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Algunos aspectos históricos de la crucifixión

Si se hiciera un juicio histórico a la Iglesia, es decir, uno para decidir si ha sido un factor benéfico o no para la humanidad, no tengo dudas que uno de los puntos fuertes de la defensa sería el haber relegado la práctica de la crucifixión a los anales de la historia. Debido a que vivimos en una cultura cristianizada (aunque no cristiana) tenemos una impresión bastante higienizada de lo que significa la crucifixión, y a juzgar por nuestras pinturas y películas, las causas más probables de la muerte de Jesús serían la deshidratación, insolación a causa del intenso sol de palestina, o puro aburrimiento. Pero lo cierto es que esta es una práctica de de antigua data, desarrollada por diversos pueblos para asegurar el dolor más intenso, por el mayor lapso de tiempo posible.

La conciencia acerca de la brutalidad de este método de ejecución ha vuelto a instalarse entre nosotros gracias a la medicina moderna, que ha mirado con detención los procesos que sufriría el cuerpo humano al ser expuesto a este método de ejecución, lo que nos ha permitido apreciar el delicado y concienzudo método de tortura que implicaba la crucifixión. Esto se vio reflejado con claridad en la película “La Pasión”, que tanto escándalo provocó por la violencia que exhibía, donde el protagonista soporta el castigo físicos hasta límites claramente sobre humanos, en marcado contraste con las representaciones que hasta ese momento habían hecho los cineastas del evento.

Sin embargo, más allá del punto de vista médico, todavía hay otro aspecto comúnmente olvidado de la crucifixión, referido a al impacto social que tenía. Como la gran mayoría de nosotros sólo ha oído de una persona crucificada en toda la historia de la humanidad –Jesús de Nazareth–, tendemos a asumir que el sufrimiento físico que experimentó fue especialmente brutal y macabro, y definitivamente único, en parte debido a su significado teológico. Sin embargo, la historia ha encontrado registros de esta práctica que se remontan al S. VI AC, en Asiria, y nos cuenta que estaba bastante extendida entre los diversos pueblos del mediterráneo, que la conocían y la temían.

Por ejemplo, el historiador judío Josefo, que hizo una crónica de la ocupación de su tierra natal, para ensalzar a los generales romanos, consideraba a la crucifixión la más miserable de las formas de morir, Séneca escribe a Lucilo que antes de morir en la cruz es mejor suicidarse. Los romanos utilizaban esta forma de ejecución con bastante liberalidad contra los pueblos que conquistaban, especialmente respecto de aquellos que se resistían a su empuje expansionista, y como una forma de mantener a los rebeldes controlados, por el puro terror que provocaba entre las poblaciones. Así, existen múltiples registros de crucifixiones masivas, como en el caso de la revuelta de Espartaco, donde se ubicaron seis mil cruces a lo largo de la Vía Apia en el año 71 AC, como parte de las celebraciones por haber vencido a los esclavos, o Alejando Magno que crucificó a 2.000 sobrevivientes del sitio a la ciudad de Tiro, a orillas del mediterráneo.

Otro episodio que muestra cómo se usaba esta herramienta en el día a día de la antigüedad, se encuentra en la crónica de Filón de Alejandría, que relata que en el año 38 DC, la élite griega de Alejandría exigió que se erigieran estatuas de Calígula en las sinagogas, bajo el pretexto de manifestar la lealtad de los judíos al emperador, y ante la natural reacción de los judíos, se les encerró en sus barrios, y se les atacó con espadas y palos y se crucificó a sus líderes en el estadio para divertir a los habitantes de la ciudad. Finalmente, anotemos uno más de de estos eventos, que ocurrió cerca del año 103 AC, cuando el rey Asmoneo Alejandro Janneo ordenó la crucifixión de 800 fariseos.

No debemos pensar en estos eventos como algo extraordinario o aislado, como manifestaciones de crueldad de pueblos bárbaros. Después de todo, Roma y el Imperio Macedonio fueron dos de las más grandes fuerzas civilizadoras de la antigüedad, y los pueblos a los que sometieron usando estas herramientas eran muchísimo más salvajes.

Plutarco, hablando acerca de la crucifixión, señala que “cada criminal condenado a muerte lleva su cruz a su espalda”, expresión que naturalmente nos recuerda el pasaje del evangelio de San Mateo, en su capítulo 16:

24 Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.

