dices que el matrimonio es la unión civil y/o religiosa de dos personas.

Cierto, eso es, pero no es sólo eso. Si fuera sólo la unión de dos personas, no habría inconvenientes en que se tuviera por matrimonio la unión de una noche entre una prostituta y su cliente, o el amoroso y estable vínculo entre un hombre adúltero y su amante. No, el matrimonio es la unión de dos personas, cierto, pero es también mucho más.

El debate que nunca quieren abordar los proponentes de todas estas reformas, es precisamente el debate de fondo ¿Qué es el matrimonio? Eso nos permitirá saber si es una unión estable o no, si es exclusiva entre dos personas o pueden ser mas, o si pueden acceder a ella personas del mismo sexo, emparentadas, ya casadas, etc.

Y una vez que tenemos una definición coherente, que nos permita responder a todas estas preguntas, recién ahí debemos abordar la siguiente ¿Debe el Estado tener una regulación al respecto?

A grandes rasgos, las posiciones coherentes a este respecto son dos, que podríamos llamar de liberales y conservadoras.

Una posición liberal pone el acento en la libertad de las personas, en este caso, para entrar y salir de las relaciones que quieran, y darles el contenido que gusten, mientras no afecten a nadie más, incluido el matrimonio. Es la posición de la gran mayoría de los que favorecen el matrimonio homosexual. El problema es que para ser coherentes con este énfasis liberal, también deberían poder decir que el Estado se debe mantener ajeno a todas estas relaciones privadas de las personas, no influir con la ley para dar mayor legitimidad a algunas opciones de vida por sobre otras, y limitarse apenas a regular sus efectos cuando la justicia lo exija.

Desde luego, bajo este marco, no tiene sentido hablar de una ceremonia estatal de casamiento, ni de un registro civil de matrimonios.

La otra posición, que hemos etiquetado de conservadora, se sustenta en que el matrimonio tiene una naturaleza propia, que se deduce de la forma como los seres humanos se reproducen y forman familias, y que por lo tanto el Estado debe reconocer y no alterar, estableciendo derechos y obligaciones en pos del bien común. Esta es la opción que adoptan todos los estados que regulan el matrimonio con leyes civiles, y es lógico que lo hagan, si estiman que hay un interés público involucrado, incluido el tener un registro civil de las bodas que se celebran.

Ambas posiciones tienen consecuencias diametralmente opuestas y son coherentes, aunque la segunda es más acorde con la naturaleza humana. Con cualquiera de las dos los católicos podríamos trabajar.

Lo que no tiene ni pies ni cabeza es lo que propone el lobby gay. Dicen que el matrimonio no tiene una identidad propia, que cada uno es libre de darle el significado que quiera, pero al mismo tiempo quieren mantener el reconocimiento del Estado, y se espantan si uno les dicen que esto abriría las puertas al incesto o la poligamia.

Que personas inteligentes pudieran mantener una opinión tan evidentemente absurda y auto contradictoria, es un enigma que me mantuvo confundido por mucho tiempo, pero que tiene solución. En efecto, la respuesta surge con claridad cuando vamos más allá de los conceptos del matrimonio, y postulamos que lo que buscan es usar el poder del Estado para obtener la aceptación social de sus conductas.

La posición liberal no les sirve, porque si el Estado deja de regular las relaciones amorosas privadas que los ciudadanos puedan mantener, no tendrían el reconocimiento que buscan; y la opción conservadora tampoco, porque entonces tendrían que reconocer que sus conductas no tienen nada que ver con la naturaleza humana. Por eso a lo que aspiran es un híbrido, que mantiene todas las restricciones estatales y obligaciones del matrimonio, pero sólo se modifica el requisito de ser hombre y mujer.

Y eso no tiene pies ni cabeza y nadie lo entiende, y cualquier persona, religiosa o no, debería oponerse, al menos por la aspiración de tener leyes lógicas y coherentes.

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Categorías:Matrimonio
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