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Serenidad

Con especial atención he seguido las reacciones a las declaraciones del Obispo de Alcalá de Henares para Semana Santa. Afortunadamente existe acceso a información suficientes como para que cada uno se forme su opinión al respecto, pero considero necesario destacar una parte de las declaraciones del arzobispo de Oviedo, mons. Jesús Sanz Montes, difundidas en Infocatólica:

Señala el señor arzobispo:

Igualmente manifiesto mi respeto solidario a las personas homosexuales que no quieren vivir en ningún infierno de escarnio y reprobación, ni en ningún infierno de falsedad. Son muchos los que piden ayuda –como hacemos los demás– para vivir serenamente la circunstancia en la que nos jugamos nuestra verdad, nuestra libertad, nuestra conciencia, y nuestra respuesta a Dios que nos ama de veras, como nadie, tal y como somos cada cual

En un diálogo muchas veces difícil por la importancia de las cuestiones involucradas, uno no espera menos de un sucesor de los apóstoles que palabras cargadas de cariño y comprensión, y en ese ámbito, es esencial recordar el valor de la serenidad, tanto en la vida personal como política.

A nuestros hermanos que deben vivir con la homosexualidad, debemos siempre recordarles que la Iglesia no es el enemigo a vencer, y que, al contrario, lo que deseamos para ellos es la tranquilidad de no temer nunca una discriminación, un trato injusto, un desprecio o una reprobación. La Iglesia también es madre de todos, y especialmente de los que sufren, sea por una injusticia, sea por una tentación, y como tal proclama el amor de Dios por todos.

De hecho, me atrevería a decir que la mayoría de los cristianos, en principio, no tendría ningún problema con gran parte de las demandas del lobby gay. Que nadie esté sujeto a perder su trabajo por ser homosexual, que puedan testar para dejar sus bienes a quien quieran, que se visiten en los hospitales o que celebren fiestas para proclamar su mutuo amor a sus amigos. Personalmente podremos objetar y abstenernos de participar, porque hay una situación objetiva de pecado, pero es un principio de vieja data en el cristianismo que no es labor del Estado reprimir toda conducta inmoral, sino sólo aquella que implica un daño al menos inminente, y siempre que el Estado evite promover o hacerse cómplice de ese comportamiento.

Desde este punto de vista, es justo denunciar que ha sido el lobby gay el que ha decidido enfocarse en aquellos aspectos que precisamente entran en conflicto con la Iglesia, y destruyen la serenidad de la vida en comunidad.

Me refiero a que, han reivindicado como forma de expresión política las “marchas del orgullo gay”, que se diferencias de cualquier otro tipo de expresión política en que en ellas se ha hecho esencial la exposición indecente de la sexualidad. Si en las manifestaciones de otros grupos se desplegaran el tipo de conductas que se pueden ver en esas marchas, habríansido prohibidas inmediatamente por la autoridad, sin que nadie cuestionara nada. Pero el lobby gay impone que a ellos se les debe tolerar el escándalo, vaya uno a saber por qué.

Son estas decisiones políticas las que destruyen la serenidad en el espacio público, y hacen que uno tenga todo el derecho de manifestarse en contra de las reivindicaciones expresadas en esta forma, donde no parece que hubiera otra finalidad que obligarnos a presenciar y aprobar el pecado.

Otro ejemplo de esas opciones de acción política son las demandas judiciales contra las personas e instituciones que simplemente se niegan a aceptar y aprobar sus conductas. Como particular, cada uno debe tener la libertad de relacionarse con quien quiera, y si en mi negocio privado no quiero atender a cierto grupo de personas, estoy en mi derecho de hacerlo, siempre que con ello no les provoque daño, al menos inminente. El problema surge cuando los grupos de defensores de los homosexuales proponen que esa libertad básica no se aplica a quienes no aprueban las relaciones entre personas del mismo sexo, y así nos encontramos con las sentencias contra el pastelero o el fotógrafo que se negaron a prestar sus servicios para una “boda gay”.

Son este tipo de situaciones las que retrasaron la aprobación de la ley contra la discriminación en Chile, y convirtieron la tramitación de un proyecto de ley perfectamente razonable en principio, en una contienda entre el lobby gay y las Iglesias evangélicas, disputa que sólo se pudo superar en definitiva con la muerte de un joven homosexual a manos de un grupo de desquiciados. ¿Es esta la serenidad a la que aspiramos en la sociedad? ¿No es justificado nuestro temor de que esta nueva ley se convierta en un nuevo foco de permanentes conflictos?

En cambio, la paz que nos ofrecen los homosexualistas es diferente. Ellos pueden obtener cada uno de los privilegios del matrimonio por otras vías, pero no se detendrán hasta que todos aprueben “su” idea de matrimonio. Esto denota que lo que buscan no es casarse, sino que nosotros, los cristianos, aprobemos su estilo de vida, y que todo el que se atreva a pensar siquiera que puede haber algo desordenado en las relaciones homosexuales, sea rápidamente castigado y estigmatizado.

Y esa es la receta para un conflicto permanente, y que cada vez escalará más, porque nuestro beneplácito no lo van a obtener. No se pude editar el Catecismo de la Iglesia Católica para censurar aquellas partes que hablan de la homosexualidad; ni se pueden prohibir o alterar las condenas expresas de la Biblia a estas conductas; ni se puede acallar a los predicadores evangélicos que se paran en las esquinas, ni a los obispos que deben prevenir a los fieles sobre los pecados que se tratan de pasar por conductas socialmente aceptables.

Pueden intentarlo, claro, y lo han estado haciendo en varios países, pero si la historia es algún tipo de antecedente, es más seguro decir que los cristianos seguirán existiendo, y los Estados que se alzan contra ellos serán los que pasarán a la historia.

¿Qué prefieres? ¿La serenidad o la guerra?

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Categorías:Política y derecho
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