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El matrimonio, la gracia y el pelagianismo político

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¿Será una mera casualidad que en la Biblia, las infidelidades del Pueblo Elegido, o aún de los Cristianos en el Apocalipsis sean denotados sexualmente?

“Fornicación”, “Prostituta”, “Ramera”, “Infidelidad”.

No, claro que no es una causalidad. El matrimonio es consustancial al cristianismo y es imposible no notar que las metáforas maritales están presentes en cada uno de los libros de la Biblia, desde los matrimonio de los patriarcas, pasando por el Cantar de los Cantares y los Salmos, hasta las bodas de Caná. De hecho, como todo buen libro romántico, la Biblia se inicia con la historia de una pareja, y termina con un matrimonio, Las Bodas del Cordero, que es el tema del Apocalipsis.

En ese mismo contexto, la historia de la salvación está relatada a través de una serie de alianzas que Dios celebra con la humanidad, y naturalmente cuando los hombres no están a la altura de esa relación, el reproche por la traición a la alianza se expresa en términos de adulterio e infidelidad.

Continúa nuestro comentarista:

¿Y es, al menos en términos generales, posible practicar la castidad hasta y durante el matriminio, sin la ayuda de la Gracia…? Aunque, eventualmente se “caiga”. Como supongo que en muchos que lo intenten, pueden haber “caídas”, ¿la idea sería entonces, revolquémonos en el piso?

Aquí la solución es más dudosa, pero también me inclino por la negativa. Muchos esposos han descubierto el verdadero sentido del Padrenuestro, reflexionando sobre la petición de “no nos dejes caer en tentación”, precisamente a propósito de honrar la castidad de su estado de vida.

No sé si será imposible practicar la castidad sin la gracia, porque no lo he intentado, pero no tengo dudas que, como siempre, es una enorme ayuda.

También se pregunta:

¿La moral católica sin la Gracia, es practicable…?

¿Y puede haber Gracia sin oración y demás medios discernidos por la Iglesia a lo largo de siglos?

En este caso, la respuesta es un “no” más seguro. Proponer un comportamiento ético sin necesidad de la gracia es el fundamento del pelagianismo, doctrina herética condenada por la Iglesia como tal, y que sin embargo tiene gran fuerza en el modo moderno de pensar.

De hecho, el pelagianismo es la base del “ambiente cultural” en que vivimos actualmente. Suponemos que existe un amplio consenso en ciertas materias, como el no matar, no robar, no discriminar y cosas así; esperamos que todos adhieran a esas regulaciones y castigamos severamente a los que no se conforman a esta expectativa. Pero cuando alguien pregunta por qué existen estas normas, la respuesta es un completo silencio.

“Es que la constitución…” dicen algunos, pero todas las constituciones se cambian, según la mayoría de turno; “Bueno, el pacto social…” se imaginan otros, pero nadie cree que eso exista en realidad; “Entonces, la comunidad internacional debe…” comienzan unos más allá, pero tampoco parece que el mero grupo de burócratas que viven a expensas de la ONU tenga alguna autoridad moral.

Por ejemplo, fíjate en el caso de los políticos: en todos los países (donde se permite la crítica), una de las grandes demandas del movimiento social o “indignados” apunta a la corrupción del sistema político. Todos queremos que nuestros representantes sean probos, ecuánimes en sus decisiones públicas, inmaculados en el uso de los dineros fiscales, verdaderos santos seculares. Sin embargo, también queremos esto sin que ellos tengan o expresen ningún tipo de convicción trascendente, ética o religiosa, y sobre todo que no nos impongan ninguna idea al respecto. Dicho de otro modo, todos queremos que nuestro políticos sean honestos, pero sin tener ninguna buena razón para ello. ¿Cómo es posible esta incoherencia? Porque el pueblo que tiene esta expectativa ya opera bajo la herejía pelagiana, que supone que es posible manifestar virtudes cristianas, sin necesidad de la gracia que se dispensa a través de los sacramentos y la oración.

Esa misma mecánica se manifiesta en el ámbito privado, donde se pide a los empresarios un comportamiento ético y socialmente responsable, pero al mismo tiempo se les dice que no deben tener otra motivación que el afán de lucro.

Me adelanto, en todo caso, a las críticas de los escépticos, que siempre que hablo de estas cosas entienden que sólo el religioso es ético y que sería imposible comportarse moralmente si no se hace una profesión expresa de fe católica y apostólica. No se trata de eso.

Muchas personas pueden ser muy buenas, escépticos, creyentes no comprometidos o creyentes devotos. Lo que sostengo es que los seres humanos somos muy propensos a racionalizar nuestros deseos para ceder a las tentaciones, y por lo tanto, cuando llega el momento en que podemos actuar éticamente mal, y con pocas posibilidades de ser atrapados o perjudicados por ello, la mayoría cederá a ese impulso. Si alguno duda al respecto, lo refiero a observar el comportamiento de los chilenos luego del terremoto del 27 de febrero, que en cuanto vieron que algunos saqueaban los supermercados para obtener bienes de primera necesidad, rápidamente comenzaron a robar lavadoras, televisores, reproductores de DVD y esas cosas.

Mi punto es que en esas situaciones límites es mejor tener buenas razones para comportarse éticamente, que no tenerlas, y que los creyentes tienen esas razones, y los escépticos no.

En fin, creo que nos hemos apartado del comentario original, pero son temas interesantes.

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Categorías:Matrimonio
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