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La probabilidad de un milagro

El breve relato de un hecho extraordinario, que quise compartir en la entrada anterior ha provocado una inesperada (al menos para mí) reacción de los escépticos residentes de Infocatólica. Uno de los comentarios señala:

Por tanto, estimado Pato, nos faltan demasiados datos para que podamos decir algo concluyente y ante este tipo de situaciones lo mas razonable es optar por la conclusion mas logica y nada milagrosa, un cumulo de circunstancias indujeron a dar por muerto a quien realmente no lo estaba. Mira que soy generoso y descarto el engaño o mala fe de los que cuentan el suceso.

¿Es esa la conclusión más lógica y razonable? Dado que ateos y creyentes llegan a conclusiones opuestas, y ambos se precian de ser razonables y lógicos, para responder esta pregunta se hace necesario analizar el proceso que cada uno emplea para llegar a su respuesta.

Comencemos con el escéptico. Normalmente esta posición se basa en la doctrina materialista, que parte de la base de que todo lo que existe es materia o energía, y niega la existencia de todo ser sobrenatural. Dado este supuesto, y por necesidad lógica, cualquier hecho que pueda atribuirse a la intervención de un ser sobrenatural, simplemente no puede existir, o, dicho de otro modo, un milagro tiene una posibilidad de 0, siempre y en toda circunstancia. Luego, ante un reporte de este tipo de eventos, buscamos explicaciones que justifique ese reporte y a la vez sean compatibles con nuestra visión del universo, como que se nos esté mintiendo, que se haya incurrido en un error al informar alguno de sus aspectos.

Lo interesante es que el materialista no necesita evaluar las supuestas pruebas que se le presentan, ni contar con evidencias de sus explicaciones alternativas. Su filosofía ya le ha dado la respuesta sobre la cuestión de los milagros (“la probabilidad es 0”) y cualquier dato que se le aporte será necesariamente rechazado, por incoherente con su visión del mundo. Esta es una respuesta razonable y lógica… en un universo materialista.

En cambio, el creyente no tiene esa barrera filosófica, admite que existe un dios todopoderoso, y que por lo tanto la intervención sobrenatural es una posibilidad real, por improbable que ella sea. Es por ellos que, ante la noticia de un evento extraordinario, no se puede recurrir una respuesta única.

Por otro lado, aún para el creyente, un milagro es algo muy inusual, que sólo puede afirmarse cuando se han descartado otras hipótesis más probables, y por eso el examen de la evidencia necesariamente ha de comenzar por proponer explicaciones alternativas, asignarles una probabilidad y evaluarlas en su conjunto o separadamente.

Por ejemplo, y sin entrar a un análisis estadístico, podemos decir que a priori la hipótesis “mentira” tiene una probabilidad base de un 50%, porque sin saber más datos de la persona alguien puede decir la verdad con la misma facilidad que puede no hacerlo. Sin embargo, luego se debe proceder a evaluar los otros datos que se tienen, como que la fuente del relato es una persona conocida y respetada en su comunidad y es ministro de una religión que hace de la mentira un pecado mortal, y que no gana nada con relatar esto. Y todo esto hace bajar la probabilidad de que estemos frente a un engaño.

También podemos ponderar la posibilidad de un error al diagnosticar la muerte. Lo razonable, dado que los signos de muerte son claros y generalmente conocidos, la probabilidad base es baja (digamos un 10%), pero además existen otros factores, que hacen bajar mucho más esa posibilidad, como que en este caso el afectado no estaba en una choza de un chamán perdido en la selva, sino que se encontraba rodeado de especialistas y de la última tecnología para revivirlo.

Asignada que sea una probabilidad a ambas explicaciones alternativas, el creyente sólo tiene que compararla con la de una intervención sobrenatural, que puede ser muy baja, pero si todavía es superior a alguna de las explicaciones alternativas –en este caso consideradas aisladamente porque son incompatibles entre sí–, es razonable y lógico decir “estamos ante un milagro”.

¿Se fijan? Ambas conclusiones pueden ser lógicas y razonables, y a la vez ser contradictorias, porque partimos de supuestos filosóficos diferentes. Cuando se trata de un milagro, la respuesta del escéptico obedece a los principios de su filosofía; la del creyente, a la evidencia que se le presenta.

Tener clara esta distinción nos evita discusiones estériles, como cuando se dice “si tu milagro fuera más milagroso, lo creería”. Que no basta con que el sol haya bailado en fátima, atestiguado por un periódico comunista, además tiene que haber sido captado el fenómeno por los astrónomos; no basta con que un muerto haya vuelto a la vida, además tiene que ponerse a bailar; no basta con que un grupo de curas haya sobrevivido a la bomba atómica, hay que revisar las paredes del convento para ver si era la única construcción con plomo en toda el área.

El problema no es la evidencia, son los principios.

Cabe agregar que, para un creyente la discusión no está cerrada ni de lejos. Puede que el testigo que se hace pasar por cura sea en realidad un sinvergüenza, o que haya una condición médica capaz de inducir a un error sobre la muerte a todo un equipo de profesionales especialistas en la materia, y la influencia que cada una de esas posibilidades tenga en nuestra conclusión nos haga cambiar de opinión. Sobre lo que no hay duda es que esa es una conversación entre creyentes, y que con un escéptico materialista es ocioso debatir sobre evidencia, o si ésta es más o menos contundente, porque en su universo la probabilidad de un milagro simplemente no existe.

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Categorías:Escépticos
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