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La irrupción de los laicos

Un lector ha llamado nuestra atención hacia el libro “Iglesia en Crisis: La Irrupción de los Laicos”, lanzado a inicios de Agosto en Chile, que reúne una serie de artículos de laicos católicos acerca de la “crisis actual” de la Iglesia.

A modo de referencia, el primero de los aportes lo suscribe Benito Baranda, a quien tal vez los lectores de Infocatólica recuerden por haber dicho que «El cardenal Medina y don Hédito Espinoza tendrán que responder por sus palabras ante el Señor» por su oposición al acuerdo de vida en pareja impulsado por el gobierno.

El problema con comentar sobre este tipo de publicaciones es que por un lado no corresponde hablar sólo “de oídas” de lo que puede decir el libro, pero por otro no queremos gastarnos tanto dinero en un producto que no nos da muy buena espina.

Me refiero a que ya desde el título parece expresarse una actitud negativa hacia la jerarquía, como quien dice “Los obispos y los curas tuvieron su tiempo, ahora nos toca gobernar la Iglesia”. Incluso el subtítulo “Iglesia en Crisis” insinúa  que nuestra querida institución estuviera a punto de pasar a la historia, y la única vía posible de salvataje fuera que los laicos acudieran a rescatarla.

Lamentablemente los comentarios de las editoras en relación a su libro no ayudan a despejar nuestras preocupaciones, y así nos encontramos con que la periodista Carolina del Río, magíster en Teología Fundamental de la PUC, comenta:

La crisis por la que atraviesa la Iglesia universal, y la nuestra, ha dañado no solo a las mismas víctimas de abusos sexuales, de poder y de ministerio, sino también, a todo el cuerpo creyente, a todos nosotros. Somos muchos los hombres y mujeres que hemos sentido desconcierto, incredulidad, pena, una orfandad muy profunda, mucha rabia, necesidad de romper con la institución, de alejarnos.

Desde que comencé a tomarme en serio esto de ser católico, me quedó claro que no había la posibilidad de “tomar por partes” a Jesús, de escoger qué parte de su mensaje nos gustaba más y desechar el resto, y de separar a Jesús de su Iglesia y de su promesa de que las puertas del Hades (el pecado y el escándalo) no prevalecerán contra ella, cuya roca es Pedro.

Y si eso es cierto ¿De qué modo podríamos alejarnos de la Iglesia? ¿Qué pecado de sus ministros podría llevarnos siquiera a plantearnos que no fuera nuestro hogar? ¿Qué doctrina será tan increíble que no podamos prestar nuestro asentimiento?

Son escandalosos, sin dudas, los pecados sexuales cometidos por sacerdotes… pero ¿alejarnos de la Iglesia? ¿de la eucaristía? Sólo si fuéramos herejes donatistas. Tal vez nuestra cultura eclesiástica está infectada de esa antigua doctrina, pues muchos ponen como excusa de su apostasía los pecados o el mal ejemplo de los cristianos, pero esa nunca ha sido una buena razón. Nosotros mientras tanto, no podemos menos que decir, junto con Pedro: “¿Dónde iremos, Señor? Tú tienes palabras de vida eterna.”

A la pregunta de cuáles son los factores que dañan a la Iglesia, Carolina del Río responde

Primero, nos hemos alejado del espíritu del Concilio Vaticano II que planteó una iglesia cercana a la gente, al mundo, acogedora de sus pesares y alegrías; acompañante en el camino de la fe, sin miedo. Hoy tenemos una jerarquía miedosa, más preocupada de la “sana doctrina”, de normar –principalmente en moral sexual- (¡qué paradoja!), que de acompañar a los fieles. Eso hace mucho daño porque nos alejamos de la vida de las personas. Las personas quieren una iglesia que acompañe, que entienda lo que viven; quieren guía y orientación para poder encarnar el evangelio en sus propias vidas, no que los juzguen, normen o excluyan.

No deja de llamarnos la atención que como primer punto se apele al “espíritu del Concilio Vaticano II”. Todo el que use en serio esa frase debería mandar a reparar su calendario.

Es curioso que las quejas de los disidentes sean muy parecidas a las nuestras. Ellos hablan de una “jerarquía miedosa” ¡y nosotros nos quejamos de lo mismo! Claro, a nosotros nos gustaría que los obispos declararan con más fuerza aquellas doctrinas que el mundo no quiere escuchar, mientras que los laicos irruptores dicen que le temen al Papa y a los grupos conservadores.

