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Herejes como Dios manda

Leyendo la hermosa profesión de fe que deben emitir los llamados a ejercer un oficio en nombre de la Iglesia, en el blog La Puerta de Damasco, me ha surgido la necesidad de dejar aquí algunas notas acerca del concepto de herejía, pues lamentablemente se hace cada vez más necesario hablar con precisión respecto al tema. No soy especialista en derecho canónico, que es la disciplina encargada de explicar estas materias, pero espero que la preparación jurídica general me permita entregar al menos una información introductoria al tema.

A juzgar por las notas etimológicas, los autores cristianos fueron los primeros en usar la denominación de herejía para referirse a un error doctrinal, a partir del vocablo griego que se ha transliterado como hairesis, y que significa elegir, dividir o escoger. Esto es apropiado, pues el hereje no ha rechazado toda la doctrina cristiana (caso en que correspondería acusarlo de apóstata), sino que se limita a elegir un dogma en particular, una parte de la doctrina, y negarlo.

Los profesores de la Real Academia Española indican que herejía es un “Error en materia de fe, sostenido con pertinacia”, con lo que agrega un nuevo elemento, a saber, la pertinacia en el error, al que volveremos más tarde.

Sobre la Herejía también enseñó Santo Tomás de Aquino, en la Segunda Sección de la segunda parte de la Suma Teológica, referida a las virtudes, y entre ellas a la fe, en el artículo 1 de la cuestión 11, donde indica.

Quien profesa la fe cristiana tiene voluntad de asentir a Cristo en lo que realmente constituye su enseñanza. Pues bien, de la rectitud de la fe cristiana se puede uno desviar de dos maneras. La primera: porque no quiere prestar su asentimiento a Cristo, en cuyo caso tiene mala voluntad respecto del fin mismo. La segunda: porque tiene la intención de prestar su asentimiento a Cristo, pero falla en la elección de los medios para asentir, porque no elige lo que en realidad enseñó Cristo, sino lo que le sugiere su propio pensamiento. De este modo es la herejía una especie de infidelidad, propia de quienes profesan la fe de Cristo, pero corrompiendo sus dogmas.

En negrita (nuestra, desde luego) aparece la definición de herejía que nos entrega el Doctor Angélico, pero en breve, el resto del párrafo dice que si uno dice seguir a Cristo y lo hace, es cristiano; pero si dice seguir a Cristo, y en realidad sigue “lo que sugiere tu propio pensamiento” es hereje. Muchos dicen “sigo a Cristo” pero no están dispuestos a hacerlo si Cristo enseña algo que a su conciencia les parece intolerable, como por ejemplo, cuando llama injustificable a todo aborto, o nos pide permanecer en un matrimonio con un marido abusivo. Ahí es cuando probamos si realmente seguimos a Cristo o nos apenas seguimos a nuestra conciencia, y a Cristo cuando está de acuerdo con nosotros.

Con todo, al parece la Iglesia no quiere que andemos por la vida acusando de hereje a cada bautizado que opina algo contrario a la fe. El Código de Derecho Canónico indica:

751 Se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma; apostasía es el rechazo total de la fe cristiana; cisma, el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos.

752 Se ha de prestar un asentimiento religioso del entendimiento y de la voluntad, sin que llegue a ser de fe, a la doctrina que el Sumo Pontífice o el Colegio de los Obispos, en el ejercicio de su magisterio auténtico, enseñan acerca de la fe y de las costumbres, aunque no sea su intención proclamarla con un acto decisorio; por tanto, los fieles cuiden de evitar todo lo que no sea congruente con la misma.

Si desglosamos el canon 751 en sus elementos, nos queda algo así:

  1. Negación pertinaz de una verdad: No sería hereje quien niega una verdad por ignorancia, por un momento de debilidad, por un condicionamiento cultural o por un ejercicio académico. Antes de acusar de hereje a una persona, debemos asegurarnos que conoce la gravedad de su acción.
  2. Después de recibido el bautismo: Lo que decíamos arriba, es decir, sólo se aplica a los cristianos.
  3. Que ha de creerse con fe divina y católica: Copié el canon 752 para que quedara en claro que en la religión católica existen verdades de diferente grado. La herejía sólo se aplica a quien niega este particular grupo de verdades.

La siguiente pregunta lógica es, sin duda, cuáles son esas verdades, y para responderla, contamos con un maravilloso documento emitido por la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF, para los amigos), llamado Nota doctrinal ilustrativa de la fórmula conclusiva de la Professio fidei y publicado en  L’Osservatore Romano del 30 de junio – 1 de julio de 1998, “con el propósito de explicar el significado y el valor doctrinal de los tres apartados conclusivos, que se refieren a la calificación teológica de las doctrinas y del tipo de asentimiento pedido a los fieles”. ¿No es estupendo tener una Iglesia que pueda hablar de estas cosas con autoridad?

La profesión de fe a la que hacíamos referencia en un principio, comienza con el famoso credo Niceno Constantinopolitano, que es bastante básico en lo que se refiere a todo este asunto de “ser católico”. Quiero decir, si uno cree que Jesús es un profeta judío itinerante, y no “Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho” y todo eso, se vería bastante ridículo poniendo en su currículum que es teólogo católico ¿no es cierto?

