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Reflexiones en temporada electoral

A fines de octubre próximo, los chilenos tendremos una elección de alcaldes y concejales, por primera vez con voto voluntario, pues hasta ahora teníamos un sistema de inscripción voluntaria para votar, pero con la obligación de hacerlo en todas las elecciones. Los gringos también se preparan para una elección presidencial en noviembre próximo, donde nuevamente los católicos enfrentan la disyuntiva entre un candidato malo y otro intolerablemente malo. En tal situación, naturalmente nos surgen reflexiones -más o menos conexas- acerca de nuestra participación en estos procesos, incluso sobre la democracia misma.

Me refiero a que la idea de la democracia ha llegado a ser tan importante, que todos se la apropian y nadie se atrevería cuestionarla. En todo el orbe le juran lealtad como el supremo bien político, como si no hubiera nada más allá, y quien ose cuestioanla es tratado como gentil y publicano. A tanto llega la adoración por la democracia, que incluso regímenes políticos totalmente opuestos reclaman para sí el título, desde los E.U.A. hasta la “República Popular Democrática de Corea”.

A estas alturas, es evidente que el vocablo “democracia” carece totalmente de sentido en política. Supongo que sin una autoridad central, como tiene la Iglesia, es inevitable que cada concepto que parecía fundacional, eventualmente pierda valor por su abuso. Personalmente me da mucha pena darme cuenta de eso, porque, como les he comentado otras veces, la recuperación de la democracia formó parte de la épica de mi juventud. Hoy parece que, en boca de un político, “democrático” no significa más que “los que están de acuerdo conmigo”.

En aquel tiempo también creía que “democracia” significaba que cualquiera podía ser elegido para Presidente, Diputado o alcalde, y para eso bastaba con presentarse ante los demás y pedir su apoyo. En cambio, hoy veo que nuestra realidad se explica mejor asumiendo que no es el pueblo quien gobierna, ni tampoco sus representantes, sino que hay una élite política (antiguamente llamada aristocracia), que por tradición o capacidad se dedica a la ardua labor de gobernar, y que el resto no hace más que participar de ceremonias periódicas de ratificación. Internet nos ha mostrado que en las democracias occidentales hay una sensación, cada vez más generalizada, que el conflicto social ya no es entre derechas e izquierdas, sino entre las élites políticas y los que no pertenecen a ellas.

El Catecismo no menciona las palabras “democracia” o “democrático” (tampoco lo hacen los documentos del Concilio Vaticano II), pero sí nos alienta a participar en política. Al hablar de la participación en la vida social y el bien común, indica:

1913    La participación es el compromiso voluntario y generoso de la persona en las tareas sociales. Es necesario que todos participen, cada uno según el lugar que ocupa y el papel que desempeña, en promover el bien común. Este deber es inherente a la dignidad de la persona humana.
1914    La participación se realiza primero en la dedicación a campos cuya responsabilidad personal se asume: por la atención prestada a la educación de su familia, por la conciencia en su trabajo, el hombre participa en el bien de los otros y de la sociedad (cf CA 43).
1915    Los ciudadanos deben cuanto sea posible tomar parte activa en la vida pública. Las modalidades de esta participación pueden variar de un país a otro o de una cultura a otra. “Es de alabar la conducta de las naciones en las que la mayor parte posible de los ciudadanos participa con verdadera libertad en la vida pública” (GS 31,3).

Estos párrafos establecen una especie de jerarquía, donde nuestro primer aporte al bien común debe ser en la educación de la familia y el trabajo, y luego como ciudadanos, en cuanto sea posible, participaren la vida pública. Cumpliendo esta invitación, es habitual que las conferencias episcopales publiquen cartas dirigidas a los fieles para cada elección, lo que da a entender que la Iglesia espera de nosotros que votemos en los procesos electorales, pero a la vez no dice que ese sistema sea necesariamente bueno, ni siquiera que sea mejor que otros.

Para entender esta tensión, debemos hacer explícitos ciertos principios inherentes a la democracia.

Poe ejemplo,  al otorgar el derecho a voto, en principio a todas las personas adultas, la democracia moderna expresa una cierta igualdad fundamental entre los hombres, concepto que los cristianos han enseñado y acogido desde mucho antes que se estableciera el voto universal (en Chile, 1888 para hombres y 1935 para mujeres), dejando atrás el voto censitario, que ponía el énfasis de la participación en el dinero que una persona podía aportar al Estado.

