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La Iglesia está llena de pedófilos ¿Cómo podría volver a confiar en ella?

¡Es increíble! ¡Cómo es posible! Ellos andan enseñando la moral, se creen superiores a todos los demás, ¿y luego los atrapan abusando de niños inocentes? Y no sólo a uno u otro ¡sino a cientos! Es de no creerlo ¿verdad? ¿Dónde está ahora toda su religión? ¿Acaso no pensaban en el daño que hacían a las víctimas?

¡Y encima los obispos los protegen! Se ha demostrado que en algunos casos supieron y no los denunciaron a las autoridades, sino que los trasladaron de parroquia. Y luego hasta les ponen abogados para que los defiendan. ¿Cómo no pensar que ellos también estaban metidos en los abusos?

Es claro que esto no es lo que quería Cristo para su Iglesia, los curas y los obispos han traicionado el mensaje de Jesús y a nosotros, los laicos. Por lo tanto, es claro que ha llegado el momento abandonar todo lo que pueda sonar a soberbia, secretismo o que facilite estas conductas horribles, como el celibato y la jerarquía, y comenzar a reconstruir una Iglesia más pura, más fiel a su fundador, siempre imperfecta, pero mejor.

Sin embargo, Cristo fundó una Iglesia, como lo confirma la historia, y prometió permanecer con ella hasta el fin de los tiempos, como lo indica el evangelio ¿Acaso ha faltado Cristo a su promesa?

¿No es mejor dar por superada a la Iglesia?

Hoy en día decir “soy católico” es más difícil que en muchas épocas anteriores. No todas, pues siempre han habido mártires han permanecido fieles en transes mucho peores, pero sin dudas que es más difícil que hace algunas décadas atrás. A todos nos han estremecido las revelaciones sobre las conductas de algunos sacerdotes y el daño que provocaron es sin dudas más grande que cualquier delito que pudiera cometer otra persona. De hecho, si alguien tiene el derecho de estar molesto con estos curas, más allá de los personalmente implicados, somos precisamente los que todavía decimos “soy católico”.

Antes que nada, debemos reafirmar nuestro compromiso con las víctimas de los abusos, y decir que han sufrido injustamente, a causa de un pecado horrible, que ofende la más mínima decencia, y desde luego contrario a toda la enseñanza cristiana acerca de la sexualidad.

Si ellos cometieron este delito, no fue por ser católicos, o por haber hecho un voto de celibato, sino precisamente por lo contrario, por haber abandonado lo que decían creer, acerca de la importancia de la castidad en todos los estados de vida, y traicionado un compromiso solemne que adquirieron libremente, conformándose a lo que el mundo, les proponía. Por eso podemos decir que este no es un problema de la Iglesia, sino de toda la sociedad. Me refiero a que uno suele escuchar en los medios masivos cada vez que se hace una denuncia, sea verdadera o falsa, contra un sacerdote católico y naturalmente la gente se queda con la impresión de que esta es una realidad que sólo afecta a la Iglesia. Esto es profundamente falso y peligroso.

Es falso, porque actualmente los tribunales de justicia están llenos de denuncias, investigaciones y condenas por abusos sexuales contra menores de edad, que ocurren cada día por cientos, y que son cometidos por personas comunes y corrientes, en su mayoría varones, pero también mujeres. Profesores, médicos, conductores de transporte escolar, actores, ingenieros, parvularios, auxiliares escolares, jardineros, mecánicos, pastores evangélicos, padres, guardadores, y en general cualquier persona que tenga contacto con niños. Cuando este delito lo comete un sacerdote, es un titular inmediato en los periódicos, y por una buena razón: porque efectivamente es más grave, se espera más de un cura que de una persona media, pero es falso que la pedofilia sea un problema de la Iglesia.

Además esta es una creencia extremadamente peligrosa, porque por un lado puede llegar a destruir la reputación de una persona inocente, y por otro provocar una sensación de falsa seguridad en la comunidad, al pensar que se trata de conductas focalizadas en un solo grupo, de varones obligados a vivir en celibato, y que no ocurren en otros ámbitos.

Insisto: No se trata de minimizar la gravedad ni la extensión del problema, sino de entregar una perspectiva que habitualmente no se encuentra en los reportes que recibe el público sobre la realidad de la pedofilia en nuestra sociedad.

Por otro lado, no puedo dejar de notar que la indignación por estos hechos no está donde corresponde. En efecto, Hay muchos adversarios políticos de la Iglesia, a quienes este tipo de noticias le vienen de perillas para decir “¿Ven que teníamos razón? Los católicos son todos unos hipócritas ¿Dónde está su autoridad moral ahora?”. Pero es una indignación falsa, que se sirve del sufrimiento de las víctimas para ponerlo al servicio de su disputa particular con la Iglesia.

Al contrario, los laicos somos quienes tenemos verdaderas razones para sentirnos decepcionados y dolidos. Después de todo, nosotros, no los que están fuera de la Iglesia, fuimos traicionados y engañados, los que recibimos a esa persona como un padre, en razón del sacramento que le confirió la Iglesia, los que confiábamos en él y lo respetábamos. Además, fue de nuestros niños que él abusó, los que les entregábamos para su educación y formación cristiana, y, a través de ellos, también de los laicos, peor aún si lo hicieron profanando los sacramentos y nuestros lugares reservados para dar culto a Dios. ¡Cuántas oraciones y vocaciones perdidas por culpa de un criminal!