Lamentablemente hay algunos católicos que sinceramente creen que ser católico implica poder recitar el credo sin mentir, que más allá de sus fórmulas, todo es un territorio abierto, y que cualquier opinión es respetable. Por eso la profesión de fe no se agota con el credo, sino que continúa con otras tres proposiciones, que la nota de la CDF se encarga de explicar.

La primera proposición, luego del símbolo niceno, dice:

Creo, también, con fe firme, todo aquello que se contiene en la Palabra de Dios escrita o transmitida por la Tradición, y que la Iglesia propone para ser creído, como divinamente revelado, mediante un juicio solemne o mediante el Magisterio ordinario y universal

La CDF explica que “estas doctrinas requieren el asentimiento de fe teologal de todos los fieles. Por esta razón, quien obstinadamente las pusiera en duda o las negara, caería en herejía, como lo indican los respectivos cánones de los Códigos canónicos”. Dicho de otro modo, esta categoría de verdades se aplica la definición del cánon 751, y la sanción de excomunión latae sententiae del canon 1364.

Luego da ejemplos de las doctrinas incluidas aquí: los artículos de la fe del Credo; los diversos dogmas cristológicos y marianos; la doctrina de la institución de los sacramentos por parte de Cristo y su eficacia en lo que respecta a la gracia; la doctrina de la presencia real y substancial de Cristo en la eucaristía y la naturaleza sacrificial de la celebración eucarística; la fundación de la Iglesia por voluntad de Cristo [uno de mis temas favoritos]; la doctrina sobre el primado y la infalibilidad del Romano Pontífice; la doctrina sobre la existencia del pecado original; la doctrina sobre la inmortalidad de alma y sobre la retribución inmediata después de la muerte; la inerrancia de los textos sagrados inspirados; la doctrina acerca de la grave inmoralidad de la muerte directa y voluntaria de un ser humano inocente.

Así que si Ud. anda por ahí, explicando que NSJC no supo toda su vida que era Dios Todopoderoso, o que no quiso fundar una Iglesia, o que un aborto se justifica por una violación o por peligro para la vida de la madre, haría bien en consultar a su sacerdote si le corresponde confesarse por herejía. Le aseguro que al menos la conversación será interesante.

La segunda proposición de la profesión de fe señala:

Acepto y retengo firmemente, asimismo, todas y cada una de las cosas sobre la doctrina de la fe y las costumbre, propuestas por la Iglesia de modo definitivo

Y la nota de la CDF precisa a este respecto que “Todo creyente, por lo tanto, debe dar su asentimiento firme y definitivo a estas verdades, fundado sobre la fe en la asistencia del Espíritu Santo al Magisterio de la Iglesia, y sobre la doctrina católica de la infalibilidad del Magisterio en estas materias. Quién las negara, asumiría la posición de rechazo de la verdad de la doctrina católica y por lo tanto no estaría en plena comunión con la Iglesia católica.

La diferencia es sutil. Antes teníamos verdades que se debe creer porque han sido reveladas por Dios, ahora tenemos que estas deben creerse porque el Espíritu Santo prometió asistir al Magisterio de la Iglesia. En este segundo apartado también estamos ante verdades definitivas, pero la diferencia es la razón para tenerlas por tales.

Una segunda diferencia con las verdades del primer apartado –que comprenden el credo y la revelación– es que no podríamos llamar “hereje” a quien no las acepte, aunque todavía estaríamos bajo la obligación del canon 752 de prestar “un asentimiento religioso del entendimiento y de la voluntad”. Por eso decíamos más arriba que la Iglesia quiere que seamos muy específicos cuando acusamos a alguien de ser hereje.

Ejemplos de este segundo tipo de verdades, siguiendo la nota de la CDF, son la infalibilidad papal antes de su proclamación como dogma, a ilicitud de la prostitución y de la fornicación, ciertos eventos históricos (como la legitimidad de la elección del Papa), o la ordenación sacerdotal reservada sólo a los hombres (Si me disculpan un momento, tengo una hoguera que apagar, por ahora). Ahora bien, que estos cristianos no sean herejes, no significa que esté todo bien; Estas verdades son tan definitivas como las del apartado anterior, y quien no las acepte no está en comunión con la Iglesia, y por lo tanto no podría, por ejemplo, comulgar de buena fe.

Finalmente, la tercera proposición concluye:

Me adhiero, además, con religioso obsequio de voluntad y entendimiento, a las doctrinas enunciadas por el Romano Pontífice o por el Colegio de los obispos cuando ejercen el Magisterio auténtico, aunque no tengan la intención de proclamarlas con un acto definitivo.

Las verdades que pertenecen a este grupo, a pesar de no ser definitivas, todavía demandan el asentimiento del creyente (de otro modo no tendría sentido incluirla en una profesión de fe), y comprenden enseñanzas propuestas por el Magisterio ordinario, pero de una forma no definitiva y cuyo grado de adhesión varía según la intención manifestada por el Magisterio. Como se ve, el contenido de esta tercera categoría es bastante variable, y la nota de la CDF no entrega ejemplos concretos. La oposición a estas verdades no rompe la comunión con la Iglesia, pero quien hace la profesión de fe no podría sostener que las proposiciones contrarias es aceptable y ni enseñarlas como tales.

Ok, por ahora esto es lo que ha arrojado mi pequeña investigación acerca del cargo de herejía.

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