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Un par de dilemas morales hipotéticos

Interesante se ha puesto la conversación acerca de la moral laica. Nos han planteado un par de dilemas morales hipotéticos, que tal vez Uds. estén interesados en abordar.

El primero dice así:

Un tren va a toda velocidad por una via. Llega a una bifurcación que nosotros podemos controlar. Si no hago nada el tren sigue derecho y mata a 5 personas que están en la vía. Si activo el desvío el tren va por una via paralela y mata a solo una persona que está allí.
– Se supone que no se puede ni advertirles a los de las vías, ni al maquinista, solo activar o no hacer nada.

Mi respuesta es que es más correcto no hacer nada, porque si mueren cinco personas no fue porque nosotros los quisimos, no fue un homicidio, pero si cambiamos el curso del tren y muere uno, entonces nosotros somos responsables.

El dilema se plantea ante la alternativa de tomar una opción más utilitarista, que en este caso, sólo miraría al número final de personas muertas, cuyo razonamiento va más o menos así: si una persona es valiosa y tiene derecho a preservar su vida, es claro que cinco personas reúnen más valor que una sola, y por lo mismo lo correcto es preservar un mayor valor, por sobre otro de menor entidad.

Mi respuesta en cambio, se funda en el valor intrínseco de la acción, y la regla de que nunca nos está permitido incurrir en actos intrínsecamente malos, en este caso, procurar la muerte de un ser humano inocente.

Un dilema similar es el del prisionero en el campo de concentración. Este lo escuché en una conferencia, cuando tenía 17 años, y si bien no recuerdo claramente la formulación, sí quedé profundamente impresionado por la fuerza moral que refleja la respuesta. A ver si lo podemos plantear adecuadamente. Sería más o menos así:

Eres prisionero en un campo de concentración nazi, en los últimos días de la 2ª Guerra Mundial. Has logrado sobrevivir un par de años en terribles condiciones, ganándote la confianza de algunos guardias, pero ahora los más reciente rumores indican que las fuerzas de los aliados avanzan inexorablemente y en unos días estarán acá, así que los guardias han comenzado a ejecutar a muchos prisioneros. Uno de ellos, te ofrece la siguiente opción: Para probar tu lealtad hacia ellos, te ordena matar a uno de tus cinco compañeros de barraca [en otra formulación, escoger uno para matarlo], y si te niegas a hacerlo, te matará a ti. ¿Qué haces?

La respuesta, que dio el mismo profesor en la conferencia, es que en ese caso la ética indica claramente nuestro deber: no elegir a ninguno y aceptar que nos maten.

A primera vista, puede parecer que, sea cual sea nuestra elección, el resultado será el mismo: sólo cuatro personas irán a dormir en la barraca esa noche; y ninguno de ellos tiene más derecho que los otros a seguir viviendo, como para que yo sacrifique mi vida por otro, así que no hay diferencia alguna si mato a otro y me salvo yo mismo.

La réplica a este planteamiento señala que al pensar así ignoramos el componente moral de la situación. En realidad, lo que se nos está pidiendo es que escojamos entre un acto intrínsecamente malo (matar a un ser humano inocente) y otro moralmente meritorio (sacrificar tu vida para que otros puedan vivir). Considerando que el imperativo fundamental de la ética nos ordena hacer el bien y evitar el mal, es evidente que las alternativas no sólo no son equivalentes, sino que son diametralmente opuestas, y por lo tanto nuestra opción es clara.

Aplicando este principio a la situación del tren, la diferencia fundamental entre la vía donde se encuentran 5 personas y la otra, donde sólo hay 1, es que esa una persona está segura hasta que nosotros intervenimos, haciéndonos así responsables por un asesinato. Los otros 5 en cambio, están en riesgo, pero no por nuestra causa, y debemos hacer todo lo posible por salvarlos, siempre que ello no implique cometer un acto inmoral, en este caso haber procurado la muerte de un inocente. Hacer el mal es algo que, por definición, nunca es aceptable.

Desde luego, para que exista el imperativo moral del que venimos hablando, presuponemos la existencia de actos objetivamente buenos y malos, más allá de la voluntad de quien tiene que elegir. Uno puede decir “tal vez abortar no sea malo, depende de las circunstancias”, y podemos discutir al respecto, pero al menos debe admitir que haya algunos actos que son malos en sí mismos, para que pueda existir la ética.

