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Por un plato de lentejas

Un par de meses atrás, los líderes de las Iglesias católica, ortodoxa y evangélica, concurrieron al Palacio de Gobierno para entregar al Presidente una misiva, donde reafirmaban la enseñanza cristiana tradicional sobre el matrimonio, y rechazaban la legalización de las uniones de hecho que promueve actualmente el Ejecutivo.

La posición que adoptó Monseñor Ricardo Ezzati, al participar en esta declaración provocó las críticas de algunos hermanos en el blog Territorio Abierto, que sentían que no les representaba.

En lo central, el artículo expresa:

Tememos que la carta de nuestros pastores deja fuera a personas que, optando por la fidelidad a lo que naturalmente sienten como verdadero, encarnan la diversidad que toda sociedad democrática debiese acoger y respetar. Valorar sólo algunas manifestaciones de la naturaleza y tildar otras como errores o desviaciones es justamente no reconocer “lo que la naturaleza nos enseña acerca del amor humano, la vida y la familia”, cuya principal y más evidente característica es la diversidad.

Hice varios comentarios en aquella página, intentando comprender cuáles eran los pasos que, en su opinión, debía emprender la Iglesia para “acoger y respetar”. Al cabo de conversación, me queda la impresión que los autores son personas profundamente preocupadas por hacer que la Iglesia Católica tenga una actitud tolerante hacia personas que hasta ahora han sufrido injustas discriminaciones.

Es natural que, al encontrarnos ante una situación injusta, sintamos la necesidad de apoyar a la víctima, y de ayudarla a obtener una compensación por su dolor. Esto no es más que la manifestación de una conciencia moral bien formada y una empatía básica hacia el sufrimiento del prójimo. En este sentido, la actitud de los autores del blog es comprensible, y hasta loable, pues da cuenta de un corazón bien puesto y abierto al sufrimiento de los demás, tal como nos pide NSJC. El problema se produce, creo yo, cuando empezamos a pensar qué puedo hacer para reparar esa injusticia, o para apoyar a las víctimas en una legítima aspiración.

En el caso del “matrimonio homosexual” y las uniones de hecho, es particularmente grave, porque lo que se nos pide no es un aspecto marginal de la doctrina, sino que ataca a uno de los centros de la fe y la moral cristianas. ¿Podemos renunciar a la verdad biológica, y dejar de enseñar que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados? ¿O tal vez hacemos de los jerarcas nuestro chivo expiatorio, y decimo “nosotros no, ellos son los malos”? ¿Podemos decirles que se casen y así se sentirán acogidos? ¿O dejamos de hablar de la castidad como una virtud, para que no sientan que los estamos juzgando?

Ante estas preguntas, me viene a la mente el famoso episodio en que Jacob compró la primogenitura de su hermano Esaú por un plato de lentejas.

Los católicos tenemos una doctrina maravillosa que ha iluminado el desarrollo de occidente por miles de años ya, una enseñanza recibida de Cristo y que hemos conservado y desarrollado orgánicamente bajo la guía del Espíritu Santo para dar luz a conceptos tan fundamentales como la dignidad de la persona, la justa relación entre Iglesia y Estado, la igualdad de la mujer, el respeto irrestricto a la vida, etc. Sin embargo, por el equivalente a un plato de lentejas, que es el hacer “más tolerante” a la Iglesia, muchos están dispuestos a vender su primogenitura, aquello que por derecho y deber nos corresponde conservar, y nos piden que nos olvidando que el matrimonio no es solo celebración del amor mutuo entre dos, sino mucho más, es signo de la relación entre Cristo y la Iglesia, es la puerta de la familia cristiana, templo de la castidad, y mucho más.

No me cabe duda que las lentejas que Jacob cocinó para Esaú ese día sabían excelente, que en su momento, con hambre y cansancio debe haber estado deliciosas, y que en ese momento ser el primogénito de Abraham –un anciano pastor desterrado– no parecía gran cosa (hasta puede que haya sido un bajo precio por ese plato), pero a largo plazo la primogenitura era signo de la bendición de Dios, y eso es algo que nunca deberíamos despreciar.

De igual forma, nada malo hay con la igualdad y la tolerancia hacia los homosexuales, pero si el precio a pagar es olvidarnos de Dios y su verdad, nuestra respuesta siempre debe ser un “no”, claro y cariñoso.

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Categorías:Matrimonio
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