En cambio, es incompatible con el cristianismo el principio de la soberanía popular, es decir, sostener que el poder político proviene de una voluntad colectiva y presuntamente expresada en una elección. Por ejemplo, Constitución Política Chilena señala:

La soberanía reside esencialmente en la Nación. Su ejercicio se realiza por el pueblo a través del plebiscito y de elecciones periódicas y, también, por las autoridades que esta Constitución establece.

Y la española:

2. La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado.

Contra esta idea, en Romanos 13, San Pablo enseña:

1 Todos deben someterse a las autoridades constituidas, porque no hay autoridad que no provenga de Dios y las que existen han sido establecidas por él.
2 En consecuencia, el que resiste a la autoridad se opone al orden establecido por Dios, atrayendo sobre sí la condenación.
3 Los que hacen el bien no tienen nada que temer de los gobernantes, pero sí los que obran mal. Si no quieres sentir temor de la autoridad, obra bien y recibirás su elogio.
4 Porque la autoridad es un instrumento de Dios para tu bien. Pero teme si haces el mal, porque ella no ejerce en vano su poder, sino que está al servicio de Dios para hacer justicia y castigar al que obra mal.
5 Por eso es necesario someterse a la autoridad, no sólo por temor al castigo sino por deber de conciencia.

Para apreciar la fuerza de estas palabras, es indispensable recordar que iban dirigidas a los cristianos en Roma, donde la persecución y el martirio eran especialmente terribles.

A pesar de eso, San Pablo es categórico en enseñar que el poder con que actúan las autoridades públicas proviene de Dios, y no de una tradición aristocrática, como lo podrían entender los romanos, ni de mí, por el hecho de votar, ni de una voluntad colectiva, más hipotética que real. La soberanía es de Dios, y tener clara esta distinción se traduce en consecuencias prácticas.

Por ejemplo, una ley dictada conforme a la idea de la soberanía popular no tiene por qué ser justa, basta con que sea aprobada por los órganos a quienes esta idea del pueblo haya dado el poder. En cambio, si la autoridad proviene de Dios, surge naturalmente el derecho de los ciudadanos de denunciarla, aun cuando la autoridad dicta leyes que, por ejemplo, violan los derechos humanos, incluso si lo hace con el apoyo de la mayoría.

También hay consecuencias morales en el sujeto que participa en la elección, bajo el paradigma de la soberanía popular. En efecto, se entiende que quien vota en una elección, lo hace para elegir políticos que lo representarán en el Congreso, y por su propia naturaleza, los actos del representante se atribuyen al representado. Bajo este paradigma, cada voto de un diputado o senador por una ley, por ejemplo, que legaliza el aborto, ¡nos hace participar directamente en ese acto injusto! Y al mismo tiempo perdemos el derecho de denunciar sus actos como injustos, y otorga “carta blanca” al político para justificar cualquiera de sus actos inmorales, fundado en que sólo debe responder ante sus votantes y no ante un orden ético objetivo superior.

En cambio, es más lógico y realista asumir que los votantes no pueden dar poder a nadie, porque no tienen ninguno, y que si las élites los llaman cada cierto tiempo para consultarles qué opción les suena más bonita, uno puede responder la cortesía y votar, pero sin sentirse de ninguna forma vinculado por lo que los políticos decidan en definitiva, muy probablemente ignorando lo que los electores le dijeron.

En este contexto, desaparece el antiguo y terrible problema de los católicos conocido como “mal minorismo”: no me gusta A porque es anti familia, pero tendré que votar por él, para que no se elija a B, que es anti familia y abortista. La verdad es que mi voto en nada cambia el hecho de que las élites sólo nos ofrecen dos candidatos viables, pero ambos inaceptables, y sea que se elija uno u otro, entre ellos ya se han arreglado para que opinan como B obtengan otros cargos, que a su vez les permitan obtener las leyes que buscan.

La realidad es que a la larga no importa que uno haya votado en contra del candidato B, y sí queda el perjuicio de votar por un candidato deficiente, porque ahora él puede decir “Pero si todo el mundo es anti familia ¡miren todos los que votaron por mí!”.

En resumen: La democracia y la soberanía popular se fundan en un mitos, la verdad es que el poder no viene del pueblo sino de Dios, y sea que votes o no, hazlo consciente e informadamente, y pero por cortesía cívica, no porque tu voto vaya a decidir algo.

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Categorías:Política y derecho
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