Tradicionalmente he escuchado que aquí Jesús nos invita a imitarlo a él, y aceptar el sufrimiento como una parte normal de la vida. Pero si es Plutarco el que refleja adecuadamente la actitud de los oyentes de Jesús hacia la crucifixión, tal vez en verdad no está diciendo que reconozcamos que no somos mejores que condenados a muerte, a causa de nuestro pecado, y a partir de ese reconocimiento, seguir a NSJC como el único camino de morir y resurrección.

También son conocidas las dificultades que el mismo San Pablo por predicar que Cristo había sido crucificado, según cuenta el primer capítulo de la primera carta a los corintios:

22 Mientras los judíos piden milagros y los griegos van en busca de sabiduría,

23 nosotros, en cambio, predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos,

Por lo que hemos visto, no es sorprendente que los griegos tuvieran la crucifixión de un judío como la predicación de un loco, precisamente porque esta forma de morir estaba reservada para los criminales y revoltosos, y era conocida por todos bajo el yugo romano, por la total humillación y deformidad que provocaba, mientras que las divinidades paganas más populares encarnaban la eterna juventud y armonía corporal.

Pero ¿Por qué sería un escándalo para los judíos?

En la antigüedad, la muerte era un aspecto más de la vida, que naturalmente estaba mucho más presente que ahora, y todos los pueblos ponían énfasis en la adecuada disposición del cuerpo fallecido de una persona, basta pensar en las gestas heroicas descritas en la Iliada sobre el cuerpo de Héctor. Los judíos en particular tenían la costumbre de enterrar a su muertos, y no quemarlos, y regulaciones bien específicas al respecto.

Dice en el Deuteronomio, en su capítulo 21

22 Si un hombre, culpable de un crimen que merece la pena de muerte, es ejecutado y colgado de un árbol,

23 su cadáver no quedará en el árbol durante la noche, sino que lo enterrarás ese mismo día, porque el que está colgado de un árbol es una maldición de Dios. Y tú no mancharás el suelo que el Señor, tu Dios, te da como herencia.

En esa época, para un judío conocedor de su fe, era fácil relacionar esta prohibición con la crucifixión, y de hecho los propios seguidores de Jesús la invocaron para pedir a Pilatos que les entregara el cuerpo el mismo viernes de Pascua. Así, podemos entender que no sólo era percibido como generalmente ridículo que el Rey de los Judíos y Mesías –figura que daría a conocer al Dios de Moisés a todas las naciones– muriera, sino que además era escandaloso que precisamente lo ejecutara un poder extranjero, y de una forma descrita como “una maldición de Dios”.

Ojalá estas notas algo inconexas ayuden a tener presente lo extraordinario que es el mensaje cristiano, y permitan apreciar nuestra fe desde una nueva perspectiva. Para más información (en inglés) sobre el tema, les recomiendo esta entrada del blog de Michael Barber sobre la crucifixión, y el podcast respectivo.

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Categorías:Historia
  1. 5/06/12 en 12:58 am

    Esta combinación de faenas ha dado lugar a versiones más depuradas del análisis clínico-teológico que nos obsequió don Luis. Según estas, un crucificado moriría debido al efecto sinérgico de varias agresiones: una combinación de shock hipovolémico por hemorragias múltiples, sepsis debida a la infección, deshidratación, agotamiento y otros factores relacionados con los tormentos adicionales que sufriera. Y sin embargo, seis horas siguen siendo muy poco tiempo. Especialmente, si recordamos que la crucifixión es un método de ejecución específicamente concebido para garantizar al usuario una experiencia vergonzante de prolongada agonía entre grandes dolores. Todas las fuentes de la Antigüedad (y del presente, que también ha habido unas cuantas atrocidades de estas) hablan de días, a menos que el reo fuera rematado de forma más o menos cruenta. Cuando Craso hizo crucificar a seis mil de los esclavos (y esclavas) sublevados de Espartaco a lo largo de la Vía Apia, la cosa duró semanas (y no es muy probable que estos esclavos rebeldes, que habían derrotado a varias legiones y amenazado Roma, fueran mejor tratados que el Cristo de aquella oscura ejecución provincial incómoda hasta para el procurador Pilatos, quien se lavó las manos).

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