Ya desde una perspectiva de la misión evangelizadora ¿Quien más que nosotros quisiera ver a la Iglesia libre de esta peste? Que ella pudiera presentarse inmaculada ante el mundo, sin mancha ni pecado, que fuera un espejo perfecto del rostro del Cristo para que todos lo siguieran y se salvaran. Pero estos delincuentes, por su pecado terrible y escandaloso, nos avergüenzan y se convierten, por su propia voluntad, en un obstáculo entre la humanidad y su salvador, escupiendo y mancillando Su rostro, para que no lo vean. ¡Vaya si tenemos razones para estar molestos con los curas pedófilos!

Algunos hermanos, demasiado conscientes de que nuestra Iglesia es ferozmente atacada en el mundo moderno, reaccionan defendiendo a estos sujetos, negándose a creer que un sacerdote pudiera cometer tales pecados. Hasta cierto punto esta actitud es comprensible, porque es verdad que la Iglesia tiene enemigos, que no se detendrían ante nada para destruirla, como pueden testimoniar tantos buenos sacerdotes que han sido injustamente acusados de crímenes horribles, su vida y su ministerio destruido por una sola mentira. Pero ante la duda, lo prudente es no adelantar juicios y esperar un pronunciamiento definitivo de las autoridades competentes. Y cuando el organismo oficial emite un veredicto de “culpable”, nos corresponde confiar en que ha tenido los mejores antecedentes para decidir, y considerar que, salvo casos extremos, hace muchísimo daño seguir insistiendo en la inocencia, pues parece que intentáramos justificar el pecado, dando pie a peores ataques contra la Iglesia.

Tampoco sirve de mucho hablar de las estadísticas, que una y otra vez ratifican que el número de sacerdotes acusados de pedofilia es ínfimo, menor incluso que lo que se encuentran en otras actividades o grupos religiosos, porque una cifra, por muy verdadera que sea, simplemente no puede competir con la imagen de una víctima. O hacer notar que el 80% de las víctimas son varones entre 12 y 18 años (lo que más bien da cuenta de un problema de homosexualidad entre los clérigos, que de pedofilia), porque parece que estamos transfiriendo la responsabilidad a las víctimas.

¿Cómo podemos volver a confiar en los curas?

Si la Iglesia fuera una organización más dentro de muchas, como un partido político o una ONG, la respuesta a esta pregunta sería simple: no podemos confiar en ella, en vista de las traiciones graves y reiteradas al mensaje cristiano, y ha llegado el momento de recuperar el evangelio de las manos de un grupo de administradores corruptos.

Pero la Iglesia no piensa así de sí misma. Ella cree que su fundador, NSJC, la dotó de una particular marca de santidad especial, que va más allá de los pecados de sus miembros, a pesar de haber tenido que lidiar con ellos desde sus primeros días. Así, no olvidamos que Judas era un apóstol más, nombrado por Cristo para formar parte de su círculo más íntimo, que seguramente bautizaba y expulsaba demonios en nombre de Dios, y fue testigo de innumerables curaciones y milagros, y sin embargo era un traidor; o que Pedro vio al Señor hablar con Moisés y Elías, y juró no abandonarlo nunca, pero al ver que se llevaban a su Maestro huyó, lo dejó solo y lo negó tres veces. No me atrevo a comparar qué pecado sea más grave, si el de los curas pedófilos, o las traiciones de Pedro y Judas. Lo importante, lo que tenemos que sacar de esta situación, es que Judas se desesperó y se suicidó, mientras que Pedro se arrepintió y fue confirmado por Jesús para llevar su mensaje por todo el mundo y hasta el corazón del Imperio Romano. Gracias a eso hoy podemos decir que no abandonamos a Cristo por los pecados de Judas y no abandonamos la Iglesia, por lo que hayan hecho algunos cristianos. Como se suele decir, la Iglesia no es un museo de santos, sino un hospital de pecadores.

“Ah” tendemos a decir “pero es que hay pecados y pecados. Algunos son comunes, cosas con las que hemos llegado a convivir cada día, pero lo que han hecho estos curas es horrible, imperdonable”.

Es cierto que estamos ante un crimen que clama por justicia y debe ser castigado, pero ¿imperdonable? ¿Acaso no es el perdón universal una de las ideas fundamentales del evangelio? Cuando nos arrepentimos de algo que hemos hecho, solemos recordar el episodio de la mujer sorprendida en adulterio, que relata San Juan, o nos gusta ponernos en el lugar del hijo pródigo que regresa pidiendo perdón a la casa del padre, pero ¿Estamos dispuestos a extender un perdón tan amplio como Dios lo hace? Si no fuera una mujer adúltera la que se arrojara a los pies de Nuestro Señor, sino un cura sorprendido en flagrante abuso de un niño y perseguido para darle muerte, Cristo, que está libre de todo pecado ¿Arrojaría la primera piedra?

Estas preguntas son tan inquietantes, que sólo nos queda pedir a Dios que nunca tengamos que responderlas.

Lo cierto es que no confiamos en la Iglesia por la santidad de los católicos, ni la abandonamos por los pecados de sus sacerdotes. Ambas opciones son falaces y nos dejan a merced de las modas y las últimas noticias. La única roca segura es NSJC: primero confiamos en él, y luego en la Iglesia, y en los sacerdotes y obispos, porque Él la fundó y prometió estar con ella hasta el fin de los tiempos, aun sabiendo lo que harían sus miembros, y hasta ahora nada indica que haya cambiado de opinión.

Mientras tanto, mientras él no venga a decir que tiene otro plan para Su pueblo, sólo nos queda aprender a quitar la viga del propio ojo, antes de apuntar a la paja en el ajeno. El calvario que muchas veces sufrimos por culpa de los curas pedófilos, el ser despreciados, ofendidos y hasta escupidos, por algo que otros hicieron, ese dolor debe llevarnos a reflexionar acerca de cómo nuestros propios pecados, esos que nos parecen menores e insignificantes, provocan que otros desprecien y escupan en el rostro de Cristo.

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