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La Biblia al pie de la letra, por A.J. Jacobs

Hace unos días me he encontrado con la edición en español de este libro, originalmente titulado “The Year of Living Biblically”. El autor es un periodista gringo, agnóstico de familia judía, que se propuso seguir literalmente las reglas de la Biblia por un año y registrar sus aventuras intentando vivir en el Nueva York moderno, según todos los mandamientos dictados hace miles de años.

No recomiendo comprarlo, pues lo encontré caro y de escaso valor más allá de la anécdota, pero si les interesa la humorada, en este video (con subtítulos en español) pueden encontrar un muy buen resumen de la premisa y de sus conclusiones. Desde ya les adelanto que permaneció agnóstico, pero evalúa muy positivamente el comprender mejor a los creyentes y haber encontrado un inesperado aprecio por sentimientos propiamente religiosos, como la necesidad de los rituales, la forma como tu comportamiento cambia tu forma de pensar, y la importancia de la gratitud para llevar una vida feliz.

Sin embargo, la conclusión que el autor considera más relevante apunta a que la Biblia contiene una mezcla de reglas convenientes y otras no tanto, y que por lo mismo, siempre es necesario escoger y quedarnos con aquellas partes que son buenas y enriquecedoras, como la compasión o amar a tu vecino, y deshacernos de las malas, como que la homosexualidad sea pecado, o la intolerancia. Dicho de otro modo, luego de vivir según todas las reglas, concluyó que todas las religiones escogen aquellas partes del texto que se acomodan a sus ideas previas, y desechan las que no les convienen.

A pesar de que el libro se plantea en términos medio humorísticos y al parecer bastante respetuosos, en el fondo hay un cuestionamiento a los creyentes y a la religión en general, que puede llegar a ser serio, y que no sólo apunta a la conversación con los escépticos, sino también a uno de los temas centrales en el debate entre católicos y protestantes, cual es el de la autoridad.

Primero, debemos reconocer que el autor del libro tiene en mente un tipo de cristiano muy particular, que ni siquiera se remonta a la reforma protestante, sino que apareció recién en la segunda década del S. XX, como reacción a la teología liberal que se extendía por los países europeos en esa época. Estamos hablando del fundamentalista gringo, que se aferra a la premisa protestante de Sola Scriptura, al punto de rechazar todo aquello que no aparezca explícitamente condenado o permitido en la Biblia.

Para los ateos y agnósticos modernos, que muchas veces comparten el mismo origen con sus primos fundamentalistas, es muy fácil enfocar sus ataques en esta forma especial de cristianismo, porque es el único que conocen y porque se presta para el tipo de lecturas absurdas como las que abundan en el libro de A. J. Jacobs. Así el esfuerzo de este tipo de lecturas se enfoca en mostrar que es absurdo sostener que sea pecado el cortarse la barba, por lo que será igualmente absurdo o antojadizo decir que la homosexualidad es pecado. Otro ejemplo de lo cómodo que se sienten los escépticos conversando con sus primos fundamentalistas, son las grandes cantidades de textos destinados al debate con los creacionistas, cuando es evidente que el Génesis debe ser interpretado (como ya lo decía San Agustín) y no se ve la necesidad de una contradicción entre el texto bíblico y la verdad científica.

El error en que incurren tanto escépticos como fundamentalistas es pensar que, por ser “Palabra de Dios”, la Biblia es un libro que ha caído del cielo. De este equivocado concepto surgen otros, como que el cristianismo es la religión que surgió producto de aplicar las enseñanzas de la Escritura, o que en ella se contiene todo lo que uno necesita para seguir a Jesús como Él lo hubiera querido. En realidad, es un hecho histórico que cada uno de los libros que componen la Biblia fueron escritos en una época y lugar determinados y para ser leídos en el contexto de una comunidad de personas que era conocida para su autor. El hecho de que seamos nosotros los que leemos cada libro, y no el grupo particular al que fue dirigido originalmente, es lo que explica que, a veces, los resultados de la interpretación literal que hace cada uno puedan resultar ridículos.

Ha sido la propia insistencia de los protestantes en la supremacía de la Escritura como única fuente de conocimiento religioso, lo que ha terminado por asentar en toda nuestra cultura occidental una profunda desconfianza hacia todas las religiones, bajo la errada conclusión de que cualquier cosa se puede justificar en base a una interpretación bíblica. Es una situación lamentable, a la vez que una gran ironía, donde todos los cristianos compartimos parte de la responsabilidad.

Para corregir estos errores, y todavía sostener la validez de la religión fundada en NSJC, es necesario reafirmar el carácter histórico del cristianismo, que nos remite al hecho único de la encarnación, y que en particular implica reconocer que la nuestra no es la religión que surgió de la Biblia, sino que, al contrario la Biblia es el libro que surgió de los cristianos, cuando acogieron estos libros en su liturgia, proclamando que eran “Palabra de Dios.

Así, cualquier interpretación que se haga fuera de la Iglesia produce resultados excéntricos, en su sentido etimológico, es decir, fuera de su centro, y por lo mismo la Iglesia conserva la autoridad para interpretar auténticamente la Sagrada Escritura. Esto es así, no porque aparezca en la Biblia o lo diga la propia Iglesia, pues en ese caso estaríamos ante un argumento circular, sino por el innegable hecho histórico de que primero hubo una comunidad de creyentes que seguía a NSJC, y fueron ellos los que, a través de su vida litúrgica, decidieron cuáles libros serían tenidos como inspirados por Dios. Lo mismo se puede decir de los libros del Antiguo Testamento y su interpretación en el contexto del Pueblo de Israel.

Por otro lado, también existe el extremo opuesto que debemos evitar, que nos llevaría a someter la Biblia en todos sus mandamientos a las exigencias de los tiempos modernos. El cristianismo enseña que la plenitud de los tiempos ocurrió hace 2000 años, y que por lo tanto nada se ha de corregir o agregar a lo realmente enseñado. Eso introduce una tensión en intentar determinar cuál es el sentido verdadero y profundo de lo que se reveló hace tanto tiempo, pero nunca podríamos llegar decir que las doctrinas de los apóstoles han quedado obsoletas.

Así, cuando la Iglesia afirma que las leyes de la Antigua Alianza han sido consumadas en Cristo, ella misma conserva la autoridad para distinguir, y enseñar que ya no estamos obligados a honrar el sábado o a dejarnos crecer la barba, pero no por eso ahora es lícito asesinar a otros o faltar al honor debido a nuestros padres.

Puede tener valor humorístico el tratar de vivir según algunas de las reglas impuestas por Dios a los israelitas hace cuatro mil años, y ciertamente que desde un punto de vista periodístico es más atractivo que las exposiciones de los teólogos auténticos, pero en definitiva no va más allá de la anécdota y una crítica a ciertas formas particulares de cristianismo.

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  1. 30/04/12 en 10:29 pm

    Justo hoy subí un post sobre las tres biblias que consulto. No tiene que ver con el experimento de este post tuyo, pero me llamó la atención.

    Seguir la Biblia a la pata de la letra es agobiante en el tema de costumbres del tiempo de Moisés. ¡Es tan liberador eso de “mata y come” que vio san Pedro en su visión.

    Saludos, Pato

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