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El buen comer y el buen sexo

En la entrada anterior, un visitante comparó el mantener relaciones sexuales sólo por placer, al comer sin control, lo que degenera en el pecado de la gula, a lo que otro visitante, al parecer católico, comentó:

La comparación sexsualidad-alimentación es francamente lamentable y bastante hipócrita. De otro modo, debe de ser usted la única persona que conozco que cuando celebra un ágape con familiares o amigos lo hace exclusivamente en orden a satisfacer una necesidad vital de alimentación.

Y un tercero, de convicción atea o agnóstica, le contestó:

Yo creo que establecer un paralelismo entre sexualidad y alimentación es muy acertado. Ambas son funciones fisiológicas, también desempeñadas por los animales, pero que el hombre ha elevado a un plano más alto y las ha imbuido de un significado más profundo. Excepto los cristianos fundamentalistas, claro. Ellos pueden ver la fraternización en una comida pero no el amor en el sexo. En el sexo sólo ven reproducción.

Me pareció un intercambio interesante, porque efectivamente hay una comparación que es válida entre la función sexual y la nutrición, y que toma en cuenta cada uno de los aspectos que mencionan nuestros lectores.

Partamos por constatar que ambas son funciones principalmente biológicas, por lo tanto forman parte de nuestros instintos, y se encuentran asociadas a respuestas de placer y repulsión en un nivel muy básico de nuestro comportamiento.

Pero tan cierto como lo anterior es que en el ser humano, estas funciones han sido “elevadas a un plano más alto y se las ha imbuido de un significado más profundo”, como dice nuestro postrer comentaristas, y los cristianos no tenemos ningún inconveniente en reconocerlo. Así, en el hombre la nutrición se ha convertido en una ocasión de fraternizar con nuestros semejantes, a través del placer común y la comunión que proviene de la compartir los alimentos; y de igual modo el sexo en el ser humano ha trascendido su original función reproductiva e instintiva para llegar a convertirse en una forma de unión única y especial.

Tenemos entonces que tanto en la sexualidad como en la alimentación convive una base biológica sobre la cual se construye (milagrosamente) una significación verdaderamente humana. Algunos de nuestros comentaristas, sin embargo, distorsionan la posición católica al sostener que, cuando la Iglesia rechaza los anticonceptivos, en el fondo pide que nos enfoquemos en el aspecto fisiológico, e ignoremos el vínculo de unión que provoca la actividad sexual. Esta falsa percepción de la enseñanza cristiana se ve reflejado cuando se nos reprocha lo absurdo que resulta celebrar un ágape exclusivamente para satisfacer las necesidades de nutrición, apuntando a que sería igualmente absurdo e in-humano procurar del sexo sólo la reproducción.

Por el contrario, la Iglesia Católica enseña que debemos reconocer y ampara ambos aspectos de la sexualidad, procreativo y unitivo, sin detrimento de ninguno de ellos, porque ambos son queridos por el creados. Así, cuando el magisterio se opone a la anticoncepción lo hace precisamente para evitar que la parte biológica llegue a separarse del aspecto espiritual y propiamente humano del acto conyugal. En este sentido, usar métodos anticonceptivos sería como invitar a un gran banquete a los amigos, disfrutarlo, y luego, cuando ya no podemos comer más, inducir el vómito para evitar la sensación de saciedad y los malestares que provienen de abusar de las funciones fisiológicas, como la sensación de saciedad y el sobrepeso. De hecho, esto es precisamente lo que hacen las personas que sufren de bulimia, condición que correctamente se encuentra catalogada como una enfermedad.

Cuando sólo procuramos el placer que proviene de la actividad sexual, como ocurre en las conductas promiscuas, o establecer el vínculo emocional, en el caso de una pareja estable, pero al mismo tiempo evitamos artificialmente las consecuencias naturales de esa conducta, estamos actuando con el mismo referente mental que una persona que sufre de bulimia. En el fondo abusamos de algo que es bueno y necesario, separándolo de su fundamento, para convertirlo en otra cosa, una herramienta que egoístamente nos sirva sólo de la forma que nosotros queremos.

Esta analogía entre el buen comer y el buen sexo también nos sirve para apreciar la diferencia entre los métodos anticonceptivos y recurrir a los ciclos naturales del cuerpo para espaciar el nacimiento de los hijos. En efecto, cuando preguntan “¿qué diferencia hace usar uno u otro, si el resultado es el mismo?”, a lo que respondemos que no siempre es bueno enfocarse sólo en el resultado para saber si ambos métodos son equivalentes. Por ejemplo a veces es necesario adelgazar, y para eso debemos hacer dieta, dejar de comer ciertas cosas que nos gustan, y precisamente por eso nos exige mucho esfuerzo. Es cierto que también podríamos adelgazar comiendo normalmente y luego induciéndonos el vómito, pero a nadie se le ocurriría pensar que ese tipo de comportamiento puede ser sano y recomendable.

En breve, Usar el método natural equivale a hacer dieta, porque implica privarnos temporalmente de algo que normalmente es bueno, en pos de un bien mayor; en cambio, impedir la procreación por métodos artificiales, es igual que comer hasta hartarnos, y luego vomitar para evitar engordar.

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Categorías:Sexualidad
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