Por otro lado, está la dicotomía entre una Iglesia que juzga y otra que acompaña. Me parece una falsa disyuntiva, como si un buen amigo fuera aquel que te acompaña a bares y casas de lenocinio, en tanto que la madre que espera que su hijo regrese a casa fuera excluyente y censuradora. Es indispensable reconocer que ambas son funciones de la Iglesia, necesarias y complementarias, pues de nada sirve predicar el dogma si nadie escucha, y de nada sirve acompañar un alma a su perdición.

Segundo, mantener y fomentar la distancia entre laicos y clero, como si estos últimos no ejercieran un ministerio de servicio sino de poder. Esto no significa desconocer la autoridad de la jerarquía, sino cuestionar la forma de ejercer ese poder. Los obispos no son expertos en todas las materias. ¿Por qué entonces no apoyarse en laicos y laicas que –ojo- no les lleven el amén en todo, sino que los cuestionen, discutan, muestren otras realidades, no por el mero afán de la discusión, sino para descubrir juntos los caminos, formas etc. de mostrar el Evangelio. Para ver puntos de vista que no están viendo ni teniendo en cuenta. Los laicos y laicas vivimos realidades que no están en el horizonte de la experiencia clerical célibe y, guste o no, tenemos otra mirada de muchas cosas.

Este enfrenamiento permanente entre laicos y clero me suena a marxismo trasnochado, como si en la Iglesia existiera una clase de poderosos señores y otra de desposeídos. Una de las -tantas- virtudes de tener sacerdotes célibes es que nunca pudieron conformar una casta sacerdotal, una clase diferente de los laicos, incluso cuando todos los oficios se transmitían de padres a hijos. Así, los nuevos sacerdotes necesariamente han de surgir en el seno de familias de laicos, donde aprenden todas esas “otras miradas” a que se refiere Carolina. Para que un niño considere siquiera dedicar su vida a un servicio tan profundo como el de un religoso célibe, necesariamente su familia debe tener una vida espiritual y de amor a la Iglesia sobresaliente.

En cambio, cuando al interior de una familia católica se percibe a la Iglesia como un servicio meramente humano de caridad, y además anticuado y sectario, es evidente que la generación siguiente la desechará como quien renuncia a un viejo partido político. Por eso es que la sólo la ortodoxia es fértil.

En una cosa sí tiene razón Carolina, y es que los laicos necesitamos participar más en la vida de la parroquia. Pero no como una irrupción, no como quien recupera un derecho que le fue usurpado, sino poniéndose al servicio de una comunidad que es mucho más grande que uno mismo. Porque, con lo ocupados, mal pagados y sobre exigidos que están nuestros sacerdotes, no me imagino que alguno pueda negarse a usar un poco de ayuda sólo porque proviene de un laico.

Como en todas las cosas, el derecho de participar en las decisiones se gana con trabajo, y me parece que si los laicos no tenemos más influencia es porque no hemos estado dispuestos a destinar nuestro tiempo en el trabajo diario de las parroquias. Basta mirar las pocas capillas de adoración perpetua que hay.

Continuando con los factores:

Tercero, el infantilismo y la inmadurez en la fe de los laicos le hace un tremendo daño a la institución eclesial. Es necesario pasar de la fe de primera comunión a una fe adulta y dialogante con el mundo. Es necesario dar razón de nuestra fe, conocerla y no lo estamos haciendo. Es necesario que los laicos seamos interlocutores válidos para la jerarquía y ello requiere formación y empoderamiento.

Pueden llamarme “evangélico”, pero no me gusta que se hable mal de la fe infantil, sobre todo por eso de “si no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mt 18, 3). Pero más allá de ese lapsus formal ¡estamos de acuerdo! La catequesis ha sido un desastre en los últimos años y necesitamos más y mejores formas de conocer y profundizar en la riqueza filosófica e histórica que es nuestra herencia como católicos.

Uno se queda con la sensación de que tras ese llamado a más catequesis se cobija la esperanza de agrupar voluntades en favor de sus propias banderas, pero se equivocan ¡porque eso ya lo tienen! Las encuestas dicen que quienes se identifican como católicos (y mal catequizados, como hemos visto) están mayoritariamente a favor de sacerdotes casados, reconocimiento al divorcio y la ordenación de mujeres. Por el contrario, una mejor catequesis necesariamente nos acercará a las fuentes que han permitido a nuestra religión subsistir por tanto tiempo.

En conclusión ¿Iglesia en crisis? Sin dudas, pero no es nada nuevo, desde el martirio de San Esteban al atentado contra Juan Pablo Magno, la historia de la Iglesia ha sido una crisis tras otra. ¿Irrupción de los laicos? Mejor irrupción de los santos, porque el verdadero texto del Concilio Vaticano II es el llamado universal a la santidad (Lumen gentium 11), y las crisis en la Iglesia sólo se superan así, con santidad.

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