También conviene anotar que habrá otros casos en que podemos elegir una vida sobre otra, sin que eso nos paralice a la inacción. Es el caso del paramédico que llega a un accidente donde hay varias personas a punto de morir, se da cuenta que no las podrá salvar a todas, y que una de ellas es su hija. Naturalmente que su primer deber es hacia su familia, y por lo tanto no sólo puede elegir atender a su hija primero, sino que tiene la obligación de hacerlo.

A su vez, la respuesta a nuestro planteamiento es el conocido escenario de los “nazis a la puerta”:

Vives en una ciudad alemana, en 1940, y consciente de la injusticia de la persecución contra los judíos y el horror de los campos de concentración, has ayudado a una familia a ocultarse en tu casa. Ahora los nazis han comenzado a preguntar casa por casa por refugiados judíos para apresarlos, hasta que llegan a tu puerta y te dicen ¿Tienes judíos ocultos en tu casa?

Si sostienes que mentir es “intrínsecamente malo” –nos dicen los escépticos–, entonces debes responder positivamente a la pregunta de los soldados nazis y entregar a los judíos que se ocultan contigo, haciéndote cómplice de su terrible destino. Como nadie razonablemente estimaría ese como un resultado aceptable de la situación, se impone como moralmente correcto el simplemente mentir y decir que no hay refugiados en la casa, lo que demostraría que no hay conductas que siempre sean malas.

Las respuestas que he escuchado en círculos católicos son variadas.

Algunos dice que nada bueno se saca de andar planteándose este tipo de situaciones, que no son más que hipotéticas, porque naturalmente ningún soldado nazi se quedará ingenuamente con lo que uno le responda, sino que echarán abajo la puerta y revisarán todo. Al contrario, si se le da mucha importancia a este escenario se puede provocar un gran mal, al exponernos a la tentación de inventar excusas para mentir, ya no para salvar a una familia de judíos, sino por cualquier otro motivo que a corto plazo y egoístamente nos parezca loable. Y eso lo debemos evitar.

Otros indican que los principios morales no sólo obligan a respetarlos pasivamente, sino que además nos deben llevar a planificar y prever para evitar encontrarnos en una situación que nos haga muy difícil próxima de pecado. En el caso de los nazis a la puerta, debemos estar vigilantes, y cuando veamos que los nazis van acercándose a nuestra casa, preguntando por judíos ocultos, debemos sacarlos de la casa, y de esa forma responder sinceramente que no hay ninguno.

Una tercera opción es la famosa “reserva mental”, que indica que no tenemos obligación de revelar toda la verdad a quien no tiene derecho a ella (por eso existe, por ejemplo, el secreto de confesión) y si alguien sin derecho nos pide información a la que no tiene derecho, podemos revelar la verdad sólo parcialmente, reservándonos en silencio una parte de la respuesta. En este caso, ello implicaría trasladar a la familia a una bodega externa de la casa para responder sinceramente que no hay judíos en la casa, u ocultarlos en el ático, y así responder lo mismo, pero sin decir que no consideramos esas habitaciones como parte de la casa, al no estar habilitadas para el uso diario de los habitantes.

El Catecismo, en todo caso es claro al respecto:

2485. La mentira es condenable por su misma naturaleza. Es una profanación de la palabra cuyo objeto es comunicar a otros la verdad conocida. La intención deliberada de inducir al prójimo a error mediante palabras contrarias a la verdad constituye una falta contra la justicia y la caridad. La culpabilidad es mayor cuando la intención de engañar corre el riesgo de tener consecuencias funestas para los que son desviados de la verdad.

Personalmente creo que debemos adoptar cada uno de esos enfoques, pero más allá del caso concreto, debemos tener claro que sostener una posición a favor de la ética no es nada menos que la receta para un desastre.

Addenda 18/9/12: Puede ser interesante revisar una serie de situacione similares a las planteadas en el primer caso de este post, en la página de wikipedia Trolley Problem y su análoga en español, sobre el Dilema del Tranvía.

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Categorías:Escépticos
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