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War on Women? ¿En serio?

Cuando el gobierno estadounidense manifestó su intención de obligar a todos los empleadores a proporcionar prestaciones de salud inmorales a sus empleados, como abortos, mutilaciones y anticonceptivos, los obispos católicos dejaron muy claro que no estaban dispuestos a cumplirlo, ni ellos ni las instituciones afiliadas a la Iglesia. La respuesta desde la Casa Blanca ha sido declarar que la jerarquía católica se encuentra en una “Guerra contra las mujeres”.

Es una frase ingeniosa, que pretender emparentarse a las constantes “guerras” que suelen declarar los presidentes de los Estados Unidos –como la Guerra contra las Drogas, o la Guerra contra el Terrorismo– y coincide con la retórica feminista tradicional que, asumiendo el lenguaje del marxismo, se imagina una milenaria guerra de clases entre hombres y mujeres, donde el cristianismo sería una más de las herramientas del patriarcado para oprimir al sexo débil. Dentro de este esquema dialéctico, encajan maravillosamente la oposición de la Iglesia a doctrinas que ellos consideran fundamentales, como el aborto, la anticoncepción, y cualquier medida que, a sus ojos, implique poner a las mujeres en situación de inferioridad frente al hombre.

Pero tal como ocurre con toda buena novela policial, siempre el primer sospechoso ese que parece tener todos los motivos y medios para cometer el crimen, es completamente inocente, y naturalmente el culpable resulta ser el que más tenía razones para acusar a otros.

En efecto, y contrariamente a la primera impresión que tiene nuestra cultura, una revisión cuidadosa de los antecedentes nos muestra con total claridad que, desde su fundación, la Iglesia ha sido la mejor aliada que han tenido las mujeres, siempre en la vanguardia del reconocimiento y defensa de sus derechos, en todas aquellas naciones donde se le ha permitido florecer.

¿Escépticos? Pues comencemos por el ejemplo más fundamental posible: ser mujer.

Es claro que la anticoncepción ha existido durante toda la historia de la humanidad, y que todos pueblos de la antigüedad la practicaban, sin los remilgos puritanos de nuestra cultura, tal como aceptaban abiertamente sus lógicas consecuencias:el aborto, el infanticidio. Igualmente natural para ellos era que las principales víctimas de dicha práctica fueran precisamente las mujeres, pues las niñas eran vistas como “peso muerto” para las familias.

Esto está ampliamente documentado, al punto de conservase una famosa carta que un ciudadano romano envió a su esposa mientras estaba en viaje de negocios por Alejandría:

“Has de saber que sigo en Alejandría. […] Te pido y ruego que te hagas de buen cargo de nuestro hijo bebé, y tan pronto como reciba el pago te lo enviaré. Si das a luz [antes de que regrese a casa], si es varón, mantenlo; si es una niña, deséchala.”

Esta mentalidad puede parecer un mal recuerdo de la antigüedad, pero sigue viva y poderosa precisamente en lugares como China e India, donde el aborto selectivo por el sexo de la criatura ya se ha convertido en un problema demográfico. Sin embargo, y a pesar de que sus terribles consecuencias ya se dejan sentir, nada se ha hecho para detener su práctica, ni se habla de que esos gobiernos mantengan una “war on women”.

El cristianismo, en cambio siempre tuvo como conducta gravísima el dar muerte a los niños, del sexo que fueran. Ya la Didajé indicaba perentoriamente:

No matarás, no adulterarás, no corromperás a los menores, no fornicarás, no robarás, no practicarás la magia o la hechicería, no matarás el hijo en el seno materno, ni quitarás la vida al recién nacido.

Es esta nueva idea, de respeto a toda la vida, la que se extiende por el mundo antiguo y que en definitiva sustenta en su nivel más básico el respeto que es debido a cada mujer.

En concreto, fuera del manto protector de una cultura cristiana, nacer mujer es un crimen que se castiga con la muerte, y por eso podemos decir que el cristianismo es un aliado de las mujeres.

Otro ejemplo de la importancia de la Iglesia para alcanzar el reconocimiento de la mujer es el que se refiere al matrimonio. Todos sabemos de qué hablamos ¿verdad? Matrimonio. Un hombre y una mujer, mutua fidelidad, amor, para toda la vida. Pues resulta que cada una de estas ideas no forma parte de lo que se asocia con el matrimonio, fuera de la cultura occidental cristiana.

Así, la poligamia, ha sido la generalidad en las diversas culturas humanas; y desde luego nadie se puede siquiera plantear algún grado de igualdad en una sociedad donde un hombre tiene el derecho a tener cuantas mujeres pueda financiar. Incluso donde se ha implantado un matrimonio monógamo, la mutua fidelidad que propone el ideal cristiano tampoco es la regla general, pues el hombre suele tener mucha mayor libertad para mantener relaciones paralelas. Finalmente el amor, que se traduce en que la mujer tenga algo que opinar al momento de decidir con quien casarse, también es una consecuencia del cristianismo, que considera a los cónyuges como los celebrantes del sacramento, siendo entonces esencial su libertad, y de ese modo proscribe los matrimonios arreglados, que nuevamente han sido lo común a lo largo de la historia.

En definitiva, es indudable que, en comparación a otras religiones, el lugar que la mujer tiene en el cristianismo es claramente privilegiado. Tanto así, que según el sociólogo Rodney Stark, en su obra El auge del cristianismo, uno de los factores determinantes de la rápida expansión del evangelio en el Imperio Romano es el haber sido inmediatamente adoptada por las mujeres paganas, que veían inmediatamente que su estatus se elevaba por la conversión.

Estos son sólo algunos ejemplos sacados de la historia real, la que se encuentra en los documentos de épocas pasadas, que muestran cómo la doctrina cristiana y la Iglesia han hecho más por elevar la condición de las mujeres, que ninguna otra religión, ideología o institución.

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Categorías:Historia
  1. 2/08/12 en 6:04 am

    Para mala pata de los obsipos, la Primera Enmienda de la Constitución Americana lo deja taxativamente claro:

    El Congreso no hará ley alguna con respecto a la adopción de una religión o prohibiendo el libre ejercicio de dichas actividades…

    Es decir, por mucho que los obispos se nieguen a acatar la ley, o por mucho que opinen, no es posible promulgar una ley según la opinión a favor o en contra de los obispos porque sería inconstitucional.

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