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Como detesto tener la razón

Por algún tiempo ya vengo advirtiendo a mis compatriotas que no se dejen engañar, que el Acuerdo de Vida en Pareja que el Presidente Piñera se incorpore a nuestra legislación no tiene otro propósito que preparar el camino a la implementación de matrimonio homosexual en Chile.

Hace un par de años nuestros adversarios negaban enfáticamente esa posibilidad, y alegaban que su exclusiva aspiración era regular situaciones patrimoniales y personales que eran complicadas y abusivas. Sin embargo hoy ya nos han dado la razón y hablan abiertamente del AVP como una solución de compromiso y transitoria, y que no habría ninguna razón de fondo para negar a las parejas homosexuales el casarse ante el Estado.

También señalábamos que el lobby gay no buscaba el matrimonio como un bien en sí mismo, sino como un medio para obtener la total normalización y aceptación de las conductas homosexuales en la sociedad, de modo que no bastaría con admitir que se casaran, sino que una vez alterada la legislación de familia, la usarían como una herramienta para perseguir a cualquier que opinara en contrario, principalmente los cristianos.

Pues bien, el vocero del Movimiento de Liberación Homosexual (movilh) Jaime Parada se ha encargado de nuevamente confirmar nuestras aprehensiones, a través de una carta publicada en el diario La Tercera, donde pone:

La razón de ser de esta demanda no es otra que el reconocimiento estatal de una forma de afecto idéntica a la heterosexual.

No imaginaba que el Estado estuviera en el negocio de reconocer las formas de afecto de los ciudadanos, y creo que cualquier persona, religiosa o atea, que mantenga un sano temor a las experiencias totalitarias del S. XX, debería estremecerse ante la idea de que éste se dedique a regular cuáles de sus afectos son válidos y cuáles no.

En todo caso, es de agradecer la sinceridad en las palabras del vocero del Movilh, porque abre el campo a la verdadera discusión de fondo. Dice don Jaime:

Siendo el matrimonio una institución de carácter convencional, tiene que ajustarse a lo que los propios seres humanos requieran de él en un determinado momento.

Con esta declaración se ve claramente que nuestras diferencias, más que religiosas o políticas, son de conceptos: ellos ven el matrimonio como una algo convencional, esencialmente adaptable, mientras que nosotros lo entendemos como una institución natural, cuyas características esenciales manan de la reproducción sexual que presenta la especie humana, y no pueden alterarse por el simple juego de las mayorías.

Desde luego, una concepción convencional del matrimonio es auto contradictoria, incoherente con las características que presenta esta institución en nuestras leyes. Si lo relevante es la convención de las partes ¿Por qué limitar a dos personas esa institución? ¿o acaso no puede haber convenciones entre más sujetos? ¿Por qué vedarlo a las personas que ya están vinculadas entre sí por ciertos grados de parentesco? ¿o a personas que ya están casadas? ¿o a menores adultos, que ya pueden celebrar otros contratos? ¿Por qué prohibir los matrimonios sujetos a plazo, condición o modo?

Ninguna de estas preguntas tiene una respuesta congruente con la legislación matrimonial, si es que pretendemos estar ante una institución esencialmente convencional.

Agrega el autor de la carta:

Asimismo, procrear no es la única manera de formar familia en el siglo XXI. Hablando de hijos –aunque una familia no necesariamente debe tenerlos–, la adopción, la fertilización asistida o la crianza de hijos de relaciones previas son formas válidas de hacer familia.

Familias rotas han existido siempre: por la desgracia, la enfermedad, la guerra y por el pecado. Familias con o sin hijos también, y los cristianos siempre estaremos para apoyarlas. Ese no es el tema.

El tema es que el Estado viene a decir que un padre y una madre que se sacrifican personalmente y renuncian a su tiempo y recursos por el cuidado y educación de sus hijos, no son esencialmente diferentes de un grupo de personas que básicamente lo pasan bien cuando están juntos. En el fondo lo que está en juego es el concepto mismo de familia.

Decía que detesto tener la razón, porque al menos cuando ocultaban sus motivos o negaban sus verdaderas intenciones, lo hacían porque sabían que hacerlos explícitos provocaría rechazo en los que los escucharan. Si los proponentes del matrimonio homosexual ahora se siente con la libertad de hablar así de sus motivaciones finales, es porque asumen que el resto de la sociedad en los hechos ya está de acuerdo con ellos y lo único que les falta es deshacerse de un hábito o tradición que puede ser agradable de recordar, pero a la que en realidad le queda muy poco tiempo.

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